Género (L.F. Phipps)

Publicado en Género Oriental, Irrupciones Grupo Editor, Montevideo, 2017


Apenas llegó a Dopazzo, Yael, un tipo joven y que no era de allí, preguntó en el almacén que quedaba al lado de la parada del bus, por qué el pueblo se llamaba como se llamaba.  El almacenero dejó sobre la mesa, al lado del metro de madera, la tijera que estaba afilando y contestó a través de unos bigotes negros y espesos, que Dopazzo había sido el dueño de una arenera de 1800 y que había fundado el pueblo. A Yael le gustó la respuesta concreta. Odiaba las ambigüedades.

Antes de que Yael atravesara la puerta para salir, el almacenero le gritó si andaba buscando trabajo. Denis se presentó y dijo que sí.  Según el documento que portaba, Yael no se llamaba como le habían puesto sino Denis. El nombre falso no le gustaba.  Era ambiguo, corto, empezaba con D, todas ellas cosas que Yael aborrecía.  Pero aceptó el consejo de quien le vendió el documento: “Es mejor un nombre que exista en varios idiomas: Denis, Daniel, María.  Daniel no me queda”.

Dopazzo era un lugar chico y de casas nuevas.  Su primera fundación había sido en 1800, cuando se había instalado allí la arenera.  Con el tiempo y con el trazado de nuevas rutas, el pueblo se fue desmantelando, hasta que un inversor decidió refundarlo para ofrecer casas modernas a parejas jóvenes que trabajaban en la ciudad de al lado o en la forestación.

Denis, antes Yael, había llegado a Dopazzo movido por la fatalidad.  Sus padres habían muerto casi juntos en lo que a fechas refiere.  Y, a sus dieciséis años, sabía que vivir con su tía en la que había sido la casa de sus padres no era una opción.  La casa no podía ser de su tía.  Tampoco de él.  Yael tenía muy claro que la culpa de todos los males del mundo la tenía la ambivalencia.  Llamarse Yael, un nombre de mujer que, además, significaba “ahora él”, le había fastidiado desde siempre.  Cuando se enteró de que, además, significaba “cabra” en hebreo (su familia no tenía el más mínimo contacto con la cultura hebrea), se sintió avergonzado por la ignorancia de sus progenitores.

Una vez, cuando tenía unos diez años, Yael le preguntó a su madre por qué le habían puesto nombre de mujer.  La madre, sin prestar demasiada importancia al caso, contestó que la culpa había sido de quien lo anotó.  Pero no aclaró si se refería al padre o al funcionario del Registro Civil.  Tampoco le dijo cuál se suponía que sería el nombre verdadero.  La mujer murió seis años después sin haber dado esa respuesta.  Un día salió a caminar con una amiga de la infancia que estaba de visita.  Le quiso mostrar el pueblo, las montañas, los campos que se veían a lo lejos.  Era verano y estaba feliz.  Tanto, que se metió en un lago a refrescarse y se agarró una infección fulminante.

En el velorio, Yael recordó aquella pregunta sobre su nombre y se la hizo a su padre.  El padre contestó: “Lo eligió tu madre.  ¿Te parece que es momento?”.  Al rato agregó, sin separar los ojos del cajón: “Vos sabés que sos bien machito”.  Meses más tarde, la hermana menor de la difunta pasaría a ocupar el lugar de señora de la casa.  El padre de Yael no sobrevivió mucho tiempo después de eso.  Apareció una mañana muerto, con la cabeza rota, bajo un puente en los suburbios.  Dicen que se cayó borracho.

Era de esperarse que Yael se fuera de su casa en la primera oportunidad que se presentase y así lo hizo.  Con dieciséis años, algo de dinero y documentación falsa, se mudó a Dopazzo, una ciudad de 3000 habitantes, a unos mil kilómetros del lugar en el que había vivido desde que nació.

Denis resultó ser bueno en el almacén.  Ordenado, limpio, expeditivo.  Sabía exactamente cuántos clavos había, cuántas latas quedaban, cuánto solía durar una bolsa de azúcar.  Fue trabajando allí que Denis se dio cuenta de por qué se había sentido atraído por ese lugar. Era un lugar de cosas concretas. Un almacén, una carnicería, una farmacia. Una cosa de cada una. Pensaba en eso cuando entró una mujer joven a quien nunca había visto antes a preguntar qué tipos de género vendían allí.

La mujer quería comprar tela.  Y, para Denis, género era tela.  No era un tipo de literatura o de películas o de ser vivo.  Menos que menos, un tipo de sexo. Y menos aun era la palabra que había que usar para referirse a cosas de mujeres feministas.  Género era tela.  Bonito era un pescado. Banco era un lugar que trabajaba con dinero de unos para prestárselo a otros.

Denis quedó quieto un instante. Se acababa de dar cuenta de que no podía recordar palabras que se usaran con más de un sentido en Dopazzo.  Al banco de la plaza le llamaban asiento, a lo lindo le decían lindo. Al género le decían género.  Denis recordó que su madre usaba esa palabra con frecuencia.  Para referirse a tela, por supuesto.  Recordó, también, que, de su madre, recordaba dos olores: el del delantal de cocina, una mezcla de grasa con jabón en barra, y el de la sala velatoria, el mismo olor a hipoclorito y carne cruda que sentía cuando era niño y pasaba por la Facultad de Medicina a mirar por la ventana los cadáveres marrones, con la piel pegada a los huesos.  Un día, mientras miraba por la ventana, un estudiante le había tirado un líquido con algo.  El entonces Yael suponía que había sido formol. Olía a agua de tanque.

Una de las cosas que Yael más había odiado de su padre había sido lo volátil de sus ideas.  El padre de Yael, abogado, siempre decía que las cosas podían ser buenas o malas, según para quién y según cada caso.  A Yael le parecía increíble, deleznable y vergonzoso que existieran frases tales como “de seis meses de prisión a dos años de penitenciaría”.  Siempre concluía que si la frase fuera “un año y dos meses de penitenciaría”, los abogados serían innecesarios y la delincuencia no existiría.

Cuando, estando en el almacén, Denis escuchó a esa joven pedir “género”, todo esto le vino a la mente.

La muchacha que quería comprar tela se llamaba Betsy.  Tenía veinte años, uno más que Denis, tres más que Yael.  Ella y Denis comenzaron a verse seguido.  Betsy pasaba por el almacén al caer la tarde y ambos se iban a la plaza, donde charlaban sobre cómo sería una vida ideal.  Fue en una de esas charlas en las que Denis se dio cuenta de que Betsy, que odiaba que le dijeran Betty o Besy, era la mujer indicada para él.  Era siempre igual. No engordaba ni adelgazaba. No cambiaba su corte de pelo. Hablaba pausadamente. Nunca se alteraba.  Y odiaba tanto como él todo aquello que tuviera múltiples interpretaciones.  Se casaron al poco tiempo, en la iglesia que estaba frente a esa misma plaza en la que tantas veces charlaron.

Había sido la única mujer de Denis y también de Yael.  En el pueblo, muchos trataban a Denis de raro porque nunca salía en busca de mujeres con otros hombres.  A él no le importaba lo que dijeran.  Todo eso le parecía una pérdida de tiempo.  Él se sentía bien yendo de casa al trabajo y del trabajo a casa, durmiendo temprano y comiendo lo que Betsy cocinaba.

Denis nunca conoció a la madre de Betsy.  La señora vivía lejos y había anunciado que iría a la boda pero se excusó por estar muy enferma.  En esa época, tener teléfono no era lo más frecuente.  La madre de Betsly envió como regalo para la pareja, a través de un mandadero en moto, una funda para sillón hecha con el mismo género que Betsy había ido a comprar al almacén.

La funda, ya colocada, daba un aspecto brillante al sillón de la nueva pareja del pueblo Dopazzo.  Con cuadrados de muchos colores, suave y resbaladiza al tacto, no tardó en convertirse en el lugar preferido de la pareja.  Un lugar para amarse, no para mirar televisión ni leer el diario.  En esa casa no había medios de comunicación.

Cada tarde, cuando Denis llegaba del almacén, Betsy lo estaba esperando en el sillón, acostada sobre la funda, que era algo rígida pero sedosa.  Betsy aguardaba despierta pero con los ojos entrecerrados, siempre con vestidos claros y sin ropa interior.  Ya no parecía la cándida muchachita que conversaba con Denis en la plaza.  Era una mujer esperando a su marido, lo cual era coherente con el estado de las cosas.  Denis llegaba, tiraba a un lado el morral de cuero que siempre llevaba con él y se acercaba a Betsy.  Ella lo llamaba casi ronroneando, lo abrazaba con sus piernas, le quitaba la camisa, le lamía el vientre y volvía a tenderse sobre el género. Con los ojos cerrados y con cara de súplica le pedía que la montara.  Nunca se sacaba el vestido.  No era necesario.

Por las noches, Betsy dormía abrigada y dándole la espalda a su marido.  De madrugada, ella se iba hasta el sillón y dormía un rato más allí.  Siempre se levantaba antes que Denis y lo esperaba con el desayuno pronto.  Pan casero con grasa y manteca.  Irresistible.

Betsy no salía mucho.  Arreglaba muy bien su casa, cocinaba, hacía conservas y, cada quince días, viajaba para visitar a su madre.  A Denis no se le ocurría acompañarla. Había formado su familia sin suegra y no le preocupaba mucho integrarla.  Se había acostumbrado a que las cosas funcionaran así.  Pero a la señora la imaginaba.  Veía en sus pensamientos a una mujer que aparentaba ser más vieja de lo que era, cosiendo en una máquina Singer, tejiendo y quejándose de sus dolores.

Un día, al volver de la visita a su madre, Betsy le dijo a Denis: “tenemos que tener un hijo”.  A Denis le sorprendió el “tenemos”.  No le parecía la palabra adecuada y no le gustaba que fuera usada en la misma frase que “tener”.  Pero estar casado lo había hecho un poco más flexible (hasta había aceptado una invitación al bar con los compañeros del almacén).  Se dijo que una frase así tal vez fuera cosa de mujeres.

Intentaron tener hijos. Siempre en el sillón, siempre ella de vestido.  Cada vez que lo intentaban, Betsy clavaba sus uñas en el vientre de su marido.  Lo lastimaba.  A él le dolía luego, cuando el jabón y el agua de la ducha corrían por su cuerpo.  A veces, dolía tanto que Denis evitaba un siguiente encuentro porque las llagas no habían cicatrizado.  Mientras Denis se bañaba, Betsy esperaba en el sillón moviendo su cuerpo como lo haría una lombriz en la tierra.  Sonriendo.  Hasta quedarse dormida. Hasta la mañana siguiente.

Una tarde, Betsy fue hasta el almacén a avisarle a su marido que tenía que viajar urgentemente a ver a su madre, a quien el cáncer estaba matando, que quería despedirse.  Llevaba consigo una maleta pequeña y un vestido que Denis no había visto.  Estaba pálida, preocupada.  Por primera vez, Denis la vio un poco más flaca.  Le dio pena. Si algo caracterizaba a Betsy era su invariable aspecto físico.  Nunca más gorda, nunca más flaca.  Siempre el mismo pelo, siempre el mismo tipo de ropa. Betsy tomó un bus y saludó a un par de vecinos desde la ventana.

Esa noche, Denis aceptó tomar un vino con sus compañeros.  Se emborrachó por primera vez en su vida pero no tanto como para hacer caso a las insinuaciones de una mujer corpulenta, de pelo corto y naranja, vestido rojo y collar de perlas falsas, que quería llevarlo fuera.

Tambaleándose un poco, Denis llegó a su casa.  Se quedó dormido sobre el sillón, sobre el género.  Despertó de madrugada, pegajoso, ensopado en transpiración, soñando que metía su cabeza entre las tetas de la mujer rolliza de vestido rojo y escuchando demasiado ruido a silencio.  Saltó del sillón y se fue a la cama a acurrucarse.  Por primera vez, sintió un vacío en la casa y el ruido del viento le pareció diferente.  Más fuerte, más intercalado con silencios abruptos.  Sintió miedo. Se prometió a sí mismo, no tomar más vino.

Betsy llamó a Denis un par de veces al teléfono del almacén, siempre para avisar que postergaría su regreso, que su madre seguía mal. Denis le dijo que quería acompañarla, que podía pedirse unos días libres en el trabajo si era necesario pero ella contestó que no, que necesitaban el dinero, que trabajara, que su madre estaba bien cuidada con ella y con Martha. Era la primera vez que Betsy nombraba a esa mujer. “Martha”, repitió, “la muchacha que ayuda a mi madre con sus cosas”.

Betsy regresó una semana después y trajo consigo a una niña y a un niño, los dos rubios, con ropa algo sucia y chica, con panzas a la vista, con pelo lacio que tapaba los ojos. “Son los hijos de Martha”, dijo al llegar, “se van a quedar en casa unos días; quedaron muy afectados por lo que pasó”.

“Lo que pasó no es una respuesta”, pensó Yael.

“¿Qué pasó?”, preguntó Denis.

“Murió mamá. Martha me va a ayudar a traer sus cosas”, contestó Betsy.

Yael no se sintió cómodo. Había cosas que no eran claras, no sabía cómo manejarlo. Pero tampoco quería importunar a su esposa en un momento como ese y frente a esos niños desconocidos.

“Pueden dormir en el sillón”, comentó Denis.

“No”, dijo Betsy, “les voy a preparar un cuarto en el galpón”.

Los niños no hablaban. Denis preguntaba por qué y Betsy decía que todo había sido muy repentino, que tenían “problemas”.

Problemas. Otra palabra que no decía nada.

“Son medio retardados”, aclaró Betsy.

Los niños vomitaban bastante seguido la comida que Betsy les daba. Betsy se fastidiaba, les decía que no fueran ingratos, que todo era casero. Entonces los niños bajaban la mirada y tragaban.

Ella los cuidaba bastante, pensaba Denis. A los niños se los veía más limpios. Betsy pasaba horas sacándoles piojos, curándolos de las heridas que con frecuencia se hacían. “Son tan torpes”, decía Betsy, “se viven cayendo, cortándose”. 

Una tarde, Betsy los llevó a pasear a las ruinas de la arenera, un lugar con un lago artificial enorme que hasta peces y patos tenía. Aún estaban en pie algunas de las casas de 1800, con sus cimientos llenos de alambres y fierros.

Por la noche, al ver que no volvían, Denis le preguntó a su jefe si podía ayudarlo a buscar a su esposa y a los niños. Varios hombres salieron con linternas, cuerdas y mantas. La noche estaba fría y el camino de tierra mojado. Cada tanto, los hombres pisaban alambres que llegaban a pinchar la ropa o la piel. Iban con botas largas porque en ese lugar solía haber arañas, víboras, vidrios, chapas. Nadie andaba de noche por allí.

Horas más tarde, uno de los hombres oyó un ruido y fue hasta el lugar del que venía. Entre los fierros de una casa abandonada, encontraron a la niña llorando despacio y diciendo “mamá”. Betsy estaba al lado, con el estómago abierto. En su vientre iluminado por la linterna podía verse una serie de heridas ya cicatrizadas. “Yo le dije que no sabía hacerlo”, repetía una y otra vez la niña. “Yo no sabía”. En la arena húmeda había unos 20 frascos de vidrio semienterrados con algo viscoso, grasiento y amarillento adentro. Tenían fechas y nombres.

Cuando Yael estuvo de vuelta en su casa pudo ver que, bajo el sillón, había frascos iguales. Dos de ellos estaban llenos. Uno decía “mamá” y otro decía “Betsy”. Había también uno pequeño que decía “Yael” y dos que estaban vacíos. El que decía “Yael” tenía dentro algo que parecía ser restos de piel, carne y uñas. Yael abrió el que decía “mamá”, hundió el dedo en la grasa amarilla y lo llevó hasta su nariz. Olía igual que el pan que hacía Betsy y la textura era igual que la de la funda de género del sillón. Yael metió la mano entera en el frasco y, con su contenido, lustró la funda del sillón hasta dejarla como en sus mejores tiempos. El niño apareció días más tarde, del otro lado del lago, hinchado, mordido por los peces, quemado por el sol y con pan en la garganta.

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