Leticia Feippe

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Tercero por escalera

Cuando faltaban dos meses para que yo naciera, a mi padre se le ocurrió que debía llamarme María Pía. Y no sé por qué, porque él de catolicismo no sabía un carajo y tanto María como Pía son nombres con pinta de católicos. Mi madre no estaba muy de acuerdo. Ella siempre había querido que su hija se llamara igual que la enfermera que la atendería el día del parto. Por esa cuestión del azar, de lo inesperado. Eso me hace suponer que yo debo haber sido un gol en contra, que me hicieron sin querer porque mi madre se olvidó de tomar la píldora. No sabían si iba a ser nena o varón y ya me habían puesto nombre de mina. Por suerte nací nena.
A mi madre la atendió un enfermero, cosa que no había tenido en cuenta. Se llamaba Josué Espantoso. Puedo perdonar, entonces, la propuesta de mi padre de llamarme María Pía. No me hubiera gustado llamarme Josuá o Josuea o Josuefa. En cambio, llamarme Espantosa hubiera estado bueno. Siempre me causó gracia que hubiera negras que se llamaran Blanca o feas que se llamaran Linda, como mi maestra de quinto, a la que una vez le pegué una patada en la cara porque justo se le ocurrió pasar a medio metro de mi paro de manos. Si me hubieran puesto Espantosa, seguramente habría arrancado varias sonrisas en mi pasaje por la vida. Porque soy linda. Quizá me falte un poco de altura –mido poco más de metro y medio y sé que no voy a crecer porque ya tengo veinticuatro años– pero tengo ojos celestes y nalgas paradas. Además me llamo María Pía y ese nombre le gusta a todo el mundo. Al menos, eso me dijeron los tipos que me vendieron el apartamento. Lindo nombre. María Pía. Sí, lindo nombre. Cuando tenga una hija le voy a poner igual. María Pía. Creo que ninguno de los dos va a tener hijas que se llamen María Pía. Estoy casi segura de que los flacos que me dijeron eso eran pareja y acá, en Uruguay, las parejas de gays no pueden adoptar niñas. Niños tampoco.
No veo a mis padres desde el día en que me mudé, hace dos meses. Me decían Marucha pero lo peor no es el apodo sino el tono. Meloso, maternal, asquerosamente protector. Aunque el mío es un nombre sin gracia, lo prefiero antes que un Marucha cargado de besos babosos.
La casa de mis padres queda Villa Española. Ellos dicen que viven en La Unión pero, si nos ceñimos a los mapas, la casa queda en Villa Española. Mis padres son como los economistas que, para calcular la deuda externa, hacen la resta entre lo que se debe y lo que nos deben, como si el Tío Sam fuera a calcular los intereses sobre la diferencia. Para mí no es así. Para mí la deuda es solamente lo que se debe. Claro. Existen las palabras bruta y neta y se las puede usar a gusto del consumidor. A mí me gusta más bruta. Neta me suena a teta, una palabra que no me gusta. Y no es porque yo no tenga demasiado busto. No me gusta teta, como no me gusta ocho, como no me gusta desnudo, como no me gusta vagina, como no me gusta compadre y como no me gustan mamá y papá. Si algún día alguien me llega escuchar diciendo una de esas palabras, que anote la hora y que le juegue a la quiniela. Seguro que gana.
Yo no juego a nada. De pendeja me gustaba jugar al básquetbol ante la mirada atónita de los varones que me decían buena caballa. Me hubiera encantado ser basquetbolista de la NBA. Aunque sé que habría sido difícil porque en la escuela me iba bien y para ser basquetbolista de la NBA tenés que estar seguro de que no vas a seguir ninguna carrera en Uruguay que es gratis. De todos modos no creo que mis viejos me hubieran dejado estudiar básquetbol. Ellos querían que fuera contadora, escribana o analista en marketing. A los quince me mandaron a clases de secretariado y lograron meterme en una consorcio, el mismo que me dio el préstamo para el apartamento. Cuando cumplí dieciocho mis padres recibieron la mayor decepción de su vida. Empecé a estudiar oceanografía.

Mi trabajo consiste en decir que el doctor no está, que déjeme su número que él se comunica con usted. Cada dos horas, le pido al portero que me traiga un café. Entonces él me pregunta precisás algo más y yo le digo no. No me gusta abusar.
Cuando vi al doctor por primera vez me gustó su perfume. Durante mis primeros seis meses trabajando de secretaria soñé con tener por marido a un tipo así. Alto, profesional, miembro del partido de mi abuelo Jorge, que se murió al caerse de una escalera mientras pintaba un club político a cambio de un empleo público.
Cuando acompañaba al doctor a los actos políticos, él me guardaba un lugar cerca de su gente y me decía pichona. Yo sonreía y dejaba que me preguntaran cómo iban mis estudios. Pero al poco tiempo me aburrí y ya no me gustó casarme con alguien como el doctor. Empecé a imaginar que mejor que ser señora de, sería ser como él. Usar celular, portafolios y perfume de free-shop. Esa etapa duró hasta que escuché al doctor en la radio y no me gustó lo que dijo. Ahora no lo acompaño a los actos del partido. Le digo que tengo que preparar un trabajo y él me entiende porque sigue pensando que lo voy a votar.

Mudarme sola fue una idea excelente, aunque eso signifique que no pueda dejar el consorcio, al menos durante ochenta y ocho cuotas. Lo que más me gusta de vivir sola es que puedo fumar en la cama. Cuando vivía con mis padres, para fumar un cigarrillo, tenía que decir que iba a la biblioteca. Entonces iba hasta la esquina, prendía un Marlboro Light, daba la vuelta manzana y volvía a casa con un libro y mascando chicle. Me gusta fumar acostada, sola o acompañada. Al lado de la cama tengo una botella, un vaso, un bol, un cepillo de dientes y un pomo de pasta porque no me gusta dormirme con gusto a pucho. Cada mañana, cuando voy a mear –porque yo no me despierto porque se me acabó el sueño sino porque me meo–, llevo el vaso y el bol al baño, los enjuago y después los devuelvo a su lugar de origen, o sea, al piso, al lado de mi cama.
Las primeras noches que pasé sola se me hicieron larguísimas. Me mataba el silencio. Entonces prendía la tele y ponía películas de juicio. De esas que están basadas en una historia real y que terminan diciendo que Fulano de Tal fue procesado por homicidio especialmente agravado y que actualmente cumple cadena perpetua en la cárcel de Wisconsin. Otras noches me dedicaba a hablar por teléfono hasta la una o las dos. Le contaba a mi amigo Marcos lo bien que pasaba en la cama con mi Aníbal, Roberto y Mateo y Marcos se aburría y me decía qué hambre que tenés. Entonces yo le soltaba un andá estúpido y nos poníamos a hablar de los demás.
Ahora no tengo amigas. Antes salía todos los viernes con dos vecinas. Mónica y Jimena. Íbamos a bailar y volvíamos borrachas y acompañadas. Hasta que cumplimos quince fuimos amigas de verdad. Nos contábamos cómo besaban nuestros novios del liceo y, a veces, estudiábamos juntas, escuchando música. De noche nos gustaba sentarnos en los cajones de verdura del almacén de Domingo a charlar con los varones. En mi casa no les gustaba que yo hiciera eso. Un día mi padre me vio y me dijo entrá que es tarde. Cuando llegué a casa me cagó a gritos y me dijo no te quiero ver más ahí con esos atorrantes que fuman y toman cerveza. Al otro día me inscribió en el curso de secretariado.
La inauguración del apartamento estuvo buena. Invité a Marcos, a Mónica, a Jimena y a todos mis compañeros de clase. Mónica se levantó a uno de ellos. Un flaco con camisa a cuadros y mucha plata. Yo me encerré en el baño con un colado que se llamaba Matías. Habíamos entrado a buscar curitas porque él se había cortado con un cuchillo mientras repartía la muzzarella. Curitas no encontramos, así que le lavé el dedo con jabón de coco mientras él me miraba el ojo izquierdo. Yo le miré los dientes y me gustaron. Matías se sentó en el water, me dijo vení y me sentó en su falda. A los quince minutos me paró, me bajó los pantalones, me besó, se paró, se bajó los pantalones, se sentó, se paró, se subió los pantalones, sacó su billetera del bolsillo de atrás, sacó un condón de la billetera, volvió a bajarse los pantalones, se sentó nuevamente en el water, terminó de sacarme los pantalones y me sentó sobre él. Luego de otros quince minutos me preguntó dónde trabajaba, le dije que en una boutique y volvimos a la fiesta.
A las cinco de la mañana se fueron todos. ¿Te ayudamos a ordenar? No, dejá. Esa noche dormí sin ropa. Está bueno vivir sola.

El siete de junio pedí licencia para organizar mi vida. No me le negaron porque en esa época hay poco trabajo. Las elecciones son en octubre y es ahí cuando llama más gente para pedir préstamos.
En mi primer día libre me levanté a las cuatro de la tarde y me di cuenta de que mi apartamento era una mugre. Pero no ordené. Total, nadie iba a visitarme ese día. A las cinco de la tarde sentí que tenía que teñirme el pelo. Sí, me hace falta una alegría. ¿Por qué no te teñís de rojo, Marucha? Me dije Marucha. La puta que me parió. ¿Cómo me voy a decir Marucha?
Agarré las llaves, fui a la farmacia, compré una tinta, me teñí y manché todo el baño de rosado. El pelo me quedó esponjoso, como de Barbie. Me hice rulos con papel y empecé a probarme todos mis conjuntos de ropa interior. Tenés panza. No podés seguir cogiendo sentada. Se nota que tenés rollos. La próxima vez tiráte a la posición ortodoxa. Y, ¿sabés qué? Hacélo hoy. Nunca te cogiste a dos tipos distintos en menos de un mes. Y otra cosa. Nunca saliste sola. Siempre tuviste que disfrazar el levante con una salida de amigas. Eso sí, antes masturbáte. Mirá si no enganchás nada. Aunque con estos pelos y los rulos, lo dudo.
Y fui. Y levanté. Rodrigo. 28. 1,82. Escribano. Pinta. Supongo novia pero no pregunté. A las cuatro cero ocho, afuera. Auto. Auto. Auto. Auto. Auto. Auto. Auto. Auto. Auto. Auto. Auto. Auto. A-u-to. Auto. Auto. Auto. A-u-to. ¿Estás? Sí. Auto. Auto. Auto. ¿Vamos? Auto. Dale. Auto. Auto. Auto. Auto. Auto. Auto. Au–to. Auto. ¿Teléfono? Sí, como no. Bueno. Chau.

Me levanté a las dos de la tarde. Me dolían las piernas y me sentía con demasiado olor a hombre. La cabeza me daba vueltas y sentía en la boca ese gusto a Martini que te hace pensar cómo carajo hizo el tipo con el que estuviste para no morirse del asco. Tenía el pelo duro, pegoteado no sé de qué. En el cuello, una marca y en la bombacha, un protector diario amarillento, que tiré al water a las catorce y veinticinco, al mismo water que luego comencé a destapar, trabajo que me llevó desde las catorce y veintiséis a las catorce y cuarenta y cinco. Mis ojos estaban rodeados por restos de delineador líquido y mi nariz, llena de puntos negros. La miré en el espejo y parecía más grande de lo normal. Me miré de perfil y era peor. Sonreí. Me saqué el buzo. Me miré las tetas. La izquierda más chica que la derecha. Las dos caídas. Me saqué el pantalón. Me miré el culo. Todavía parado, como cuando hacía gimnasia artística, pero con estrías. Me miré las piernas. Parecían palos de bowling. Culpa de mi tío. Las suyas son así. En bolas, fui hasta la cocina y abrí la heladera. Encontré medio litro de cerveza, uno de vino y un paquete de manteca. No tenía pan ni té ni café, salvo el que había quedado en la cafetera quién sabe desde cuando. Estaba verde. Entonces saqué la cerveza y el vino y me los llevé a la cama. Empecé a tomar. Mientras sostenía las botellas, miraba mis manos. Las uñas de mis dedos estaban comidas. Me las mordí más y escupí los pedazos en el piso. Empecé a mirar una mancha de humedad que había en el techo. Parecía un cocodrilo. Y me hizo recordar un juego que nunca faltaba en mis tardes post-escolares, cuando jugaba al cocodrilo con Mario y Esteban. Estaba bueno. Nos acostábamos los tres en el colchón que sacábamos de la cama de mi hermano y dejábamos que se deslizara por los veinticinco escalones de mi casa de Villa Española. Me acordé también de aquel día en que Mario me dijo que las nenas hacían pichí por la cola y yo le dije no, hacen por acá y le mostré. Yo tenía seis años. Y dejé pasar doce más antes de mostrarle a otro nene por donde meaban las nenas.

A las siete de la tarde supuse que estaba borracha y me sentí muy inútil. Me bañé y fui hasta el supermercado a comprar café, leche, azúcar y pan para tomar café con leche y tostadas. No pude evitar preguntarme por qué la gente dice que va a tomar café con leche cuando en realidad toma leche –en primer lugar– con café –en segundo– y azúcar o edulcorante –finalmente–. Mientras hacía la cola para pagar, me desmayé. Creo que me golpeé contra un carrito porque en mi frente apareció una marca rectilínea diagonal. Me despertaron con un jugo de naranja en tetra brick y con aire proveniente de las sucesivas sacudidas de una revista. Una vieja me dio un caramelo y me dijo que ella también sufría de la presión. Ah, sí, el estrés, la glicemia, hay que alimentarse bien, sí, sí.
Cuando llegué a casa preparé tres cafés con leche y azúcar y seis tostadas con manteca y sal. Me los llevé a la cama, para comerlos tirada, con la cabeza apoyada en dos almohadones. Le pregunté al cocodrilo si quería un poquito pero no me contestó. Me contesté yo. Me dije, poniendo voz de cocodrilo, no gracias, Marucha, no quiero, tengo terrible resaca y no me entra nada. ¿Vos cómo hacés para que te entre? Y… A mí me entran seis tostadas y mucho más. Y no me digas Marucha. ¿Estás segura? Siempre estoy segura. No te creo. No te creo. Me entra. ¿Te entra? Sí, me entra. ¿Cualquier cosa? Sí, cualquier cosa. ¿En cualquier lado? Sí, en cualquier lado. ¿Segura? Claro, cocodrilo.
El cocodrilo me dio una idea. Yo tenía ojeras y hacía tiempo que no me vestía de negro. Onda dark. Entonces me vinieron ganas de desmentir a todos aquellos que decían que en Montevideo nunca pasa nada.
Y creo que lo verifiqué. Ese día, entre las luces que parecían tan bajo el efecto del éxtasis como la gente que allí estaba, tuve una historia con dos tipos contra la pared, que terminó en la cabina de una Fiat Fiorino. Me dolió. Tuve que hacer de cuenta que no y hasta me mandé unos supuestos gritos de placer mezclados con algunas frases que había oído en la única película porno que vi en mi vida, una vez, cuando mis padres se habían ido para afuera. Ellos se rieron. La experiencia Fiorino no duró más de cinco minutos pero me sentí bien. Le tapé la boca al cocodrilo. Esa noche dormí como un angelito.

Un día, a las dos semanas, me desperté con ganas de hacer algo productivo y decidí tirar cosas inútiles a la basura. Tiré peines, ropa, sábanas quemadas, cartas de amor y platos demasiado sucios. Mientras estaba en plena faena, me llamó el doctor para saber cómo me encontraba en mi nueva casa y para avisarme que esa noche había una comida en la casa del partido.
No tenía pensado ir porque el doctor me había decepcionado y yo no pensaba seguir votándolo. Pero fui igual. No tenía otros planes.
En la fiesta, mientras sonreía hipócritamente a un par de conocidos de vista, un quinceañero me tocó el hombro y me dijo que me había visto en el boliche la noche anterior. Santiago –así se llamaba–, tampoco era votante del doctor. Había ido en representación de su padre que estaba siendo operado de apendicitis esa misma noche. Me gustó conocerlo. No hablaba demasiado y tenía el pelo lacio. Yo no me di cuenta exactamente de cómo sucedieron las cosas pero, al cabo de dos semanas, su cepillo de dientes estaba junto al mío, en el vaso que reposaba al lado de mi cama.
Una mañana, Santiago me dijo que en su casa no lo querían ver más y que tenía que buscar trabajo. Yo me reí y le dije que para qué, que no había ningún trabajo como la gente, que no podía rebajarse y pedirle un empleo al doctor y que, ¿sabés qué?, tengo pensado renunciar. ¿Y el apartamento? ¿Cómo lo vas a mantener? Yo estudio oceanografía. Me quedan dos materias. ¿Y cuándo las vas a dar? En el próximo período. ¿Y por qué no vas a la facultad? Porque las voy a dar libres. Dale, no te vayas. Esa noche, Santiago me pidió que lo acompañara hasta su casa a buscar ropa.

La vida de casada no era tan desagradable como pensaba. Con Santiago echábamos dos polvos por noche y a veces tres, nos emborrachábamos, comíamos en la cama, quemábamos sábanas y nos fumábamos dos porros por sábado. Relajo pero con orden. A veces pasábamos todo el fin de semana sin salir del cuarto, salvo para mear, sobre todo yo. Nos compenetrábamos tanto que no sentíamos olor a nada. Él no sentía los pelos de mis piernas y yo no sentía los de su barba. Una vez me asusté. Pensé que estaba embarazada. Pero no pasó nada y no volvió a pasar en ninguno de estos, no sé, creo que, siete meses.

La primera vez que discutimos fue hace dos semanas, una noche en que yo lo encontré mirando una película porno apenas llegué del supermercado. Lo primero que hice fue decirle imbécil, pajero, pendejo de mierda, solo yo vengo a meterme con un pendejo de quince años que todavía está en la edad de la paja, ¿qué te pasa?, ¿no podés calentarte conmigo?, mirá que sos idiota, guacho al pedo. Lo segundo que hice fue tirarme en un sillón, prender un cigarrillo y mirar a Santiago con aire de superioridad. Entonces, él me dijo no seas boba, vení. Yo fui pero seguí con esa cara de circunstancia. A Santiago le vino sueño y se fue a dormir. Yo le dije que no tenía sueño, que me quería quedar leyendo para el examen que tenía que dar. Y, como era presumible, me puse a mirar la película porno que él había apagado cuando yo llegué.
Nuestra segunda discusión se originó ayer porque él, en lugar de irse conmigo a Nueva Zelanda, quería regresar con sus padres. Terminó mal. Santiago se fue hoy, a las tres de la tarde. Y hoy, a las doce de la noche, todavía no volvió. Hoy, desde la hora en que se fue, hasta hace cinco minutos, pensé que era un ingrato, que lo estuve manteniendo durante meses, que no podía hacerme eso, irse así nomás, estúpidamente, sin una excusa más pertinente que un extraño a mi familia, hace tiempo que no los veo. Ahora no pienso lo mismo, pienso que el hecho de que se haya ido significa que no era para mí. También pienso que esa frase que dice si quieres a alguien, déjalo libre, si vuelve a ti es tuyo, si no vuelve es porque nunca te perteneció, es una adolescentez impropia de mi calidad de persona independiente, que no solo me cae mal porque habla de tú, sino porque su carácter simplista.
Ahora estoy en un bar y la hiperperceptibilidad me está matando. Recién sentí el ruido del arrastre de una silla como si fuera una bomba. El pelo de la flaca de la mesa de al lado, la que dice boludeces con pretensiones de ley, me encandila. El buzo del tipo callado que la acompaña me parece demasiado azul. Acabo de apagar un cigarro porque mi propio humo me molesta. Encima de todo hay niños. Y hablan. Me pregunto qué hubiera sido mejor. Si seguir con mi vida de calavera –porque, después de todo, no solo los hombres tienen derecho a ser calaveras– o si ser permisiva y adoñizarme. Pero no encuentro la respuesta. Y me siento torpe por no encontrarla y, también, por plantearme estos dilemas finiseculares que me hacen sentir del montón. Ayer fue el cumpleaños de Jimena y me olvidé de llamarla. El flaco de la mesa del costado no está mal. Pero yo sí. Y se me nota.

Mención en el Séptimo Concurso de Cuentos para Jóvenes organizado por la Filial Jai de B’nai B’rith
Publicado en A palabra limpia/7, Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 2004

This entry was posted on Friday, May 11th, 2012 at 9:59 pm and is filed under Cuentos. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

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