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Aquellos turbantes azules

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June 3rd, 2010 Posted 2:03 am

Aunque el trayecto para llegar de Marrakech a Ait Benhaddou es de menos de 200 kilómetros, recorrerlo no es una tarea que se pueda hacer en pocas horas.  Supongamos que usted ya pasó por pasos tales como acercarse a un hombre para preguntarle dónde podía cambiar euros, que esa persona resultó hablar un perfecto castellano de España y ser inglés, que se volvió a cruzar a ese hombre al día siguiente y que esta vez estaba acompañado por una mexicana y un austríaco por adopción, que mientras desayunaban usted se acercó a ellos, que charlaron unos minutos y que antes de terminar el desayuno ya habían acordado viajar juntos al desierto.  Si usted ya pasó por eso, el próximo paso será alquilar un auto.  Para esto, el inglés hispanoparlante tendrá que negociar en perfecto francés el precio a pagar y las condiciones de la transacción.  Entonces, una vez firmado el vale en blanco, podrán emprender el viaje.

Así fue que terminé conociendo una de las ciudades más impactantes que he visto.  Debido a la forma en que surgió el viaje, el trayecto fue utilizado por todos (dos uruguayos, el inglés, la mexicana y el austríaco por adopción) para conocer a los demás.  Durante las horas que pasamos en el auto, me enteré de que el ecléctico grupo no uruguayo con quien compartía el viaje se había conocido en una playa de Alicante durante un partido de vóleibol.  Debo aclarar que, al comenzar este viaje, ninguno de los participantes sabía que pasaría esa noche en Ait Benhaddou.

EL VIAJE

Para conducir en Marruecos, si bien no es obligatorio saber francés o árabe, el conocimiento de al menos una de estas lenguas ayuda muchísimo.  Por ejemplo, si un inspector de tránsito le ordena a usted que se detenga en la ruta porque iba conduciendo a una velocidad excesiva, usted podrá ejercer un inmediato derecho de réplica y contestarle: “No, no iba excedido.  ¿Cuál es la velocidad máxima?”  Entonces, cuando el señor inspector le conteste un número determinado, usted podrá decir que su velocidad era dos kilómetros inferior.  Por supuesto que el señor que representa a la autoridad podrá contestar: “¿Me está tratando de mentiroso?  ¿Usted es Dios?”  Entonces, como usted sabe francés o árabe, podrá decirle: “no, pero mi velocidad era x”.  Y el hombre lo dejará ir, advirtiéndole que si no es cierto lo que dice, será multado.

Lo más sorprendente de este viaje, además de este curioso episodio con la ley, fue presenciar la inmensidad de los Montes Atlas y sentir la cercanía del Sahara.  Terminamos en Ait Benhaddou por una cuestión fortuita.  El inglés hispanoparlante lo propuso y todos estuvimos de acuerdo, teniendo en cuenta que el sol estaba por caer.

Para llegar de la ruta hasta la ciudad tomamos el camino más peligroso.  Sin saberlo, doblamos al ver un cartel que indicaba la dirección a la ciudad y terminamos recorriendo un territorio desértico donde la ruta desaparecía.  En más de una oportunidad, hubo que bajar del auto para colocar piedras bajo las ruedas porque era imposible mover el vehículo.  Antes de levantar las piedras, yo las pateaba un poco, fantaseando con la idea y a la vez temiendo que tuvieran escorpiones escondidos.  Como era previsible, al llegar a Ait Benhaddou, nos enteramos de que había una ruta bastante más transitable, apenas unos kilómetros adelante.

En todos los lugares interesantes de Marruecos (lo que es lo mismo que decir en todo Marruecos), ante la presencia de extranjeros, varias personas autoproclamándose guías turísticos aparecen.  Nuestro caso no fue la excepción.  Antes de que descendiéramos del auto, varios bereberes, habitantes de Ait Benhaddou se abalanzaron sobre nosotros.  Tras negociar un rato, contratamos a Ayoub para que nos paseara por el lugar y nos contara, en español lo que estábamos viendo.

AIT BENHADDOU

La kasbah o ciudad fortificada es un lugar sublime y sus construcciones de color tierra provocan centenares de fotografías.  En el viaje de esta crónica, una de ellas desató un episodio peculiar.  La situación fue simple: alguien le pidió a otro alguien que le tomara una fotografía.  Cuando quien iba a tomarla le solicitó a quien estaba posando que se corriera unos centímetros para lograr un mejor encuadre, un lugareño pensó que le hablaban a él y le dijo algo que nadie entendió pero que parecía un insulto.  Ayoub sintió la necesidad de explicar que, como estaban en Ramadán, muchas personas estaban de mal humor debido al ayuno.

Con Ayoub también acordamos precio para pasar la noche en casa de su tío con cena incluida por el equivalente en dirhams a unos 15 euros por persona, nada despreciable si se tiene en cuenta que la mayoría de los turistas en Marruecos son europeos y que la población local procura obtener por sus servicios precios que cualquiera pagaría en Europa.

Llegó la noche y con ella el tradicional tagine -un recipiente con verduras y carne-, la sopa tradicional o harira, el cuscús y la interacción con otros huéspedes del lugar: un par de investigadoras españolas y dos estadounidenses.  “We are from America”, dijo uno de ellos, al tiempo que nos invitaba a tomar pastís, la única bebida alcohólica que probamos durante el viaje.  “Me too”, le contesté.  Tras esta presentación que despertó varias risas, bebimos el pastís con agua.  Nunca había visto esa reacción que lo volvía casi blanco.

Más tarde fuimos invitados por dos bereberes a tomar té, fumar y “hacer la música”, forma en la que ellos se referían a compartir una noche a la luz de una vela, en una casa de barro, tocando instrumentos fabricados por ellos.  Ellos cantaron en afrikáans y los demás cantamos en inglés, en español, en portugués.  Todos improvisamos con tambores y otros instrumentos.  Reímos.  En ese momento me dije que Ait Benhaddou tenía bien merecido su carácter de patrimonio de la humanidad.

Finalizada la velada, volvimos hasta la casa donde nos estábamos hospedando.  Tuvimos que cruzar un río saltando sobre piedras estratégicamente ubicadas.

A la mañana siguiente me sentí feliz pese a que el baño de la habitación que me tocó solo tenía agua caliente.  Desde la terraza donde tomaba el desayuno vi cómo la gente cruzaba en burro el río que yo había cruzado caminando la noche anterior, cuando no estaba crecido.  El agua era color tierra como todo allí.  “Toda una belleza monocromática”, pensé.

Mientras charlábamos con los bereberes, uno de ellos quiso cambiarle a mi compañero de viaje su turbante por mis lentes de sol.  Enseguida le dije que no entendía cuál era mi parte del negocio y todos reímos.  Los bereberes contaron chistes y hablaron de sus mujeres.  “Mi hermano ya tiene la mujer”, dijo Ayoub y nos recomendó que algún día presenciáramos un casamiento bereber.  Luego nos acompañó a comprar turbantes.  En la tienda, como era de prever, destinamos unos veinte minutos a la negociación.  “Somos latinoamericanos”, le dije al vendedor, “no podemos pagar eso”.  “Sí, sí, la bancarrota, entiendo”, contestó él y nos ofreció dos por el precio que, según él, correspondía a uno y medio.  Y así siguió hasta que encontramos un precio que nos sirvió a todos.  Compramos dos turbantes y, como el vendedor no tenía cambio, nos dio un tagine pequeño en lugar de monedas.  Hoy reposa en mi biblioteca y guardo cosas en él.

Al mediodía partimos de Ait Benhaddou en dirección a Ouarzazate.  De ahí, retornamos a Marrakech.  En la única parada que hicimos en el camino de regreso vimos como un hombre, con velocidad meteórica, perseguía al auto corriendo.  Todo para ofrecer sus servicios de guía turístico.  Ya en el valle, otros hacían lo suyo en motos o camionetas.  No contratamos a ninguno esa vez.  Todavía tengo grabada la imagen de aquel hombre delgado que saltaba rocas y recorría vertiginosamente un kilómetro de montaña en picada sin que se cayera su turbante.

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