Leticia Feippe

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Los lobos marinos

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March 2nd, 2012 Posted 11:46 am

(Posible versión de la narración oral ideada por Horacio Bernardo y Leticia Feippe en ocasión de contarle cosas importantes para la vida a mi sobrino Franco Feippe. Perteneciente al hipertexto El niño que metió la cabeza en el water y otras historias paraanormales)

Había una vez un niño que vivía en Castillos. Como todos los niños que vivían en Castillos iba a la escuela y, cada tanto, a la playa. Le gustaba la del Cabo Polonio porque se llegaba en camiones que se movían para todos lados. Pero no siempre podía ir porque tenía que pagar. Entonces muchas veces se llevaba una caña de pescar y conseguía aventón a cambio de un sargo, por ejemplo.
Sus padres detectaron que el niño era muy bueno para la pesca. Entonces le empezaron a pedir que fuera más seguido al Cabo. Y, como a él le gustaba mucho, no tenía problemas en hacerlo.
Cierto día a los padres se les ocurrió dejar de trabajar. ¿Para qué seguir haciéndolo si su hijo les traía pescado todos los días? Con la comida alcanzaba para vivir ya que en Castillos no había en qué gastar dinero. Bueno… Había un par de bares pero ellos no tomaban vino porque se los había prohibido el doctor y la Coca Cola preferían comprarla en el super. Entonces empezaron a quedarse en su casa mirando Intrusos y programas similares mientras el niño iba por el alimento.
Una tarde de invierno, el niño se puso triste. El mar no estaba amigable. No había buena pesca. Solo pudo pescar un pez y se le cayó del camión mientras regresaba. El pescado no había tocado el suelo cuando fue robado por una gaviota medio marmota.
Cuando el niño llegó a su casa con las manos vacías, sus padres se pusieron furiosos. Ya habían preparado todo para que el niño les cocinara el pescado y el niño había vuelto sin nada. Así que lo mandaron de nuevo al Cabo con la advertencia de que si no volvía con comida habría problemas. Volvieron al sillón y siguieron mirando un programa nuevo que se llamaba Bailando por un sueldo.
El niño sabía que ese día no habría pesca. Él era muy bueno pescando y si él no había podido pescar nadie más podría hacerlo. Preocupado, empezó a caminar por la playa.
Cerca del faro, se encontró con un lobo marino muerto y se puso triste. A él le gustaban mucho los lobos marinos. Había crecido escuchándolos y hasta los sabía imitar muy bien. Hacía “auauaúa” o como sea que se escribe la onomatopeya del lobo marino.
Entonces tuvo una idea. Sacó su cuchillo de pescador y le hizo un tajo al lobo. Después otro y otro, hasta que logró extraer de él filetes que parecían lomos de pescado.
Con eso y cruzando los dedos volvió a su casa. Se esmeró mucho esa noche. Hizo una salsa muy rica para que los padres no se dieran cuenta de lo que estaban comiendo.
A los padres les encantó la cena ese día. Y le dijeron:
–¿Viste cómo podías pescar? Queremos más. Mañana traenos el doble.
Y así lo hizo. Al día siguiente, les llevó ración doble de filetes de lobo marino encallado. Y los padres todos los días le pedían más y más. Tanto que comenzaron a comer ininterrumpidamente. Todo el día.
Engordaron mucho. Solo comían y miraban Intrusos. A veces hasta grababan los programas para verlos una y otra vez. Y comían tiritas de lobo marino con la mano, como si se tratara de papas fritas.
Engordaron tanto que un día se convirtieron en lobos marinos. El niño se preocupó pero siguió alimentándolos. Eran sus padres. Él los quería.
Al llegar la primavera hubo una inundación. El agua del mar llegó hasta Castillos y mucha gente se puso contenta porque la playa los había venido a visitar. Era una playa rara, tenía veredas en lugar de arena.
Cuando el agua llegó a la casa del niño, sus padres, ya convertidos en lobos marinos, se pusieron felices de llegar al mar (antes no podían hacerlo porque estaban muy gordos, poco ágiles y muy pendientes de Intrusos).
Chapotearon un poco en el agua y de repente se sintieron mal.
–-¡La tele! –gritaban–. ¡La Tele!
Entonces el niño se subió arriba del sofá que estaba flotando en el mar y desde allí les arrojó la tele.
–¡Acá tienen la tele! –dijo llenando los pulmones de aire y resoplando.
La tele se fue flotando y los padres del niño salieron nadando detrás de ella.
El niño se fue lejos pero en sentido contrario, saltando de un mueble flotante a otro. Decidió que quería vivir en un lugar más boscoso y viajar a la playa solo de vez en cuando.