Leticia Feippe

semiosis ilimitada

Rey (Leticia Feippe)

Cuando vinieron los reyes de España, fue todo el barrio a verlos.  Todos mirábamos y aplaudíamos, como cuando pasaba la vuelta ciclista o como cuando pasaban los cabezudos del corso.  Yo estaba a caballito de mi padre.  El rey y la reina iban en un auto sin techo y saludaban a la gente.  Yo pensaba que iban a pasar rápido pero pasaron despacio y los pude ver bien de bien.  No tenían capa ni cetro ni corona.

Mi hermana empezó a decir que se quería ir, que tenía calor.  Y eso que no era verano.  Se acostó en el piso de la Terminal Goes y se le pegó un chicle en el pelo y mi madre le tuvo que cortar flor de mechón cuando llegamos a casa.  Mi hermano preguntó por qué el rey no tenía barba, como los de las barajas.  Yo sabía pila de barajas.  Sabía jugar a la escoba, al robamontón y a la guerra porque en el Bar El Pato siempre veía gente jugando y un borracho me había enseñado.

Siempre que íbamos a la Terminal a jugar o a comprar fichas de teléfono, yo me acordaba del día en que vinieron los reyes y les contaba a mis hermanos porque ellos no se acordaban de nada porque eran chicos.  La que tampoco se acordaba de nada era Karina.  Yo creo que ella había ido ese día.  Pero ella no se acuerda.

A Karina le gustaban pila los reyes y las reinas. Karina decía que los reyes eran algo fino.  Para mí, finas eran otras cosas, como el helado de menta con baño de chocolate.  En la Smak de Blandengues vendían pero yo nunca lo probé porque el baño te lo cobraban aparte y había que ahorrar.  Los bizcochos miniatura que vendían en la panadería Marsella también eran finos pero más fino era comprar en La Gioconda que quedaba en San Martín. Para mí finas eran esas cosas.  No los reyes.  Los reyes eran personas comunes andando en auto.

Una vez me vinieron ganas de jugar a los reyes y agarré el camión de bomberos de mi hermano y me fui hasta lo de Karina.  Yo ponía una muñeca y un muñeco arriba del camión y los hacía pasear por General Flores, que eran las baldosas negras que iban desde la cocina hasta el baño.  A Karina no le gustaba jugar así.  Ella quería ponerles corona y capa y decir que andaban en carruaje pero yo decía que no, que los reyes no usaban corona ni capa y que andaban en auto.  Karina siempre jugaba a todo mal.  El que jugaba bien era Juanjo, el hermano de Karina, que jugaba al básquetbol en Aguada.  Juanjo siempre se sentaba con los amigos en el escalón que estaba enfrente a Radesca y que le decían el consolador porque ahí todos iban a contar sus problemas y los otros amigos los consolaban.  Una vez Juanjo estaba en el consolador con uno que se llama Carlos y Carlos se agarró a las piñas con el Topo que justo pasó por ahí y lo miró de pesado y Juanjo los separó.  Yo los vi porque yo estaba en la carnicería de la Momia.  Me gustaba ir a lo de la Momia y pedirle para escribir los carteles con tiza mojada.  Me daba risa poner “nalga”.

Jugué un ratito con Karina pero me aburrí y me vino hambre y me fui para casa.  Mi hermano y mi hermana estaban jugando en Carlos Reyles y mis padres estaban durmiendo la siesta.  Creo que era sábado porque mis padres estaban ahí.  Pero estaban durmiendo, así que era igual que los lunes o los martes, cuando ellos estaban trabajando y mis hermanos y yo nos tomábamos el 163 a la salida de la escuela y nos quedábamos solos de tarde y hacíamos carne picada con comino y huevo para comer al mediodía.

Me fui a mi cuarto porque quería jugar a los reyes pero bien.  No como jugaba Karina que no entendía nada.  Agarré las muñecas y las miré bien de bien a ver cuál tenía más cara de reina.  Elegí una que tenía cara de vieja y pelo corto y vestido de novia y que movía la cabeza de un lado para el otro cuando caminaba.  Pero me faltaba el rey.   El muñeco Pierre era varón pero tenía cara de nene chico y no servía.  Entonces se me ocurrió cortarle el pelo a alguna muñeca mujer para convertirla en varón.  Yo tenía una muñeca que tenía una rosca en la espalda para meterle el pelo para adentro y dejarla con pelo corto pero esa muñeca no servía porque tenía toda la cara rayada con lapicera.  Y tenía otra de pelo corto pero estaba rayada también porque una vez jugamos con Karina a que se había portado mal y le pegamos y le pintamos sangre.  Entonces, me acordé de la muñeca de no usar, que era una Barbie que me había traído una prima de mi padre de Estados Unidos.  La Barbie estaba guardada arriba de mi ropero.  Yo la había puesto ahí porque me parecía que era muy nueva y no podía usarla.  Era como la ropa, que si era nueva no se podía usar y como los cubiertos que tenían talco que eran del casamiento de mis padres y no se podían usar.

Como la muñeca estaba muy alta, arrimé un banco al ropero para ver si llegaba.  Pero no pude.  Entonces bajé del banco, fui hasta el baño y agarré el lampazo.  Me subí de nuevo al banco y bajé la Barbie de un lampazazo y se cayeron también unos chirimbolos del arbolito que estaban guardados ahí arriba.  Mi padre me gritó que no hiciera ruido, que estaban sesteando.  Entonces, tiré los chirimbolos para arriba como si estuviera jugando al básquetbol y después saqué a la Barbie de la caja.  Ahí me di cuenta de que Barbie terminaba con e y no con i.  Me vinieron ganas de ponerle un nombre nuevo, inventado por mí.

La Barbie tenía cara de grande.  Con pelo corto, podía ser mi rey.

Ropa de varón ya tenía porque yo había hecho un traje para el muñeco Pierre con unos pañuelos de sonarse y al muñeco le había quedado chico pero, como la Barbie era flaca, le iba a quedar bien.  Yo sabía que había que coser la ropa al revés para que no se vieran las costuras pero no sabía que la ropa tenía que ser más grande que el macaco.

Le puse el traje a la Barbie pero me faltaba cortarle el pelo.  Entonces, busqué la tijera que llevaba a la escuela.  Era de esas plegables.  A veces mi padre la usaba para cortarse los bigotes y a veces yo la usaba para cortarle los pelos de las orejas a mi abuelo.  Esa tijera era mejor que las de punta redonda que eran de chiquitos.  Cortaba re bien.  Y pude cortarle el pelo a la Barbie para que quedara varón.  Después le hice un borde a los ojos con marcador para que no se notara la sombra azul que tenía, que era de mujer, y le pinté un poquito de barba haciéndole puntitos en la pera.  Pero seguía siendo mujer porque tenía tetas.  Entonces, como las tetas se le notaban mucho, probé hundirlas con el dedo.  Pero eran duras.  No eran como las de la Coca Moreira, la que nos cuidaba cuando éramos chicos.  Las tetas de la Coca Moreira eran como aguavivas, bien blanditas.  Y se movían cuando la Coca caminaba y parecía que se le iban a salir del sutién beige.  Yo agarré la tijera para cortar las tetas pero la tijera se abrió.  Se le salió el tornillo.  Entonces fui a la cocina.  Le saqué la ropa a la Barbie y arrimé un encendedor a las tetas.  A la Barbie se le quemó una teta pero también se le quemó el pelo.  Y me asusté y tiré a la Barbie en la pileta, arriba de los platos que todavía tenían tallarines pegados.  Después abrí el cajón de los cubiertos, saqué un cuchillo de los que tienen dientes y empecé a serruchar.  Le corté la teta quemada y también la otra.  Parecían cascos de soldaditos.

Le lavé el pelo a la Barbie con Vita Manzana en la pileta del baño porque había quedado con olor a tuco y lo sequé con una toalla y lo pinté de negro con pomada de zapatos.  Y entonces sí quedó como un rey.

Mi madre me preguntó qué era ese olor a quemado y yo le dije que nada y justo empezó a llover y yo me puse a hacer la cruz de sal en el fogón para que parara.  Mi madre llamó a mi hermano y a mi hermana por la ventana y entraron todos mojados y llenos de barro con cinco perritos recién nacidos en una caja.  Tenían los ojos pegados y estaban llenos de sangre y de cosas que parecían tripas.  Mi padre se despertó y dijo que los perritos no iban a vivir sin la madre, que había que ahogarlos en el wáter para que no sufrieran y mi hermano se puso a llorar.  Entonces mi madre y mi hermano fueron hasta afuera y dejaron los perritos en la caja, arriba del escalón del quiosco, que tenía un techito. Abrigaron a los perritos con el buzo que se usaba para encerar el piso.  Mi hermana se puso a escuchar el agua que bajaba desde la claraboya por un caño y yo ayudé a mi padre a poner palanganas y ollas porque se llovía todo para adentro.  Después comimos polenta y me acosté a dormir con las tetas de la Barbie en los dedos.  Me pinté una carita con lapicera en el índice y otra en el dedo del medio y decía que los dedos eran soldaditos.  Mi hermana y mi hermano no querían dormir porque decían que le tenían miedo a los truenos.

La lluvia paró de noche pero yo ni me enteré porque ya me había dormido.  Al otro día, el piso de abajo estaba lleno de agua y había hojas de árboles adentro de casa.  Siempre pasaba lo mismo cuando se tapaban las bocas de tormenta.  Todo se llenaba de agua y parecía un río marrón lleno de ramas.  Cuando salimos a la puerta, yo miré el escalón del quiosco de la esquina para ver si estaban los perritos pero no estaban.  Mi madre dijo que alguien se los habría llevado y que en el aserradero siempre dejaban gatitos y que alguien se los llevaba.  Pero esos no eran gatitos y tampoco estaban en el aserradero.  Capaz que se los llevó otra persona, pensé.

Me puse la malla roja con rayas blancas que me habían regalado los reyes y que mi madre había levantado en un puesto de General Flores porque los reyes la habían dejado ahí para mí.  Me acuerdo que fui con mi madre a buscarla a ese puesto.  Y salí a jugar al agua que había inundado todo el barrio.  El agua me llegaba a la cintura.  Era el día más lindo del verano.  Estaba buenísimo tener tanta agua para jugar.  Entré a casa y agarré un latón para jugar a que era un barco y puse a mis reyes ahí.  Como hasta había olas, a la muñeca con cara de vieja y vestido de novia le saqué el vestido para que no se mojara y le pinté una malla con lapicera.  Al muñeco no le saqué nada porque el traje era casero y si se mojaba no pasaba nada.  Los de enfrente, que eran como cinco hermanos, todos varones, jugaban a saltar desde el balcón para el agua.  Vinieron Karina, Natalia y Lorena hasta la puerta de casa y les conté que estaba jugando a los reyes y les dije que mis reyes estaban paseando por Venecia que quedaba en Italia y que tenía calles de agua.  El basural que había enfrente a casa ni se veía y la basura se iba de ahí flotando y todos los vecinos decían que qué suerte porque ya no iba a estar el basural ese ahí y algunos aprovechaban a sacar la basura de las casas para que se la llevara la corriente.

En la otra cuadra estaban el Toto y el Chuco jugando con los hermanos chicos a la guerra de caballitos y los gurises gritaban cuando se caían al agua.  Con el Toto y el Chuco no nos dejaban juntar a casi ninguno pero yo no sabía por qué.  Yo miraba a los padres de ellos en el almacén y veía que los del almacén los saludaban y todo.  Pero a ni a mí ni a Karina nos dejaban ir a la casa de ellos y eso que tenían una hermana que iba a mi escuela y estaba en la clase de al lado de la mía.

El Toto vino hasta donde estaba yo con las chiquilinas y me pidió prestado el barco de los reyes.  Yo se lo presté pero después me vino un calor horrible en la cara porque él empezó a mojar a mis reyes y a hundirlos en el agua sucia y yo le decía que no lo hiciera pero él lo seguía haciendo y encima se reía.

En eso empezaron a irse por el agua los cajones del almacén.  Se iban rapidísimo para General Flores.  Parecían lanchas con motor.  El Chuco vino corriendo por el agua a jugar con el Toto y le pidió mi rey y mi reina.  El Toto se los dio y el Chuco a la reina la tiró al agua y yo la agarré justito.  Después empezaron a jugar al monito con el rey y me dio una rabia bárbara.  Estaban de vivos.  En una, el Chuco metió a mi rey en uno de los cajones del almacén que estaba flotando y lo empujó y mi rey se fue rapidísimo por Carlos Reyles y yo no lo pude alcanzar.  Después, el Toto y el Chuco se empezaron a reír y agarraron palos para jugar a las luchas y se fueron.  Yo tenía ganas unas ganas de llorar horribles pero me las aguanté.  Karina me preguntó cómo se llamaba ese muñeco que yo decía que era un rey.  Y yo no sabía y me dio bronca porque todos mis muñecos tenían nombre y ese no.  Yo estaba re enojada porque no había cuidado a mi muñeco ni le había puesto nombre y seguro me iban a rezongar por habérselo prestado al Toto y al Chuco que eran semejantes grandotes y además yo no me podía juntar con ellos.

Me hice la que no me importaba y seguí jugando con las chiquilinas a la pasadita con una pelota de playa.

Un vecino estaba fumando con los pies en el agua y dijo esto que eso de la inundación pasaba porque abajo del barrio estaba el arroyo Quitacalzones y dijo que el agua llegaba hasta la Terminal Goes y que hasta el bar Caballero y el Vaccaro estaban inundados.  En eso, el zapatero pasó en kayak y todos lo aplaudieron y le gritaban.  Le decían buenaaaa, esaaa.  Los grandes seguían hablando de las inundaciones. Vinieron caminando por adentro del agua los dos hermanos de mi padre que vivían a la vuelta de casa con las esposas y trajeron tortas fritas y una botella de Coca y me dejaron tomar del pico.  Todos conversaban y se reían y yo andaba ahí, jugando a la pelota con una mano y con la otra sosteniendo a la reina que estaba toda mojada.  Me vinieron ganas de irme para adentro y le dije a Karina que quería hacer pichí, que tenía que ir a casa.  Karina me dijo que hiciera de malla, en el agua, pero le dije que no me gustaba (era mentira, siempre hacía en la malla).  Entonces empezó a reírse y a decir que yo iba a hacer caca, que era mentira que iba a hacer pichí.  Me metí para adentro, subí la escalera chorreando agua y fui hasta mi cuarto.  Agarré las tetitas de goma recortadas que todavía estaban en mi cama.  Parecía un sapo yo, poniendo la boca para abajo de las ganas que tenía de llorar.  En eso vino mi madre y disimulé rascándome un ojo.  Andá a jugar, me dijo, aprovechá que ya está bajando el agua y después no vas a poder bañarte en la calle. Entonces, bajé la escalera.  Tenía tajitos y barro en los pies y los pies me ardía todo cuando caminaba porque los escalones tenían agua Jane porque mi madre había estado limpiando.  No me puse las chancletas porque no sabía dónde estaban.

This entry was posted on Monday, September 19th, 2016 at 2:47 pm and is filed under Cuentos. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

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