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Rey del aire

En el carnaval de Artigas hay cosas importantes para destacar. Una es que todo está cantado en portugués. Las escolas do samba desfilan con sus carrozas y las damas y los caballeros que las ornan van allá arriba, altos, altos, parados en pequeños espacios en los que danzan y cantan al ritmo del samba enredo.

Otra cosa importante que sucede y que le juega en contra a los asistentes al carnaval de Artigas y a favor a los comerciantes es que entre escola y escola pasa como una hora.

Algunos asistentes al carnaval alquilan una mesa en la que comen y beben en esos intervalos, escuchando una y otra vez el samba enredo de la última escola que pasó. Se lo aprenden de memoria y luego de varios tragos cantan y bailan alrededor de las sillas de PVC.

Una vez, un señor de Montevideo, al que nadie conocía en Artigas, se arrimó a la avenida Lecueder para ver ese carnaval tan único. No alquiló mesa porque no conocía el sistema pero pagó una entrada baratita y se arrimó a la baranda para ver el desfile.

Fue hasta un puesto, pidió una cerveza y le preguntó al vendedor a qué hora empezaba el asunto. El hombre, que era de Artigas y pronunciaba todas las eses antes de las consonantes, contestó:

-Ya empezó, hace casi una hora.

El hombre de Artigas dijo esto sin necesidad de utilizar eses antes de las consonantes (la frase no las tenía).

Le dijo al hombre de Montevideo que, si quería, podía aguantarle la cerveza en la heladera para que no se le calentara. El hombre de Montevideo aceptó y se sintió feliz por haber sido tratado tan amablemente.

Pasaron diez minutos. El hombre de Montevideo, que bebía apoyado en el mostrador, vio a lo lejos un carro alegórico que se acercaba. Era hermoso, lleno de delfines y sílfides ataviadas cual hipocampos que danzaban contoneándose. Detrás, venían niños llenos de brillantina cantando en portuñol y vestidos como africanos.

El hombre de Montevideo, totalmente asombrado y feliz, terminó su cerveza y pidió otra que le vino muy bien para hacer tiempo mientras esperaba a la siguiente escola, que llegaría una hora después.

Así pasó la noche, entre escolas y cervezas, acodado de a ratos en un mostrador de lata, arrimado a la baranda en otros momentos.

Tomó mucho. Olvidó la cuenta y algunos comentan que también olvidó pagar. Pero nadie recuerda demasiado. Nadie lo conocía y el vendedor también se había emborrachado un poco.

Dicen que la cerveza hincha. Y así fue. El hombre de Montevideo se hinchó, se hinchó y se hinchó. Se hinchó tanto que comenzó a elevarse lentamente, como si fuera un globo lleno de helio.

Sobre las cinco de la mañana, cuando ya no quedaban casi escolas por desfilar, los asistentes al desfile vieron pasar por Lecueder a un globo con forma de hombre que volaba sobre la avenida. Nunca se dieron cuenta de que se trataba de un hombre con forma de globo. En ese momento, el vendedor de cerveza, que no recordaba si el hombre había pagado la cuenta, pensó “no importa, yo pago la cuenta de este maestro (ahí sí pronunció la ese para sus adentros); es una gracia de dios y la virgen”.

El hombre globo empezó a perder un poco de aire y eso, sumado al viento que sacudía sus ropas, lo hacía sonar como si fuera un pandeiro.

Asombrada, la gente empezó a mirar al cielo y a aplaudir gozosamente a ese carro alegórico que desfilaba fuera de concurso.

Al principio pensaron que se trataba de una publicidad pero cuando vieron que el hombre no tenía ninguna marca en su ropa (la había comprado en Quaraí y no tenía logo alguno), se convencieron de que no, de que se trataba de un carro único e irrepetible. El mejor de todos. Su remera decía “Rainha do bolero”. Y la gente lo vio. Y empezó a gritar vivas y elogios para Rainha, la nueva escola sorpresa.

Al finalizar el desfile, el hombre ya había aterrizado, a pocos kilómetros, en una ruta brasilera que conducía a Livramento.

Desde allí escuchó los gritos de euforia de la multitud que aclamaba a Rainha y corrió hasta Artigas para ver de qué se trataba tal alboroto. No tenía documentos pero no importaba porque en ese tipo de fronteras nadie controla nada.

Cuando llegó, ensopado, con la camiseta de Rainha do bolero pegada al cuerpo, la multitud se abalanzó sobre él y lo llevó en andas por Lecueder. Suponían que era el dueño de la carroza voladora.

Los pobladores de Artigas rogaron a la intendenta que autorizara a Rainha do bolero a participar del concurso, pese a no estar inscripta. La intendenta, que se debía a su pueblo y que quería seguir durmiendo -la habían despertado-, aceptó. Y así fue que la escola unipersonal Rainha do bolero ganó el desfile.

Como premio, el hombre de Montevideo recibió un camión cisterna lleno de cerveza y comenzó a tomar para festejar. Henchido de felicidad e hinchado de cerveza, nuevamente comenzó a elevarse y a flotar por el aire. Se elevó mucho y el viento lo llevó lentamente en dirección a Rivera, sonando como un pandeiro y recibiendo los aplausos de la multitud.

En Rivera, otro carnaval lo esperaría. Ahora, con currículum.

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This entry was posted on Friday, February 24th, 2012 at 5:02 pm and is filed under Cuentos. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

2 Responses to “Rey del aire”

  1. Claudia
    8:15 pm on February 27th, 2012

    Me encantó!

  2. Clau
    9:46 pm on February 24th, 2015

    Magia de la cerveza: lo que importa es lo de adentro.

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