Leticia Feippe

semiosis ilimitada

Problemática

Una vez mi psicóloga me dijo que ser una persona tímida no era lo mismo que ser una persona vergonzosa, que una de las dos llevaba implícita una especie de violencia contenida o algo así. Creo que usó la palabra agresividad (ahora que lo pienso, suena más a palabra técnica) pero no estoy muy segura.

No recuerdo cuál de las dos (la timidez o la vergüenza) era la problemática y tampoco recuerdo si era exactamente violencia o agresividad lo que la caracterizaba. Sé que le dije algo así como “quiero hacer tal cosa pero no me animo porque soy tímida (o porque me da vergüenza)”. Entonces, ella respondió: “la timidez y la vergüenza no son lo mismo; la timidez (o la vergüenza) supone una forma de agresividad (o algo similar) que la vergüenza (o la timidez) no necesariamente (creo que dijo algo así) tiene”.

Esa charla la tuve hace más o menos un año, un día en que yo le estaba contando que había escrito un cuento sobre una persona a la que le copaban la casa y la dejaban atada a una silla. Tras el copamiento, esa persona, pasaba horas intentando soltarse. Recuerdo que lograba encender su computadora con el codo pero no podía siquiera mandar un mail porque tenía las manos atadas detrás de su espalda y su nariz no era muy ducha en eso de escribir. Hoy creo, sinceramente, que ese personaje debería haber escrito con los pies. Pero, bueno, no lo hizo. Lo único que logró, en su afán por liberarse, fue que se rompiera parte de la silla y que se le escapara una teta de la camiseta. Unas seis horas después del copamiento (supongo que serían como las cinco de la mañana) esta pobre persona se encontraba apenas levantada del piso, despeinada, habiéndose podido acercar a la puerta y con la posibilidad de salir -los copadores habían cerrado sin llave- pero muy temerosa. No quería que los vecinos del edificio le vieran la teta colgando. Le daba vergüenza.

Relacioné el incidente de ese cuento y las palabras de mi psicóloga con cierta vergüenza o timidez que me ha estado persiguiendo. Hace dos meses empecé a trabajar en secretaría de un club deportivo y aun no logro entablar demasiada conversación con mis compañeros. Solo hablo con Gonzalo, mi compañero de tareas.

Me siento muy extraña porque siempre fui una persona muy sociable. Sin embargo, como el primer día me presentaron a tanta gente y olvidé los nombres de algunos y las caras de otros, saludar se ha vuelto para mí una tarea dificilísima. Lo peor es que a veces me muero de ganas de ganas de charlar con ellos.

Empecé a notar esta dificultad un mediodía en los vestuarios. Como a los administrativos del club nos dejan usar las duchas, yo suelo aprovechar ese momento para bañarme. Ese día, a esa hora, el vestuario estaba casi vacío. Cuando entré, solo estaban allí un grupo de escolares a punto de retirarse y un grupo de profesoras que charlaban acerca del marido de una de ellas y el nuevo trabajo que había conseguido como guardavidas. Estaban muy compenetradas en la charla y supuse que no me vieron al entrar. Así que me instalé silenciosamente y empecé a desarmar mi bolso sin saludar. Fui a la ducha, me bañé y volví. Ellas seguían charlando mientras se vestían.

Luego de diez minutos, una de las profesoras me miró. Durante unos segundos sostuvimos nuestras miradas. Pero no la saludé. Me daba muchísima vergüenza hacerlo después de haber estado diez minutos ahí, escuchando una charla que nadie me había invitado a escuchar. Las profesoras siguieron hablando. Hablaron de precios de mochilas y de lo que iban a cenar esa noche. Una le pidió un disco prestado a la otra.

Desde ese día, las caras de esas dos profesoras quedaron grabadísimas en mi retina. Pero ya no podía saludarlas. Me daba mucha vergüenza. Entonces opté por ir al vestuario antes o después que ellas y de esa forma evitar situaciones tan incómodas.

Ayer Gonzalo me dijo:

-Hoy te defendí. Escuché a Viviana, la de aeróbica, diciendo que eras antipática y le dije que nada que ver.

-Gracias -contesté.

Quedé apenada. Porque en realidad yo hubiera querido saludar a Viviana y a la otra profesora aquel día pero por no meterme en su charla no lo hice. Y ahora quedo como una antipática. Si supieran que fue todo por no distraerlas de su charla. Yo me pregunto: ¿por qué no considera la posibilidad de que yo sea una persona tímida o vergonzosa? Lo peor es que ahora no puedo explicar nada. Es injusto. Estas profesoras tampoco me saludan cuando marcan tarjeta y salen corriendo. Y yo no digo nada. Ellas solo son amables cuando llaman por teléfono para avisar que llegan tarde. Y yo no digo nada.

Tendría que explicarles qué pasó pero, como no sé si exactamente es timidez o vergüenza lo que me impidió actuar, no me animo, no quiero decir que me pasó algo que no es lo que me pasó. Podría llamar a mi terapeuta y preguntarle pero me da un poco de vergüenza. Soy una persona tímida.

This entry was posted on Monday, November 16th, 2009 at 1:40 am and is filed under Cuentos. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

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