Leticia Feippe

semiosis ilimitada

Literatura erótica: El papel y el placer

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May 2nd, 2014 Posted 7:58 pm

El papel y el placer

Relatos de Rosario Beisso, Angeles Blanco, Mariana Casares, Mercedes Estramil, Leticia Feippe, Cecilia Fernández, Mariana Font, Laura Gandolfo, Vesna Kostelić, Gabriela Onetto, Helvecia Pérez, Lucía Piñeyrúa, Sofía Rosa, Daniela Silva, Elena Solís, Elián Stolarsky, Yael Szajnholc y Valentina Véscovi


¡Próximamente también en Brasil!

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Alli puncha, San Rafael

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January 10th, 2014 Posted 11:53 pm

sr

Comiendo con cuchara (como se usa aquí) en un local en el que una señora ataviada con la ropa de los otavaleños prepara pollo frito con papas, veo unas niñas mirando la tele. Es una telenovela coreana ambientada en Venecia, doblada al español en algunas partes. Afuera, banderas del Pachakutik o de Alianza País -el partido de gobierno- en casi todas las casas y voces en quichua. Indígenas en 4 x 4, indígenas descalzos, indígenas con hermosísima ropa bordada a mano, indígenas que cruzan el puente o que suben la loma hacia su comunidad, indígenas que suben a un bus con unos 20 baldes con productos para vender en otra ciudad, Quito, probablemente.

Muchas mujeres con falda y blusas bordadas, hermosas blusas bordadas, hombres con trenza y pantalones blancos, alpargatas blancas o negras. Pocos mestizos. La mayoría son indígenas que conservan la forma de vestir tradicional, salvo uno que pasa con una onda medio hipster, también hablando en quichua.

El alcalde es indígena, el hermano del alcalde también. El primero sociólogo, el segundo poeta.

El alcalde es del partido del presidente desde hace un tiempo.

Cuenta la gente que los otavaleños tienen su sistema de justicia, ortigas y baños de agua fría a la vista de la gente para que el infractor aprenda, trabajos comunitarios. También cuentan que tienen su forma de casarse, que primero se casan por la comunidad, luego por civil o iglesia. Cuentan que son fieles y honestos.

A la iglesia van todos. El cura aplaude, canta. Se suman acordeones, guitarras. Si llueve no importa. El 6 de enero todos quieren formar parte del pase del niño y llevan estatuas de distintos tamaños con un niño Jesús en procesión desde donde empieza el pueblo hasta la iglesia.

Todo el pueblo da la impresión de querer decidir. En San Rafael de la Laguna se comenta que es probable que gane el Pachakutik, aunque los otavaleños también integran otros partidos y Alianza País no se queda atrás. Hay que ver cómo se vota en otros pueblos.

En los almacenes, los vendedores te dan los productos y luego te hacen la suma mirándolos ante tus ojos, sacándolos de la bolsa (funda) si es necesario. Van sumando mentalmente y diciendo en voz alta 1,25, 2,75, 3.15. Todo en dólares.

Se asombran de ver uruguayos. Te dan la bienvenida, te preguntan si te vas a quedar a vivir, cuándo llegaste, cuándo te vas, cuánto costó el pasaje, por qué Ecuador, cuál es tu segundo nombre, si ahora es invierno o verano en tu país. Te dicen también que un primo o un sobrino viajó a Uruguay a vender artesanías.

En el rubro artesanal Totora Sisa es la celebridad. El show room tiene hermosos muebles en totora que da pena que no entren en una mochila para poder llevarlos.

Los comerciantes, si tienen que salir del negocio por alguna diligencia, no cierran. Dejan a alguien cuidando para que avise que el dueño fue hasta otro pueblo pero que luego vuelve. Si pedís algo que no hay, van al comercio de al lado, te lo traen y te cobran el precio del otro.

Del otro lado de la carretera se ve el Lago San Pablo. A lo lejos, hosterías. Cuando las nubes bajan, los volcanes Cotacachi e Imbabura dejan ver la nieve.

A pocas cuadras del centro, ya en el campo, hay dos piedras gigantes con inscripciones que se suponen milenarias. Los otavaleños les hicieron una especie de quincho de piedra y paja para protegerlas. Cuentan que cayeron por una colina rodando un día de tormenta.

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Altera ego

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July 18th, 2012 Posted 3:44 pm

Altera ego 1


Me acabo de poner crema en las manos porque acabo de lavar el piso y me quedó olor a agua Jane. No me gusta el olor a agua Jane pero me gusta cómo quedan tres cosas con agua Jane: los pisos, las copas y el vaso en el que guardo los cepillos de dientes. Tengo dos cepillos: uno para los dientes y otro para la placa neuromiorrelajante a la que simpáticamente llamo “masticable”. La uso cuando duermo sola. Si duermo con alguien la escondo detrás de mis perfumes y al otro día la lavo minuciosamente. Tengo nueve perfumes: dos de Loewe, uno de Channel, uno de Calvin Klein, uno de Jesús del Pozo, dos de Kenzo, uno de Cacharel y uno de Sarah Jessica Parker que es un asco y solo uso los días en los que no ando bien vestida. Necesito por lo menos esta cantidad de perfumes. Me gusta vestirme de diferentes colores y, por ejemplo, el verde no pega con un perfume floral. Tengo una insana costumbre: la de saturar, agotar, exfoliar, exprimir, violar una canción. Cuando una canción pega con cómo me siento le doy play, la escucho, le vuelvo a dar play y la escucho de nuevo. Infinidad de veces. Lo puedo hacer durante una semana entera, parando solo para dormir y trabajar. A veces, se trata de canciones que considero dignas. Entonces pongo links a ellas en mi Facebook. Y me digo, por ejemplo, “no sos tan gris”. Otras veces, se trata de canciones que me avergüenzan. Vuelve que sin ti la vida se me va. Esas no las pongo en el Facebook y a nadie le cuento que las escucho. Las tengo guardadas en una carpeta que se llama “Mati” y digo que son de mi sobrino. Pero no es cierto. Las escucho, me llegan y perfectamente puedo llorar con ellas durante horas. Cuando lo hago, después del ritual, me siento mejor. No le tengo miedo a casi nada. Ni a las calles vacías ni a las caras feas ni a las alturas ni a los ruidos en la madrugada. A los perros, tal vez, un poco. De niña era igual. Me gustaba subirme a los árboles, caerme, lastimarme las rodillas y arrancarme la cascarita. Una vez me tiré desde el segundo piso de una casa y no me pasó nada. En realidad creo que me tiré. No me acuerdo bien pero es muy probable. Va conmigo, con cómo era yo entonces. En ese momento y después también, las nenas me parecían idiotas. Yo quería ser varón y jugaba más con los varones porque las nenas solo querían jugar a las muñecas y a las modelos y hablar de novios y yo decía que era imposible tener novio porque no existían varones que fueran lindos, buenos e inteligentes al mismo tiempo. Entonces no tenía novios. Pero me gustaban algunos. Una vez me enamoré de un príncipe muerto que vi en una revista Hola mientras esperaba que mi padre me pasara a buscar por el club al que me mandaban seis horas por día para no pagar cuidadora. Mi padre y mi madre a veces llegaban tarde y tenía que esperarlos una o dos horas sentada entre señores que leían el diario. Yo no leía el diario. Tenía doce años. No lo entendía y me ensuciaba las manos. Tanto deporte en mi adolescencia me provocó dos cosas: una necesidad irrefrenable de competir que en algunos ámbitos terminaba en victoria y en otros en la más humillante derrota y un gusto particular por las piruetas en terrenos blandos como las playas y el pasto. Me gusta mucho la naturaleza. No soy tan gris. Me gusta el pasto y el olor a lluvia. Los relaciono con cosas alegres. Como lo fue mi infancia que tenía mucho pasto y mucha humedad. Nací en Montevideo pero debería haber nacido en La Paz. El problema era que en La Paz no había lugar para nacer. Entonces mi madre vino a parir a Montevideo. Hace poco me enteré de que, el día en que mi madre rompió la bolsa, no se dio cuenta de qué era eso que le estaba sucediendo y un vecino le dijo “señora, está por tener familia”. No odio a ninguna persona pero sí hay cosas que odio. Odio los diminutivos y las abreviaturas. Finde, peli, chichis, tití. Odio que en los títulos de los cuentos, las canciones, los libros o las películas aparezca la palabra “amor”. Cuando era católica no me molestaba. Incluso escribía poemas con la palabra “amor” en el título. Mis padres no los leían pero les decían a todos sus conocidos (amigos no tienen) que yo escribía como Borges porque yo, que de Borges no sabía un sorete pero creía saber, se los había dicho. Esto se parece a Borges. Hoy sigo pensando que es difícil encontrar un hombre bueno, lindo e inteligente. Tampoco es fácil encontrar mujeres así. Generalmente son inteligentes y lindas pero no buenas. A las buenas no les gusto. A los hombres buenos sí pero, como suelen rayar lo idiota, no me seducen en lo más mínimo. Mañana cumplo treinta y un años y creo que acabo de tener una epifanía. Parece que una parte de mí (la del pasto, las piruetas, las canciones) tiene unos 17 años y la otra (mis perfumes caros, mi trabajo, mi intolerancia) tiene cerca de 50. Recién me doy cuenta de eso. Pareja no tengo pero cada tanto me acuesto con alguien. El año pasado ese alguien se repitió bastante. Un día me contó que tenía canas en el pubis con esas exactas palabras. Pubis. Tan técnico él. Yo también las tengo y me las arranco con una pinza de cejas cada vez que las veo. Lo conozco hace tiempo. Tuvimos algo con amor y todo allá, por los veinte. Una vez, hace poco, me lo crucé en una esquina. Segregué saliva y todas las imágenes pasaron por mi cabeza. Aquel día en el que, mientras yo fumaba un cigarro y tomaba medio y medio en una copa, él empezó a desvestirme y yo le dije “pará, estoy fumando” y él me dijo “vos seguí fumando” y me pasó la lengua por la bombacha que ya estaba mojadísima y sin protector diario. O aquel día en el que yo, de medias can can negras y ya llegando tarde a la oficina, me arrodillé para practicarle sexo oral al mediodía y salió todo mal y me avergoncé por ver manchas de polvo gris en mis rodillas con medias tan negras. Me gusta pintar. Supe hacerlo bastante bien de niña. Tenía talento, potencial, me hacían tests psicológicos y mi madre decía “tiene cuatro años pero tiene mentalidad de ocho”. Nunca me mandaron a clases de pintura. Podría haber estado bueno. Muchas veces me pongo tonta y preparo todo para pintar pero, en lugar de pintar, me hago una paja atrás de otra y encima mirando Internet. Ni siquiera uso la imaginación. Después me queda la mano acalambrada y el corazón lleno de culpa. Espero que sea por no pintar.

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Tercero por escalera

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May 11th, 2012 Posted 9:59 pm

Cuando faltaban dos meses para que yo naciera, a mi padre se le ocurrió que debía llamarme María Pía. Y no sé por qué, porque él de catolicismo no sabía un carajo y tanto María como Pía son nombres con pinta de católicos. Mi madre no estaba muy de acuerdo. Ella siempre había querido que su hija se llamara igual que la enfermera que la atendería el día del parto. Por esa cuestión del azar, de lo inesperado. Eso me hace suponer que yo debo haber sido un gol en contra, que me hicieron sin querer porque mi madre se olvidó de tomar la píldora. No sabían si iba a ser nena o varón y ya me habían puesto nombre de mina. Por suerte nací nena.
A mi madre la atendió un enfermero, cosa que no había tenido en cuenta. Se llamaba Josué Espantoso. Puedo perdonar, entonces, la propuesta de mi padre de llamarme María Pía. No me hubiera gustado llamarme Josuá o Josuea o Josuefa. En cambio, llamarme Espantosa hubiera estado bueno. Siempre me causó gracia que hubiera negras que se llamaran Blanca o feas que se llamaran Linda, como mi maestra de quinto, a la que una vez le pegué una patada en la cara porque justo se le ocurrió pasar a medio metro de mi paro de manos. Si me hubieran puesto Espantosa, seguramente habría arrancado varias sonrisas en mi pasaje por la vida. Porque soy linda. Quizá me falte un poco de altura –mido poco más de metro y medio y sé que no voy a crecer porque ya tengo veinticuatro años– pero tengo ojos celestes y nalgas paradas. Además me llamo María Pía y ese nombre le gusta a todo el mundo. Al menos, eso me dijeron los tipos que me vendieron el apartamento. Lindo nombre. María Pía. Sí, lindo nombre. Cuando tenga una hija le voy a poner igual. María Pía. Creo que ninguno de los dos va a tener hijas que se llamen María Pía. Estoy casi segura de que los flacos que me dijeron eso eran pareja y acá, en Uruguay, las parejas de gays no pueden adoptar niñas. Niños tampoco.
No veo a mis padres desde el día en que me mudé, hace dos meses. Me decían Marucha pero lo peor no es el apodo sino el tono. Meloso, maternal, asquerosamente protector. Aunque el mío es un nombre sin gracia, lo prefiero antes que un Marucha cargado de besos babosos.
La casa de mis padres queda Villa Española. Ellos dicen que viven en La Unión pero, si nos ceñimos a los mapas, la casa queda en Villa Española. Mis padres son como los economistas que, para calcular la deuda externa, hacen la resta entre lo que se debe y lo que nos deben, como si el Tío Sam fuera a calcular los intereses sobre la diferencia. Para mí no es así. Para mí la deuda es solamente lo que se debe. Claro. Existen las palabras bruta y neta y se las puede usar a gusto del consumidor. A mí me gusta más bruta. Neta me suena a teta, una palabra que no me gusta. Y no es porque yo no tenga demasiado busto. No me gusta teta, como no me gusta ocho, como no me gusta desnudo, como no me gusta vagina, como no me gusta compadre y como no me gustan mamá y papá. Si algún día alguien me llega escuchar diciendo una de esas palabras, que anote la hora y que le juegue a la quiniela. Seguro que gana.
Yo no juego a nada. De pendeja me gustaba jugar al básquetbol ante la mirada atónita de los varones que me decían buena caballa. Me hubiera encantado ser basquetbolista de la NBA. Aunque sé que habría sido difícil porque en la escuela me iba bien y para ser basquetbolista de la NBA tenés que estar seguro de que no vas a seguir ninguna carrera en Uruguay que es gratis. De todos modos no creo que mis viejos me hubieran dejado estudiar básquetbol. Ellos querían que fuera contadora, escribana o analista en marketing. A los quince me mandaron a clases de secretariado y lograron meterme en una consorcio, el mismo que me dio el préstamo para el apartamento. Cuando cumplí dieciocho mis padres recibieron la mayor decepción de su vida. Empecé a estudiar oceanografía.

Mi trabajo consiste en decir que el doctor no está, que déjeme su número que él se comunica con usted. Cada dos horas, le pido al portero que me traiga un café. Entonces él me pregunta precisás algo más y yo le digo no. No me gusta abusar.
Cuando vi al doctor por primera vez me gustó su perfume. Durante mis primeros seis meses trabajando de secretaria soñé con tener por marido a un tipo así. Alto, profesional, miembro del partido de mi abuelo Jorge, que se murió al caerse de una escalera mientras pintaba un club político a cambio de un empleo público.
Cuando acompañaba al doctor a los actos políticos, él me guardaba un lugar cerca de su gente y me decía pichona. Yo sonreía y dejaba que me preguntaran cómo iban mis estudios. Pero al poco tiempo me aburrí y ya no me gustó casarme con alguien como el doctor. Empecé a imaginar que mejor que ser señora de, sería ser como él. Usar celular, portafolios y perfume de free-shop. Esa etapa duró hasta que escuché al doctor en la radio y no me gustó lo que dijo. Ahora no lo acompaño a los actos del partido. Le digo que tengo que preparar un trabajo y él me entiende porque sigue pensando que lo voy a votar.

Mudarme sola fue una idea excelente, aunque eso signifique que no pueda dejar el consorcio, al menos durante ochenta y ocho cuotas. Lo que más me gusta de vivir sola es que puedo fumar en la cama. Cuando vivía con mis padres, para fumar un cigarrillo, tenía que decir que iba a la biblioteca. Entonces iba hasta la esquina, prendía un Marlboro Light, daba la vuelta manzana y volvía a casa con un libro y mascando chicle. Me gusta fumar acostada, sola o acompañada. Al lado de la cama tengo una botella, un vaso, un bol, un cepillo de dientes y un pomo de pasta porque no me gusta dormirme con gusto a pucho. Cada mañana, cuando voy a mear –porque yo no me despierto porque se me acabó el sueño sino porque me meo–, llevo el vaso y el bol al baño, los enjuago y después los devuelvo a su lugar de origen, o sea, al piso, al lado de mi cama.
Las primeras noches que pasé sola se me hicieron larguísimas. Me mataba el silencio. Entonces prendía la tele y ponía películas de juicio. De esas que están basadas en una historia real y que terminan diciendo que Fulano de Tal fue procesado por homicidio especialmente agravado y que actualmente cumple cadena perpetua en la cárcel de Wisconsin. Otras noches me dedicaba a hablar por teléfono hasta la una o las dos. Le contaba a mi amigo Marcos lo bien que pasaba en la cama con mi Aníbal, Roberto y Mateo y Marcos se aburría y me decía qué hambre que tenés. Entonces yo le soltaba un andá estúpido y nos poníamos a hablar de los demás.
Ahora no tengo amigas. Antes salía todos los viernes con dos vecinas. Mónica y Jimena. Íbamos a bailar y volvíamos borrachas y acompañadas. Hasta que cumplimos quince fuimos amigas de verdad. Nos contábamos cómo besaban nuestros novios del liceo y, a veces, estudiábamos juntas, escuchando música. De noche nos gustaba sentarnos en los cajones de verdura del almacén de Domingo a charlar con los varones. En mi casa no les gustaba que yo hiciera eso. Un día mi padre me vio y me dijo entrá que es tarde. Cuando llegué a casa me cagó a gritos y me dijo no te quiero ver más ahí con esos atorrantes que fuman y toman cerveza. Al otro día me inscribió en el curso de secretariado.
La inauguración del apartamento estuvo buena. Invité a Marcos, a Mónica, a Jimena y a todos mis compañeros de clase. Mónica se levantó a uno de ellos. Un flaco con camisa a cuadros y mucha plata. Yo me encerré en el baño con un colado que se llamaba Matías. Habíamos entrado a buscar curitas porque él se había cortado con un cuchillo mientras repartía la muzzarella. Curitas no encontramos, así que le lavé el dedo con jabón de coco mientras él me miraba el ojo izquierdo. Yo le miré los dientes y me gustaron. Matías se sentó en el water, me dijo vení y me sentó en su falda. A los quince minutos me paró, me bajó los pantalones, me besó, se paró, se bajó los pantalones, se sentó, se paró, se subió los pantalones, sacó su billetera del bolsillo de atrás, sacó un condón de la billetera, volvió a bajarse los pantalones, se sentó nuevamente en el water, terminó de sacarme los pantalones y me sentó sobre él. Luego de otros quince minutos me preguntó dónde trabajaba, le dije que en una boutique y volvimos a la fiesta.
A las cinco de la mañana se fueron todos. ¿Te ayudamos a ordenar? No, dejá. Esa noche dormí sin ropa. Está bueno vivir sola.

El siete de junio pedí licencia para organizar mi vida. No me le negaron porque en esa época hay poco trabajo. Las elecciones son en octubre y es ahí cuando llama más gente para pedir préstamos.
En mi primer día libre me levanté a las cuatro de la tarde y me di cuenta de que mi apartamento era una mugre. Pero no ordené. Total, nadie iba a visitarme ese día. A las cinco de la tarde sentí que tenía que teñirme el pelo. Sí, me hace falta una alegría. ¿Por qué no te teñís de rojo, Marucha? Me dije Marucha. La puta que me parió. ¿Cómo me voy a decir Marucha?
Agarré las llaves, fui a la farmacia, compré una tinta, me teñí y manché todo el baño de rosado. El pelo me quedó esponjoso, como de Barbie. Me hice rulos con papel y empecé a probarme todos mis conjuntos de ropa interior. Tenés panza. No podés seguir cogiendo sentada. Se nota que tenés rollos. La próxima vez tiráte a la posición ortodoxa. Y, ¿sabés qué? Hacélo hoy. Nunca te cogiste a dos tipos distintos en menos de un mes. Y otra cosa. Nunca saliste sola. Siempre tuviste que disfrazar el levante con una salida de amigas. Eso sí, antes masturbáte. Mirá si no enganchás nada. Aunque con estos pelos y los rulos, lo dudo.
Y fui. Y levanté. Rodrigo. 28. 1,82. Escribano. Pinta. Supongo novia pero no pregunté. A las cuatro cero ocho, afuera. Auto. Auto. Auto. Auto. Auto. Auto. Auto. Auto. Auto. Auto. Auto. Auto. A-u-to. Auto. Auto. Auto. A-u-to. ¿Estás? Sí. Auto. Auto. Auto. ¿Vamos? Auto. Dale. Auto. Auto. Auto. Auto. Auto. Auto. Au–to. Auto. ¿Teléfono? Sí, como no. Bueno. Chau.

Me levanté a las dos de la tarde. Me dolían las piernas y me sentía con demasiado olor a hombre. La cabeza me daba vueltas y sentía en la boca ese gusto a Martini que te hace pensar cómo carajo hizo el tipo con el que estuviste para no morirse del asco. Tenía el pelo duro, pegoteado no sé de qué. En el cuello, una marca y en la bombacha, un protector diario amarillento, que tiré al water a las catorce y veinticinco, al mismo water que luego comencé a destapar, trabajo que me llevó desde las catorce y veintiséis a las catorce y cuarenta y cinco. Mis ojos estaban rodeados por restos de delineador líquido y mi nariz, llena de puntos negros. La miré en el espejo y parecía más grande de lo normal. Me miré de perfil y era peor. Sonreí. Me saqué el buzo. Me miré las tetas. La izquierda más chica que la derecha. Las dos caídas. Me saqué el pantalón. Me miré el culo. Todavía parado, como cuando hacía gimnasia artística, pero con estrías. Me miré las piernas. Parecían palos de bowling. Culpa de mi tío. Las suyas son así. En bolas, fui hasta la cocina y abrí la heladera. Encontré medio litro de cerveza, uno de vino y un paquete de manteca. No tenía pan ni té ni café, salvo el que había quedado en la cafetera quién sabe desde cuando. Estaba verde. Entonces saqué la cerveza y el vino y me los llevé a la cama. Empecé a tomar. Mientras sostenía las botellas, miraba mis manos. Las uñas de mis dedos estaban comidas. Me las mordí más y escupí los pedazos en el piso. Empecé a mirar una mancha de humedad que había en el techo. Parecía un cocodrilo. Y me hizo recordar un juego que nunca faltaba en mis tardes post-escolares, cuando jugaba al cocodrilo con Mario y Esteban. Estaba bueno. Nos acostábamos los tres en el colchón que sacábamos de la cama de mi hermano y dejábamos que se deslizara por los veinticinco escalones de mi casa de Villa Española. Me acordé también de aquel día en que Mario me dijo que las nenas hacían pichí por la cola y yo le dije no, hacen por acá y le mostré. Yo tenía seis años. Y dejé pasar doce más antes de mostrarle a otro nene por donde meaban las nenas.

A las siete de la tarde supuse que estaba borracha y me sentí muy inútil. Me bañé y fui hasta el supermercado a comprar café, leche, azúcar y pan para tomar café con leche y tostadas. No pude evitar preguntarme por qué la gente dice que va a tomar café con leche cuando en realidad toma leche –en primer lugar– con café –en segundo– y azúcar o edulcorante –finalmente–. Mientras hacía la cola para pagar, me desmayé. Creo que me golpeé contra un carrito porque en mi frente apareció una marca rectilínea diagonal. Me despertaron con un jugo de naranja en tetra brick y con aire proveniente de las sucesivas sacudidas de una revista. Una vieja me dio un caramelo y me dijo que ella también sufría de la presión. Ah, sí, el estrés, la glicemia, hay que alimentarse bien, sí, sí.
Cuando llegué a casa preparé tres cafés con leche y azúcar y seis tostadas con manteca y sal. Me los llevé a la cama, para comerlos tirada, con la cabeza apoyada en dos almohadones. Le pregunté al cocodrilo si quería un poquito pero no me contestó. Me contesté yo. Me dije, poniendo voz de cocodrilo, no gracias, Marucha, no quiero, tengo terrible resaca y no me entra nada. ¿Vos cómo hacés para que te entre? Y… A mí me entran seis tostadas y mucho más. Y no me digas Marucha. ¿Estás segura? Siempre estoy segura. No te creo. No te creo. Me entra. ¿Te entra? Sí, me entra. ¿Cualquier cosa? Sí, cualquier cosa. ¿En cualquier lado? Sí, en cualquier lado. ¿Segura? Claro, cocodrilo.
El cocodrilo me dio una idea. Yo tenía ojeras y hacía tiempo que no me vestía de negro. Onda dark. Entonces me vinieron ganas de desmentir a todos aquellos que decían que en Montevideo nunca pasa nada.
Y creo que lo verifiqué. Ese día, entre las luces que parecían tan bajo el efecto del éxtasis como la gente que allí estaba, tuve una historia con dos tipos contra la pared, que terminó en la cabina de una Fiat Fiorino. Me dolió. Tuve que hacer de cuenta que no y hasta me mandé unos supuestos gritos de placer mezclados con algunas frases que había oído en la única película porno que vi en mi vida, una vez, cuando mis padres se habían ido para afuera. Ellos se rieron. La experiencia Fiorino no duró más de cinco minutos pero me sentí bien. Le tapé la boca al cocodrilo. Esa noche dormí como un angelito.

Un día, a las dos semanas, me desperté con ganas de hacer algo productivo y decidí tirar cosas inútiles a la basura. Tiré peines, ropa, sábanas quemadas, cartas de amor y platos demasiado sucios. Mientras estaba en plena faena, me llamó el doctor para saber cómo me encontraba en mi nueva casa y para avisarme que esa noche había una comida en la casa del partido.
No tenía pensado ir porque el doctor me había decepcionado y yo no pensaba seguir votándolo. Pero fui igual. No tenía otros planes.
En la fiesta, mientras sonreía hipócritamente a un par de conocidos de vista, un quinceañero me tocó el hombro y me dijo que me había visto en el boliche la noche anterior. Santiago –así se llamaba–, tampoco era votante del doctor. Había ido en representación de su padre que estaba siendo operado de apendicitis esa misma noche. Me gustó conocerlo. No hablaba demasiado y tenía el pelo lacio. Yo no me di cuenta exactamente de cómo sucedieron las cosas pero, al cabo de dos semanas, su cepillo de dientes estaba junto al mío, en el vaso que reposaba al lado de mi cama.
Una mañana, Santiago me dijo que en su casa no lo querían ver más y que tenía que buscar trabajo. Yo me reí y le dije que para qué, que no había ningún trabajo como la gente, que no podía rebajarse y pedirle un empleo al doctor y que, ¿sabés qué?, tengo pensado renunciar. ¿Y el apartamento? ¿Cómo lo vas a mantener? Yo estudio oceanografía. Me quedan dos materias. ¿Y cuándo las vas a dar? En el próximo período. ¿Y por qué no vas a la facultad? Porque las voy a dar libres. Dale, no te vayas. Esa noche, Santiago me pidió que lo acompañara hasta su casa a buscar ropa.

La vida de casada no era tan desagradable como pensaba. Con Santiago echábamos dos polvos por noche y a veces tres, nos emborrachábamos, comíamos en la cama, quemábamos sábanas y nos fumábamos dos porros por sábado. Relajo pero con orden. A veces pasábamos todo el fin de semana sin salir del cuarto, salvo para mear, sobre todo yo. Nos compenetrábamos tanto que no sentíamos olor a nada. Él no sentía los pelos de mis piernas y yo no sentía los de su barba. Una vez me asusté. Pensé que estaba embarazada. Pero no pasó nada y no volvió a pasar en ninguno de estos, no sé, creo que, siete meses.

La primera vez que discutimos fue hace dos semanas, una noche en que yo lo encontré mirando una película porno apenas llegué del supermercado. Lo primero que hice fue decirle imbécil, pajero, pendejo de mierda, solo yo vengo a meterme con un pendejo de quince años que todavía está en la edad de la paja, ¿qué te pasa?, ¿no podés calentarte conmigo?, mirá que sos idiota, guacho al pedo. Lo segundo que hice fue tirarme en un sillón, prender un cigarrillo y mirar a Santiago con aire de superioridad. Entonces, él me dijo no seas boba, vení. Yo fui pero seguí con esa cara de circunstancia. A Santiago le vino sueño y se fue a dormir. Yo le dije que no tenía sueño, que me quería quedar leyendo para el examen que tenía que dar. Y, como era presumible, me puse a mirar la película porno que él había apagado cuando yo llegué.
Nuestra segunda discusión se originó ayer porque él, en lugar de irse conmigo a Nueva Zelanda, quería regresar con sus padres. Terminó mal. Santiago se fue hoy, a las tres de la tarde. Y hoy, a las doce de la noche, todavía no volvió. Hoy, desde la hora en que se fue, hasta hace cinco minutos, pensé que era un ingrato, que lo estuve manteniendo durante meses, que no podía hacerme eso, irse así nomás, estúpidamente, sin una excusa más pertinente que un extraño a mi familia, hace tiempo que no los veo. Ahora no pienso lo mismo, pienso que el hecho de que se haya ido significa que no era para mí. También pienso que esa frase que dice si quieres a alguien, déjalo libre, si vuelve a ti es tuyo, si no vuelve es porque nunca te perteneció, es una adolescentez impropia de mi calidad de persona independiente, que no solo me cae mal porque habla de tú, sino porque su carácter simplista.
Ahora estoy en un bar y la hiperperceptibilidad me está matando. Recién sentí el ruido del arrastre de una silla como si fuera una bomba. El pelo de la flaca de la mesa de al lado, la que dice boludeces con pretensiones de ley, me encandila. El buzo del tipo callado que la acompaña me parece demasiado azul. Acabo de apagar un cigarro porque mi propio humo me molesta. Encima de todo hay niños. Y hablan. Me pregunto qué hubiera sido mejor. Si seguir con mi vida de calavera –porque, después de todo, no solo los hombres tienen derecho a ser calaveras– o si ser permisiva y adoñizarme. Pero no encuentro la respuesta. Y me siento torpe por no encontrarla y, también, por plantearme estos dilemas finiseculares que me hacen sentir del montón. Ayer fue el cumpleaños de Jimena y me olvidé de llamarla. El flaco de la mesa del costado no está mal. Pero yo sí. Y se me nota.

Mención en el Séptimo Concurso de Cuentos para Jóvenes organizado por la Filial Jai de B’nai B’rith
Publicado en A palabra limpia/7, Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 2004

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Hoy recomiendo

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May 11th, 2012 Posted 9:27 pm

http://treschicasconblog.blogspot.com.ar/

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Interviú

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May 2nd, 2012 Posted 11:03 pm

Los invito a leer la entrevista que me hicieron para Fundación Prohumana de Chile. Está aquí.

Sistema de protección de testigos

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April 6th, 2012 Posted 7:55 pm

En este apartado pienso incluir frases cuyo autor no revelaré por su propio bien pero que no por eso dejan de ser importantes.
Debuto con la frase final de esta conversación:

Yo: Leé a Suleika Ibáñez (…) Una salada.
Otro: Veremos qué encuentro (…) Usualmente la narrativa femenina no me gusta.
Yo: Rompé el prejuicio. Hay muy buenas (y ahí le enumero a unas 10, todas uruguayas).
Otro: No es que les falte talento a ellas. Es que a mí me sobra misoginia.

22 mujeres

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April 3rd, 2012 Posted 11:32 am

22 mujeresGratamente complacida por el contenido del librazo que acaba de salir: 22 mujeres, de Irrupciones Grupo Editor. Con cuentos de Jimena Antoniello, Carolina Bello, Stephanie Biscomb, Inés Bortagaray, Mariana Casares, Laura Chalar, Beatriz Dávila, Mercedes Estramil, Leticia Feippe, Vika Fleitas, Ava Gardner, Suleika Ibáñez, Vesna Kostelic, Melisa Machado, Natalia Mardero, Alicia Migdal, Helvecia Pérez, Sofi Richero, Sofía Rosa, Fernanda Trías y Valentina Vescovi. Prólogo de Alicia Torres e interesantes palabras de Gabriel Sosa.

22 mujeres, de Irrupciones Grupo Editor

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Los lobos marinos

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March 2nd, 2012 Posted 11:46 am

(Posible versión de la narración oral ideada por Horacio Bernardo y Leticia Feippe en ocasión de contarle cosas importantes para la vida a mi sobrino Franco Feippe. Perteneciente al hipertexto El niño que metió la cabeza en el water y otras historias paraanormales)

Había una vez un niño que vivía en Castillos. Como todos los niños que vivían en Castillos iba a la escuela y, cada tanto, a la playa. Le gustaba la del Cabo Polonio porque se llegaba en camiones que se movían para todos lados. Pero no siempre podía ir porque tenía que pagar. Entonces muchas veces se llevaba una caña de pescar y conseguía aventón a cambio de un sargo, por ejemplo.
Sus padres detectaron que el niño era muy bueno para la pesca. Entonces le empezaron a pedir que fuera más seguido al Cabo. Y, como a él le gustaba mucho, no tenía problemas en hacerlo.
Cierto día a los padres se les ocurrió dejar de trabajar. ¿Para qué seguir haciéndolo si su hijo les traía pescado todos los días? Con la comida alcanzaba para vivir ya que en Castillos no había en qué gastar dinero. Bueno… Había un par de bares pero ellos no tomaban vino porque se los había prohibido el doctor y la Coca Cola preferían comprarla en el super. Entonces empezaron a quedarse en su casa mirando Intrusos y programas similares mientras el niño iba por el alimento.
Una tarde de invierno, el niño se puso triste. El mar no estaba amigable. No había buena pesca. Solo pudo pescar un pez y se le cayó del camión mientras regresaba. El pescado no había tocado el suelo cuando fue robado por una gaviota medio marmota.
Cuando el niño llegó a su casa con las manos vacías, sus padres se pusieron furiosos. Ya habían preparado todo para que el niño les cocinara el pescado y el niño había vuelto sin nada. Así que lo mandaron de nuevo al Cabo con la advertencia de que si no volvía con comida habría problemas. Volvieron al sillón y siguieron mirando un programa nuevo que se llamaba Bailando por un sueldo.
El niño sabía que ese día no habría pesca. Él era muy bueno pescando y si él no había podido pescar nadie más podría hacerlo. Preocupado, empezó a caminar por la playa.
Cerca del faro, se encontró con un lobo marino muerto y se puso triste. A él le gustaban mucho los lobos marinos. Había crecido escuchándolos y hasta los sabía imitar muy bien. Hacía “auauaúa” o como sea que se escribe la onomatopeya del lobo marino.
Entonces tuvo una idea. Sacó su cuchillo de pescador y le hizo un tajo al lobo. Después otro y otro, hasta que logró extraer de él filetes que parecían lomos de pescado.
Con eso y cruzando los dedos volvió a su casa. Se esmeró mucho esa noche. Hizo una salsa muy rica para que los padres no se dieran cuenta de lo que estaban comiendo.
A los padres les encantó la cena ese día. Y le dijeron:
–¿Viste cómo podías pescar? Queremos más. Mañana traenos el doble.
Y así lo hizo. Al día siguiente, les llevó ración doble de filetes de lobo marino encallado. Y los padres todos los días le pedían más y más. Tanto que comenzaron a comer ininterrumpidamente. Todo el día.
Engordaron mucho. Solo comían y miraban Intrusos. A veces hasta grababan los programas para verlos una y otra vez. Y comían tiritas de lobo marino con la mano, como si se tratara de papas fritas.
Engordaron tanto que un día se convirtieron en lobos marinos. El niño se preocupó pero siguió alimentándolos. Eran sus padres. Él los quería.
Al llegar la primavera hubo una inundación. El agua del mar llegó hasta Castillos y mucha gente se puso contenta porque la playa los había venido a visitar. Era una playa rara, tenía veredas en lugar de arena.
Cuando el agua llegó a la casa del niño, sus padres, ya convertidos en lobos marinos, se pusieron felices de llegar al mar (antes no podían hacerlo porque estaban muy gordos, poco ágiles y muy pendientes de Intrusos).
Chapotearon un poco en el agua y de repente se sintieron mal.
–-¡La tele! –gritaban–. ¡La Tele!
Entonces el niño se subió arriba del sofá que estaba flotando en el mar y desde allí les arrojó la tele.
–¡Acá tienen la tele! –dijo llenando los pulmones de aire y resoplando.
La tele se fue flotando y los padres del niño salieron nadando detrás de ella.
El niño se fue lejos pero en sentido contrario, saltando de un mueble flotante a otro. Decidió que quería vivir en un lugar más boscoso y viajar a la playa solo de vez en cuando.

Rey del aire

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February 24th, 2012 Posted 5:02 pm

En el carnaval de Artigas hay cosas importantes para destacar. Una es que todo está cantado en portugués. Las escolas do samba desfilan con sus carrozas y las damas y los caballeros que las ornan van allá arriba, altos, altos, parados en pequeños espacios en los que danzan y cantan al ritmo del samba enredo.

Otra cosa importante que sucede y que le juega en contra a los asistentes al carnaval de Artigas y a favor a los comerciantes es que entre escola y escola pasa como una hora.

Algunos asistentes al carnaval alquilan una mesa en la que comen y beben en esos intervalos, escuchando una y otra vez el samba enredo de la última escola que pasó. Se lo aprenden de memoria y luego de varios tragos cantan y bailan alrededor de las sillas de PVC.

Una vez, un señor de Montevideo, al que nadie conocía en Artigas, se arrimó a la avenida Lecueder para ver ese carnaval tan único. No alquiló mesa porque no conocía el sistema pero pagó una entrada baratita y se arrimó a la baranda para ver el desfile.

Fue hasta un puesto, pidió una cerveza y le preguntó al vendedor a qué hora empezaba el asunto. El hombre, que era de Artigas y pronunciaba todas las eses antes de las consonantes, contestó:

-Ya empezó, hace casi una hora.

El hombre de Artigas dijo esto sin necesidad de utilizar eses antes de las consonantes (la frase no las tenía).

Le dijo al hombre de Montevideo que, si quería, podía aguantarle la cerveza en la heladera para que no se le calentara. El hombre de Montevideo aceptó y se sintió feliz por haber sido tratado tan amablemente.

Pasaron diez minutos. El hombre de Montevideo, que bebía apoyado en el mostrador, vio a lo lejos un carro alegórico que se acercaba. Era hermoso, lleno de delfines y sílfides ataviadas cual hipocampos que danzaban contoneándose. Detrás, venían niños llenos de brillantina cantando en portuñol y vestidos como africanos.

El hombre de Montevideo, totalmente asombrado y feliz, terminó su cerveza y pidió otra que le vino muy bien para hacer tiempo mientras esperaba a la siguiente escola, que llegaría una hora después.

Así pasó la noche, entre escolas y cervezas, acodado de a ratos en un mostrador de lata, arrimado a la baranda en otros momentos.

Tomó mucho. Olvidó la cuenta y algunos comentan que también olvidó pagar. Pero nadie recuerda demasiado. Nadie lo conocía y el vendedor también se había emborrachado un poco.

Dicen que la cerveza hincha. Y así fue. El hombre de Montevideo se hinchó, se hinchó y se hinchó. Se hinchó tanto que comenzó a elevarse lentamente, como si fuera un globo lleno de helio.

Sobre las cinco de la mañana, cuando ya no quedaban casi escolas por desfilar, los asistentes al desfile vieron pasar por Lecueder a un globo con forma de hombre que volaba sobre la avenida. Nunca se dieron cuenta de que se trataba de un hombre con forma de globo. En ese momento, el vendedor de cerveza, que no recordaba si el hombre había pagado la cuenta, pensó “no importa, yo pago la cuenta de este maestro (ahí sí pronunció la ese para sus adentros); es una gracia de dios y la virgen”.

El hombre globo empezó a perder un poco de aire y eso, sumado al viento que sacudía sus ropas, lo hacía sonar como si fuera un pandeiro.

Asombrada, la gente empezó a mirar al cielo y a aplaudir gozosamente a ese carro alegórico que desfilaba fuera de concurso.

Al principio pensaron que se trataba de una publicidad pero cuando vieron que el hombre no tenía ninguna marca en su ropa (la había comprado en Quaraí y no tenía logo alguno), se convencieron de que no, de que se trataba de un carro único e irrepetible. El mejor de todos. Su remera decía “Rainha do bolero”. Y la gente lo vio. Y empezó a gritar vivas y elogios para Rainha, la nueva escola sorpresa.

Al finalizar el desfile, el hombre ya había aterrizado, a pocos kilómetros, en una ruta brasilera que conducía a Livramento.

Desde allí escuchó los gritos de euforia de la multitud que aclamaba a Rainha y corrió hasta Artigas para ver de qué se trataba tal alboroto. No tenía documentos pero no importaba porque en ese tipo de fronteras nadie controla nada.

Cuando llegó, ensopado, con la camiseta de Rainha do bolero pegada al cuerpo, la multitud se abalanzó sobre él y lo llevó en andas por Lecueder. Suponían que era el dueño de la carroza voladora.

Los pobladores de Artigas rogaron a la intendenta que autorizara a Rainha do bolero a participar del concurso, pese a no estar inscripta. La intendenta, que se debía a su pueblo y que quería seguir durmiendo -la habían despertado-, aceptó. Y así fue que la escola unipersonal Rainha do bolero ganó el desfile.

Como premio, el hombre de Montevideo recibió un camión cisterna lleno de cerveza y comenzó a tomar para festejar. Henchido de felicidad e hinchado de cerveza, nuevamente comenzó a elevarse y a flotar por el aire. Se elevó mucho y el viento lo llevó lentamente en dirección a Rivera, sonando como un pandeiro y recibiendo los aplausos de la multitud.

En Rivera, otro carnaval lo esperaría. Ahora, con currículum.

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