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Del feminismo real

Un estudio recientemente publicado por la Universidad de Broadway concluyó que, desde la irrupción de la corriente que se autodenomina feminismo, las mujeres no han hecho otra cosa que volverse cada vez más machistas. La investigación toma como punto de partida la comunidad Xutí, que habitó la zona septentrional del África durante los siglos VII y VI antes de la era cristiana. Los académicos de Broadway, luego de un análisis exhaustivo de los usos y costumbres de los xutíes vieron verificada la hipótesis de que ellos fueron la única civilización verdaderamente feminista que habitó el globo. A continuación se presenta un resumen del documento publicado por la universidad, donde puede apreciarse lo acertado de la premisa planteada por el grupo de investigadores: La comunidad Xutí estaba compuesta por unas 200 personas, de las cuales el 40 por ciento eran mujeres, siendo jefas de familia todas aquellas mayores de 18 años. Un elemento digno de destaque es el paralelismo existente entre esta población y algunas localidades contemporáneas en materia de organización. Las principales actividades del pueblo sucedían en torno a una plaza, donde cada domingo era celebrada una misa a cargo de la sacerdotisa de la comarca, elegida entre las más venerables mujeres por voto popular del que no participaban los hombres. La religión xutí no hacía referencia a la sexualidad de sus adeptos pero, consuetudinariamente, se había establecido el debut sexual de los hombres en el momento del matrimonio y el de las mujeres a los 14 años. A tales efectos existía un prostíbulo, donde ocho prostitutos casados satisfacían los más sublimes y perversos deseos de las púberes. Era tal el grado de desarrollo de esta civilización que había ideado un método anticonceptivo revolucionario. Consistía en un sistema compuesto por dos aros de mimbre, forrados con escroto de cebú y unidos por el mismo material. Uno de los aros estaba cubierto por un círculo de hojas de aruera cosidas y embebidas en vinagre. Este extremo del tubo se introducía en la vagina de la hembra y funcionaba como preservativo femenino, reutilizable hasta tres veces. Los hombres prostitutos, para optimizar su trabajo, ya que les era imposible mantener una erección las ocho horas que duraba la jornada laboral -los xutíes tenían leyes sociales-, se adosaban prótesis en la cintura, confeccionadas con penes de cabra embalsamados y revestidos con epitelio pancreático de pez martillo. A los 17 años las mujeres xutíes alcanzaban la madurez suficiente para formar sus respectivas familias. Entonces recorrían la rotonda de la plaza en carros tirados por caballos y silbaban y piropeaban a los hombres que, acompañados por sus padres, juntaban florecillas, al tiempo que se ruborizaban. Era difícil para las mujeres convencer a sus potenciales suegros para que las dejaran a solas con sus hijos pero, luego de regalar quesos y ornamentos diversos, los veteranos iban cediendo hasta ser completamente persuadidos. La vida conyugal no presentaba demasiadas particularidades. Las mujeres trabajaban en los sectores primario, secundario y terciario y los hombres se dedicaban a las tareas domésticas y a la crianza de los niños. Sin embargo, existía un grave problema que las mujeres xutíes no habían resuelto, pese a todos los simposios, seminarios y mesas redondas que habían organizado para lograrlo: el embarazo. Varios habían sido los abortos espontáneos provocados por el excesivo trabajo de estas mujeres, siendo las más damnificadas aquellas que se dedicaban a la metalurgia o a la doma de potros. Esto era motivo de preocupación constante de la sacerdotisa que, como benefactora del pueblo que democráticamente la había elegido, ideó un mecanismo para paliar la situación que trancaba el crecimiento vegetativo de su etnia. Una noche, luego de haberse reunido con la comisaria y la doctora a tomar unas copas, se dirigió al prostíbulo con su preservativo deliberadamente pinchado. Eligió a un prostituto que estuviera en condiciones de copular con su miembro real y se hizo embarazar. Al mes de gestación llamó a la doctora y le pidió que extirpara el embrión y que lo injertara en el vientre de un macho resistente. La doctora consiguió un ejemplar bastante robusto y, previa anestesia con opiáceos, procedió al transplante. La intervención resultó un éxito pero el organismo del hombre no resistió los puntapiés que meses después empezó a propinarle el hijo de la sacerdotisa, lo que hizo que el ejemplar del sexo débil fuera de rodillas hasta la choza de la doctora para rogarle que extirpara el feto. La doctora, que estaba en contra del aborto, se negó y el desesperanzado hombre embarazado decidió lanzarse al río desde un barranco. Los demás hombres del pueblo, aterrados por la situación -la sacerdotisa había dictado un decreto estableciendo que, a partir de ese momento, los hombres deberían encargarse de la gestación-, imitaron al hombre embarazado y se tiraron al río donde fueron comidos por los tiburones. Las mujeres xutíes, sin machos a los que fecundar, se dispersaron por el mundo y no tuvieron más remedio que adaptarse a las sociedades que las acogieron. Quienes hoy se hacen llamar feministas descienden de estas osadas hembras pero los efectos de la globalización impidieron que conservaran la pureza de ese feminismo real del que hacían gala allá por los siglos VII y VI antes de Cristo, cuando poblaban el África septentrional.

(Publicado en A palabra limpia/5, Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 2001)

This entry was posted on Monday, November 22nd, 2010 at 3:33 pm and is filed under Cuentos. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

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