Archive for the ‘Cuentos’ Category
Hoy recomiendo
December 3rd, 2010 Posted 2:11 pm
Almudena Grandes, Modelos de mujer
Posted in Cuentos, Recomiendo
Del feminismo real
November 22nd, 2010 Posted 3:33 pm
Un estudio recientemente publicado por la Universidad de Broadway concluyó que, desde la irrupción de la corriente que se autodenomina feminismo, las mujeres no han hecho otra cosa que volverse cada vez más machistas. La investigación toma como punto de partida la comunidad Xutí, que habitó la zona septentrional del África durante los siglos VII y VI antes de la era cristiana. Los académicos de Broadway, luego de un análisis exhaustivo de los usos y costumbres de los xutíes vieron verificada la hipótesis de que ellos fueron la única civilización verdaderamente feminista que habitó el globo. A continuación se presenta un resumen del documento publicado por la universidad, donde puede apreciarse lo acertado de la premisa planteada por el grupo de investigadores: La comunidad Xutí estaba compuesta por unas 200 personas, de las cuales el 40 por ciento eran mujeres, siendo jefas de familia todas aquellas mayores de 18 años. Un elemento digno de destaque es el paralelismo existente entre esta población y algunas localidades contemporáneas en materia de organización. Las principales actividades del pueblo sucedían en torno a una plaza, donde cada domingo era celebrada una misa a cargo de la sacerdotisa de la comarca, elegida entre las más venerables mujeres por voto popular del que no participaban los hombres. La religión xutí no hacía referencia a la sexualidad de sus adeptos pero, consuetudinariamente, se había establecido el debut sexual de los hombres en el momento del matrimonio y el de las mujeres a los 14 años. A tales efectos existía un prostíbulo, donde ocho prostitutos casados satisfacían los más sublimes y perversos deseos de las púberes. Era tal el grado de desarrollo de esta civilización que había ideado un método anticonceptivo revolucionario. Consistía en un sistema compuesto por dos aros de mimbre, forrados con escroto de cebú y unidos por el mismo material. Uno de los aros estaba cubierto por un círculo de hojas de aruera cosidas y embebidas en vinagre. Este extremo del tubo se introducía en la vagina de la hembra y funcionaba como preservativo femenino, reutilizable hasta tres veces. Los hombres prostitutos, para optimizar su trabajo, ya que les era imposible mantener una erección las ocho horas que duraba la jornada laboral -los xutíes tenían leyes sociales-, se adosaban prótesis en la cintura, confeccionadas con penes de cabra embalsamados y revestidos con epitelio pancreático de pez martillo. A los 17 años las mujeres xutíes alcanzaban la madurez suficiente para formar sus respectivas familias. Entonces recorrían la rotonda de la plaza en carros tirados por caballos y silbaban y piropeaban a los hombres que, acompañados por sus padres, juntaban florecillas, al tiempo que se ruborizaban. Era difícil para las mujeres convencer a sus potenciales suegros para que las dejaran a solas con sus hijos pero, luego de regalar quesos y ornamentos diversos, los veteranos iban cediendo hasta ser completamente persuadidos. La vida conyugal no presentaba demasiadas particularidades. Las mujeres trabajaban en los sectores primario, secundario y terciario y los hombres se dedicaban a las tareas domésticas y a la crianza de los niños. Sin embargo, existía un grave problema que las mujeres xutíes no habían resuelto, pese a todos los simposios, seminarios y mesas redondas que habían organizado para lograrlo: el embarazo. Varios habían sido los abortos espontáneos provocados por el excesivo trabajo de estas mujeres, siendo las más damnificadas aquellas que se dedicaban a la metalurgia o a la doma de potros. Esto era motivo de preocupación constante de la sacerdotisa que, como benefactora del pueblo que democráticamente la había elegido, ideó un mecanismo para paliar la situación que trancaba el crecimiento vegetativo de su etnia. Una noche, luego de haberse reunido con la comisaria y la doctora a tomar unas copas, se dirigió al prostíbulo con su preservativo deliberadamente pinchado. Eligió a un prostituto que estuviera en condiciones de copular con su miembro real y se hizo embarazar. Al mes de gestación llamó a la doctora y le pidió que extirpara el embrión y que lo injertara en el vientre de un macho resistente. La doctora consiguió un ejemplar bastante robusto y, previa anestesia con opiáceos, procedió al transplante. La intervención resultó un éxito pero el organismo del hombre no resistió los puntapiés que meses después empezó a propinarle el hijo de la sacerdotisa, lo que hizo que el ejemplar del sexo débil fuera de rodillas hasta la choza de la doctora para rogarle que extirpara el feto. La doctora, que estaba en contra del aborto, se negó y el desesperanzado hombre embarazado decidió lanzarse al río desde un barranco. Los demás hombres del pueblo, aterrados por la situación -la sacerdotisa había dictado un decreto estableciendo que, a partir de ese momento, los hombres deberían encargarse de la gestación-, imitaron al hombre embarazado y se tiraron al río donde fueron comidos por los tiburones. Las mujeres xutíes, sin machos a los que fecundar, se dispersaron por el mundo y no tuvieron más remedio que adaptarse a las sociedades que las acogieron. Quienes hoy se hacen llamar feministas descienden de estas osadas hembras pero los efectos de la globalización impidieron que conservaran la pureza de ese feminismo real del que hacían gala allá por los siglos VII y VI antes de Cristo, cuando poblaban el África septentrional.
(Publicado en A palabra limpia/5, Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 2001)
Posted in Cuentos
Quisiera ser más puta
December 29th, 2009 Posted 12:47 am
La cama estaba destendida y casi amagué a tenderla. Después me dije “para qué” y me le senté arriba. Eran las diez de la noche y nadie iba a visitarme a esa hora.
Me paré. Caminé hasta mi escritorio y agarré el control remoto del equipo que me había comprado con mi primer sueldo. Volví a la cama y apreté power. El equipo no se prendió. Me paré. Caminé hasta mi escritorio y prendí, sin usar el control, el equipo que me había comprado con mi primer sueldo. Volví a la cama y me acosté boca abajo. El síndrome de sábado en casa había empezado.
No quise llamar a nadie. Mis amigas seguramente saldrían con sus novios y mis cuasinovios con sus otras amigas. El teléfono sonó tres veces. Todas las llamadas eran para mi hermano que no estaba. Empecé a contarme cuáles eran los beneficios de la soltería y me sentí contenta conmigo misma.
Número uno: no tenés que ponerte lo que a él le gusta.
Número dos: no tenés que explicarle quién es el que te llamó por teléfono mientras estabas comiendo tallarines con él.
Número tres: no tenés que hacerle regalos caros que después no usa en su cumpleaños.
Número cuatro: no tenés que comer chicles para que no le dé asco besarte mientras fumás.
Número cinco: podés aguantar un mes y medio sin depilarte que nadie se va a quejar.
Todo eso me llevó a decidir que si llamaba cualquiera de esos que conocés un sábado, te llaman el miércoles y vuelven a llamarte el sábado para “ir a tomar algo”, le diría “no, hoy no puedo”.
Rodé hacia un costado de la cama y dejé que mis pies cayeran al piso. Fui hasta la cocina. Puse un pedazo de torta de atún arriba de una servilleta de papel y lo metí en el microondas.
Cuando el teléfono sonó de nuevo, tragué la torta que tenía en la boca y atendí. Preguntaron por mí y dije “soy yo”. No me gusta referirme a mí en tercera persona diciendo “ella habla”. Es obvio que “ella habla”, si no nadie la llamaría por teléfono.
Cuando dijo quién era supe que a veces sí vale la pena que te llamen.
“¿Qué hacés?”, le dije a ese amigo español que había visto por última vez dos años atrás.
Nuestra conversación estuvo llena de “qué sorpresa”, “no puedo creer que estés en Montevideo” y “tenemos que vernos”.
Mi amigo tocaba el acordeón en un grupo. Lo habían contratado en Buenos Aires y había cruzado para descansar un fin de semana.
Me dijo que había intentado comunicarse durante toda la tarde y que siempre había estado ocupado. Le dije que mi hermano era de terror, que no-te-imaginás-la-cuenta-que-nos-viene-por-culpa-suya. No le dije que yo había pasado seis horas conectada a Internet.
Luego de bañarme no me sequé el pelo. Estaba apuradísima por salir. Busqué mis pinturas y revoqué un poco mi cara hasta entonces aburrida. El lápiz de labios que más me gustaba estaba derretido y tuve que ponérmelo con los dedos.
Tomé un taxi hasta el hotel. El taxista me dijo “lindo perfume” y se rió. Entonces me entró la duda de si no había exagerado un poco cuando me lo puse y abrí las ventanas para ventilarme.
Él estaba en el hall. Impecable, con el pelo mojado igual que yo pero con gel. Seis tipos lo acompañaban. Me los presentó. Sonreí. Tomé las manos de mi amigo y volví a repetir el “qué sorpresa” y el “no lo puedo creer”. Ahí me acordé que tenía amigas que nunca salían pero que seguramente aceptarían conocer extranjeros. Las llamé. Vinieron enseguida y luego de las presentaciones pertinentes salimos a bailar.
Mi amigo bailaba bien. Mis amigas bailaban con sus amigos. Tres desaparecieron. Mis amigas desaparecieron con los otros tres. Él no me dijo que era linda ni que le caía bien. Bailó conmigo y quedamos muy cerca como para que un beso fuera lo más obvio. Me lo dio o se lo di yo. Era lo de menos. Salimos a la terraza y empezamos a conversar. Entonces me enteré cuál era su edad, qué hacían sus padres, qué hacía cuando no tocaba el acordeón, qué auto tenía y cuánto tiempo le había durado la varicela.
Como yo tenía frío él me prestó su jersey que para mí era un buzo. Estaba contenta porque como éramos amigos no iba a decirme “vamos a un lugar más tranquilo”. ¡Cómo odiaba esa frase! Como éramos amigos, no iba a hacerme ningún verso para llevarme a un telo. Todo se daría solo, como debe ser.
A la media hora ya no sentía el frío. Tampoco el de sus manos por debajo del buzo que me había prestado. Ni el de esas mismas manos debajo de mi camisa.
Hubiera querido estar en otro país para no tener vergüenza, para estar preparada para acostarme con él. En otro país seguramente hubiera salido pensando cómo terminaría. Pero estaba en Uruguay, la salida había sido inesperada, hacía un mes y medio que no me depilaba y el gallego se me iba al otro día. Pensé llevarlo a mi casa. Mientras él esperaba en el comedor tomando algo, yo podría usar la afeitadora de mi padre y abrir la canilla para que él no sintiera el ruido de las hojas pasando por mis piernas. Pero no me animé. En casa solo había agua de la canilla y jugo Tang, mi cama estaba destendida, el microondas abierto y la servilleta con medio pedazo de torta de atún, en la mesita del teléfono. Ni siquiera me había puesto la bombacha del mismo color que el sutién.
Mi amigo subió sus manos por mi espalda y yo junté los brazos para que no notara que no me había afeitado las axilas y que cada pelo de varios días estaba lleno de desodorante en crema. Al notar la resistencia me miró comprensivo y me preguntó si estaba molesta. Le dije que no con mi mejor sonrisa. Entonces él me dijo “vamos a buscar a los demás”. Tuve que decir que sí. Como no los encontramos, nos fuimos. En la parada del ómnibus interdepartamental hubo pocos besos pero largos. Las manos estuvieron tomadas todo el tiempo. Supuse que él estaría cuidándose de no hacerme nada que yo no quisiera. ¡Pero yo quería! Simplemente, no podía. Mi protector diario estaba arrugado y mojado. Lo sentí cuando me paré.
Al revés que todas las veces que salía con alguien, fui yo quien lo acompañó hasta su hotel. Hicimos tiempo en el hall porque en su habitación estaba quién sabe cuál de sus amigos con quién sabe cuál de mis amigas. Cuando bajaron nos reímos los cuatro y conversamos media hora. Eran las ocho. Ellos se iban a las diez y todavía tenían que aprontar los bolsos. Le devolví el buzo. Venía bárbaro para tapar su camisa manchada con rouge indeleble de Lancôme y con base de librito de Avón. La gente del hotel nos miraba y se reía de vernos más ojerosos y despeinados que cuando salimos. A mí no me causaba ninguna gracia.
Mi amigo me acompañó a la parada. Como era de día no valía la pena gastar en un taxi. Dejé pasar dos ómnibus por besarlo. Hasta me animé a besarle la oreja, cosa que no me gustaba hacer en la primera cita. Mi amiga apareció con su amigo y me dijo “mirá, ahí viene tu ómnibus”. Volví a besar a mi amigo. No me gustó decir “chau”, “cuidáte”, “te escribo”. Desde el asiento lo saludé con la mano.
Fueron 15 minutos de recorrido hasta que bajé. A dos cuadras de mi casa. Mientras buscaba la llave me di cuenta que había dejado las luces prendidas. Mi hermano todavía no había llegado. Entré al baño. Sentada en el water me saqué los lentes de contacto, la pintura que me quedaba y el protector diario arrugado, todavía húmedo. El papel higiénico también se humedeció. Para dormir me puse una remera y me saqué el sutién. La radio seguía encendida, así que me acerqué y apreté el “sleep” del control remoto. Una vez en la cama, cerré los ojos. Pero demoré mucho en dormirme.
Mención en el Cuarto Concurso de Cuentos para Jóvenes organizado por la Filial Jai de B’nai B’rith
Publicado en A palabra limpia/4, Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 2000.
Posted in Cuentos
Problemática
November 16th, 2009 Posted 1:40 am
Una vez mi psicóloga me dijo que ser una persona tímida no era lo mismo que ser una persona vergonzosa, que una de las dos llevaba implícita una especie de violencia contenida o algo así. Creo que usó la palabra agresividad (ahora que lo pienso, suena más a palabra técnica) pero no estoy muy segura.
No recuerdo cuál de las dos (la timidez o la vergüenza) era la problemática y tampoco recuerdo si era exactamente violencia o agresividad lo que la caracterizaba. Sé que le dije algo así como “quiero hacer tal cosa pero no me animo porque soy tímida (o porque me da vergüenza)”. Entonces, ella respondió: “la timidez y la vergüenza no son lo mismo; la timidez (o la vergüenza) supone una forma de agresividad (o algo similar) que la vergüenza (o la timidez) no necesariamente (creo que dijo algo así) tiene”.
Esa charla la tuve hace más o menos un año, un día en que yo le estaba contando que había escrito un cuento sobre una persona a la que le copaban la casa y la dejaban atada a una silla. Tras el copamiento, esa persona, pasaba horas intentando soltarse. Recuerdo que lograba encender su computadora con el codo pero no podía siquiera mandar un mail porque tenía las manos atadas detrás de su espalda y su nariz no era muy ducha en eso de escribir. Hoy creo, sinceramente, que ese personaje debería haber escrito con los pies. Pero, bueno, no lo hizo. Lo único que logró, en su afán por liberarse, fue que se rompiera parte de la silla y que se le escapara una teta de la camiseta. Unas seis horas después del copamiento (supongo que serían como las cinco de la mañana) esta pobre persona se encontraba apenas levantada del piso, despeinada, habiéndose podido acercar a la puerta y con la posibilidad de salir -los copadores habían cerrado sin llave- pero muy temerosa. No quería que los vecinos del edificio le vieran la teta colgando. Le daba vergüenza.
Relacioné el incidente de ese cuento y las palabras de mi psicóloga con cierta vergüenza o timidez que me ha estado persiguiendo. Hace dos meses empecé a trabajar en secretaría de un club deportivo y aun no logro entablar demasiada conversación con mis compañeros. Solo hablo con Gonzalo, mi compañero de tareas.
Me siento muy extraña porque siempre fui una persona muy sociable. Sin embargo, como el primer día me presentaron a tanta gente y olvidé los nombres de algunos y las caras de otros, saludar se ha vuelto para mí una tarea dificilísima. Lo peor es que a veces me muero de ganas de ganas de charlar con ellos.
Empecé a notar esta dificultad un mediodía en los vestuarios. Como a los administrativos del club nos dejan usar las duchas, yo suelo aprovechar ese momento para bañarme. Ese día, a esa hora, el vestuario estaba casi vacío. Cuando entré, solo estaban allí un grupo de escolares a punto de retirarse y un grupo de profesoras que charlaban acerca del marido de una de ellas y el nuevo trabajo que había conseguido como guardavidas. Estaban muy compenetradas en la charla y supuse que no me vieron al entrar. Así que me instalé silenciosamente y empecé a desarmar mi bolso sin saludar. Fui a la ducha, me bañé y volví. Ellas seguían charlando mientras se vestían.
Luego de diez minutos, una de las profesoras me miró. Durante unos segundos sostuvimos nuestras miradas. Pero no la saludé. Me daba muchísima vergüenza hacerlo después de haber estado diez minutos ahí, escuchando una charla que nadie me había invitado a escuchar. Las profesoras siguieron hablando. Hablaron de precios de mochilas y de lo que iban a cenar esa noche. Una le pidió un disco prestado a la otra.
Desde ese día, las caras de esas dos profesoras quedaron grabadísimas en mi retina. Pero ya no podía saludarlas. Me daba mucha vergüenza. Entonces opté por ir al vestuario antes o después que ellas y de esa forma evitar situaciones tan incómodas.
Ayer Gonzalo me dijo:
-Hoy te defendí. Escuché a Viviana, la de aeróbica, diciendo que eras antipática y le dije que nada que ver.
-Gracias -contesté.
Quedé apenada. Porque en realidad yo hubiera querido saludar a Viviana y a la otra profesora aquel día pero por no meterme en su charla no lo hice. Y ahora quedo como una antipática. Si supieran que fue todo por no distraerlas de su charla. Yo me pregunto: ¿por qué no considera la posibilidad de que yo sea una persona tímida o vergonzosa? Lo peor es que ahora no puedo explicar nada. Es injusto. Estas profesoras tampoco me saludan cuando marcan tarjeta y salen corriendo. Y yo no digo nada. Ellas solo son amables cuando llaman por teléfono para avisar que llegan tarde. Y yo no digo nada.
Tendría que explicarles qué pasó pero, como no sé si exactamente es timidez o vergüenza lo que me impidió actuar, no me animo, no quiero decir que me pasó algo que no es lo que me pasó. Podría llamar a mi terapeuta y preguntarle pero me da un poco de vergüenza. Soy una persona tímida.
Posted in Cuentos
Daos una vuelta por
November 16th, 2009 Posted 12:49 am
http://www.elderechodigital.com.uy/cultural/cuento25.html
Cuento muy interesante escrito por una amiga colega
Posted in Cuentos
Asuntos triviales
November 9th, 2009 Posted 4:39 am
Ramiro hizo una mueca con los labios. Nos miró y dio vuelta la tarjeta que acababa de leer mentalmente. Parecía querer confirmar que ya sabía la respuesta.
–¿Qué indumentaria usaban los antiguos atenienses cuando iban a la guerra? –dijo, con voz de sabiduría.
Nadie parecía saberlo y los que no tenían que contestar abrían los ojos bien grandes, como si eso acelerara algún proceso.
Andrea y yo nos miramos. No teníamos mucha idea pero nuestra formación promedio nos permitía aventurar una respuesta. Hasta ese momento habíamos utilizado el método del sentido común y nos había dado resultado.
–¿Iban desnudos? –la consulté. Si pienso en películas tipo 300, me imagino un montón de tipos musculosos desnudos. Aunque eran espartanos… No sé. Tampoco me acuerdo de haberlos visto desnudos pero creo que sí. Yo qué sé…
Andrea me miró con sus ojos casi negros, pequeños y brillosos. Parecía no tener pupilas.
–Yo diría que llevaban una armadura –dijo. Desnudos es como muy poco para la guerra.
La miré. Me convencí de que parecía no tener pupilas.
Dudé antes de comentarle algo. Estaba casi segura de que iban desnudos. No podía sacar de mi cabeza una película que había ido a ver un domingo a las tres de la tarde, una película que nada tenía que ver con mi estilo pero que vi solo por acompañar a un amigo. Recordé la ropa y el pelo de la mujer del protagonista. Y pensé que “una armadura” no sonaba a respuesta de Trivial.
Pero ese día andaba con ganas de ceder. Coincidía con que había empezado una terapia porque me había cansado de hacer las cosas siempre bien o “políticamentecorrectamente”. Así que dije, siguiendo el pensamiento de Andrea, que llevaban una armadura.
Ramiro abrió los ojos y me miró sacudiendo la cabeza.
–Iban desnudos.
Andrea me miró como pidiendo disculpas con sus ojos negros –que en ese momento definí como apupilados– y yo le sonreí. Estaba todo bien. La armadura no me importaba en lo más mínimo.
Jugábamos al Trivial desde hacía media hora. Andrea y yo íbamos ganando por poco. Estábamos en un justo nivel de entusiasmo. Sin euforia ni aburrimiento. En una postura más cercana a la del aprendizaje de cosas nuevas que a la del juego competitivo. Afuera el viento golpeaba contra la ventana y se sentía el ruido que hacían las palmeras doblándose en la rambla. No había ruido a gente. Cada tanto aparecía alguna gota y se daba contra el vidrio. Adentro no hacía nada de frío, el cenicero empezaba a poblarse y la primera botella de syrah iba por la mitad.
Lo del syrah había sido idea mía. En materia de vinos, mis amigos me dejan elegir, siempre y cuando no los haga gastar más de 120 pesos por botella. Ese día había comprado uno de 200. La diferencia la había puesto yo por respeto a la postura de mis amigos.
–Qué rico vino –comentó Andrea.
–La verdad que sí –dije. Lo conocí hace un par de años.
–Sabés de vinos –dijo Andrea sonriendo. A mí no me sacás del tinto, el rosado y el blanco.
–Tampoco sé tanto, tanto.
Le expliqué que sabía un poco más que lo que sabe cualquier hijo de vecino y algo menos de lo que saben los sommeliers y que había elegido ese porque no era el más común, porque me gustaba presentarlo en sociedad y porque era suavecito-como-para-no-dormirse-y-decir-cualquier –incoherencia-ante-preguntas-triviales-como-la-de-la-ropa-de-los-atenienses-en-la-guerra”.
Reímos. Ella, un rato más que yo. Sus ojos sin pupilas estaban cerrados y uno de ellos lagrimeó mientras reía. Lo secó con sus dedos. Vi su imagen moverse en cámara lenta. Registré el movimiento de sus rulos y vi sus dientes perfectos. Me habló de algo y le contesté.
La ronda siguió mientras charlábamos. Me di cuenta de que hablábamos solas cuando Lucía, la novia de Ramiro, nos llamó la atención diciendo “hey, conversadoras, tiren el dado”. Le pasé el dado a Andrea. Quería ver su suerte. Nos fue bien. Otro turno para nosotras.
Era una noche ideal para quedarse en casa o ir a la casa de alguien. Adentro y con gente. Una noche lejos de La Noche.
En el siguiente turno fui yo quien tomó el dado. Mientras lo sacudía entre mis manos, recordé que, cuando tenía veintipocos, un novio me había dicho “si llegamos juntos a los 30, tenemos que tener juegos de caja porque las parejas lindas juegan”. No llegamos a los 30 juntos pero un día, aun estando con él, vi juegos en el supermercado y los compré. Ese mismo año nos separamos porque él hizo trampa en un partido y yo no pude tolerarlo –o, al menos, eso creí–. En la separación de bienes me tocaron esos mismos juegos que luego usaría en la casa de Ana y Andrea, el mismo día en que las conocería.
Todavía con el dado entre mis manos, volví a mirar a Andrea. Me sorprendió la variedad de los colores de su pelo.
Lucía se metió sin permiso en mi mundo una vez más.
–¡Tirá, dale!
Tiré. Andrea y yo perdimos ese turno por no recordar al no sé cuánto de Hita. “Algo de Hita”, decía yo, recordando un libro que tenía en casa, en el estante de los que no leo nunca y que rescaté de la casa de mis viejos antes de que se mudaran al campo. “El no sé cuánto de Hita, algo de Hita”, repetía yo. Recordaba que era un cargo o algo medio nobiliario. Pero nunca me salió. Andrea, que sabía mucho de química y genética pero nada de la existencia de la palabra arcipreste, se lamentó por no poder ayudarme.
Ana y Andrea vivían juntas desde hacía tres meses. Ana era amiga de Ramiro. Ramiro había ido con Lucía. Ramiro y yo habíamos estudiado juntos. A los cinco nos gustaban el Trivial y el vino. A mí no me molestaba, por primera vez, ser la que había ido sin pareja. Me gustó que me hubiera tocado jugar con Andrea cuando sorteamos los equipos. Me sentía cómoda. Me puse a pensar en el concepto de comodidad y me imaginé durmiendo en un globo enorme.
Andrea y yo ganamos el primer partido cuando ella respondió quién había ganado el Óscar a la mejor película extranjera en el 96. Pensé nuevamente en la comodidad y la definí ahora como la capacidad de disfrutar de lo simple. La noche era fantástica en la casa de estas dos mujeres. Quería quedarme allí para siempre. Imaginé esa casa como el globo gigante de mi concepto de comodidad.
Junto con el partido, se acabó el syrah y propuse ir hasta mi casa a buscar otra botella. Vivía cerca y me animé a conducir con dos copas de vino en mi haber. Andrea y Ramiro se ofrecieron para acompañarme y nadie puso objeciones.
Como alguien tenía que viajar adelante para que yo no pareciera la chofer de un taxi, Ramiro dijo, “ladies first, sin ofender a las feministas como Paula” y Andrea se sentó conmigo. No tuve que recordarle que se pusiera el cinturón ni cómo colocárselo. Se dio cuenta sola. Y me sorprendió, no porque ponerse un cinturón fuese una tarea difícil sino porque el cinturón de mi auto estaba roto y todo el mundo se equivocaba al colocárselo. Todos los acompañantes solían ajustarlo en el broche del chofer y no en el otro que también existía pero no se veía bien porque estaba torcido. La felicité por lo bien que le había salido.
Cuando llegamos a mi edificio, Andrea se detuvo a mirar el portero eléctrico. Lo tocó y lo imaginé frío contra sus dedos. Preguntó por qué mi timbre no decía “Paula”. Le dije que para mantener el misterio sobre mi identidad y reímos a trío. Ramiro me dijo “paranoica”. Andrea me preguntó en qué trabajaba y le dije que era abogada.
De las tres botellas que tenía, elegí dos: un tannat merlot para darle fuerza al mítin y un sauvignon gris para no quedarme sin tintos en casa. Andrea me preguntó si no me daba cosa deshacerme de ellas. Le contesté que para nada, que el vino no era algo para tomar sola. Pensé que casi siempre lo tomaba sola. Pero no dije nada.
Cuando llegamos nuevamente a la casa de Ana y Andrea, el ambiente era otro. Se notaba que el juego había terminado. El lugar ya no se parecía a mi globo gigante y cómodo. La mesa tenía copas vacías, restos de comida y servilletas usadas. El Trivial reposaba aburrido. Lucía y Ana conversaban en la cocina sobre trivialidades.
–An, ¿no viste el imán con el teléfono del delivery de empanadas? –gritó Ana, apenas entramos.
Me llamó la atención que Ana llamara An a Andrea. Después supe que las dos se llamaban cariñosamente de esa forma. Recordé a mi novio Paulo de la secundaria y recordé cómo escribíamos “Paul (a+o) = Tqm x 2” en los pizarrones.
El sauvignon gris lo tomamos jugando otro partido de Trivial que volvimos a ganar Andrea y yo. El tannat merlot lo tomamos sin jugar a nada, sentados. Ana, Andrea y yo en el sillón. Ramiro y Lucía en el piso.
–Debe ser lindo saber de vinos –dijo Andrea, sosteniendo la copa, colocándola entre su ojo sin pupila y la luz e intentando ver a través del líquido oscuro.
–A mí me encantaría saber más –comenté. Pero me parece muy aburrido visitar bodegas.
–Pero sabés bastante.
Probó el vino. Lo imaginé dulce y frío contra sus labios.
–Algo sé. Y también visité alguna bodega alguna vez. Pero es aburrido. Es más lindo tomarlo así, como ahora.
Lucía bostezó.
–Debe estar bueno plantar algo y ver cómo se convierte en esto –dijo Andrea mirando nuevamente la copa.
–Sí.
Recosté mi cabeza contra el respaldo del sillón, algo de costado.
Andrea empezó a contar que una vez había ido de vacaciones a la quinta de su abuela y que había visto cómo recogían las uvas. Dijo que las recordaba amarillas. La imaginé niña, con las manos llenas de tierra, el pelo moviéndose y ella jugando y robando uvas. Mientras contaba con lujo de detalles el placer que sentía en aquella época, yo la miraba desde mi rincón del sillón y sonreía.
Ramiro y Lucía empezaban a quedarse dormidos, abrazados, en un puf. Ana se dejó caer y apoyó apenas su cabeza en el hombro de Andrea, que estaba sentada en el medio y seguía hablándonos de sus vacaciones en la quinta.
En una mesa había una computadora portable y, desde hacía un buen rato, sonaba “Caminando por la calle yo te vi”. Recordé la palabra “loop” que usan tanto algunas personas y que tanto rechazo me provocaba cuando la escuchaba pronunciada por hispanoparlantes. Recordé mis conflictos con el spanglish.
La forma en que Andrea miraba la copa y la forma en que Ana miraba a Andrea eran envidiables. Por un segundo me enamoré de eso que se percibía en el aire. Quise ser Andrea y ser Ana también.
Lucía despertó cuando Andrea estaba contando cómo su abuela amasaba barro y bosta para hacer la pared de un galpón. Mientras lo contaba, yo estaba ahí, con ella, también amasando barro, mojándome las manos, tocando las suyas bajo la tierra mojada, sintiendo el sol cerca.
Lucía despertó a Ramiro.
–¡Terrible loop, sigue sonando Chambao!
Ramiro abrió un ojo y medio. Odié a Lucía profundamente.
–¿Vamos? –dijo Lucía.
Yo la odié más aun. Me vinieron ganas de que no hubiera venido.
Se levantaron del suelo. Ana fue hasta la computadora y cambió la música.
En el sillón quedé sola con Andrea y con la historia interrumpida. Imaginé que éramos niñas, que nos llamaban a merendar y que me tenía que lavar las manos para sacarles el barro. Imaginé que no nos veríamos más porque las vacaciones se acababan, porque me llamaba mi madre, porque Andrea se iría esa noche, porque los correos electrónicos no existían.
Lucía y Ramiro saludaron. Aunque no quería y sin tener claro por qué, dije “los arrimo” y salí con ellos, con la música todavía loopeada en mi cabeza. Después de dejar a Ramiro y Lucía, detuve el auto en una esquina. Toqué mis manos y las pensé con barro. Pensé en Andrea sintiendo lo mismo que yo. Pensé también que Ana me caía bien. Imaginé que Andrea también se había sentido amasando barro conmigo. Durante esos segundos, el auto fue mi globo.
1er, premio del concurso Tirame letra, organizado por Colectivo 19 y Liliana, con el auspicio del Ministerio de Educación y Cultura (Uruguay) y el apoyo de la Intendencia Municipal de Montevideo y el Instituto Nacional de las Mujeres (Uruguay).
Posted in Cuentos
Todos hacen trampa
November 9th, 2009 Posted 4:24 am
Estoy enojada. Mi hermana tiene 20, mi hermano 14 y yo 11. A mi hermano lo dejan ir a bailar y a mí no. Mi hermano hace trampa. Les dice que va a la matiné y se va a los bailes de grandes, les dice que no fuma pero yo sé que sí. Mis padres le creen a él, por eso yo no digo nada. Me quedo en casa mirando la tele.
Mi hermana es grande. Eso no me gusta. Tiene novios grandes que andan en auto. Yo no tengo novios.
Cuando mi hermana sale, los sábados, se parece a las que hacen promociones en la tele, me hace acordar a una tetona que hacía la promoción del Alto Avellaneda en Video Match. Yo tengo buena memoria y miro Video Match desde hace como cuatro años. Mi hermana se pone esos pantalones ajustados que usan las promotoras y se queja porque le marcan la panza. Entonces se los baja un poco, se parte la panza al medio y le pregunta a las amigas si así le queda mejor.
Mi madre no me deja vestirme así. Me hace ponerme las ropas de mi hermana cuando era chica. A mí no me gusta. En esa época se usaban los pantalones oxford y unos buzos con las costuras para afuera. Me visto siempre igual. Pero a mí me gustaría más tener pantalones como los que usa mi amiga Camila, que están más buenos. Camila es parecida a Natalia Oreiro pero más chica.
Son las diez. Mis padres quieren que me duerma, pero yo no quiero porque quiero mirar la tele. Hago durar la comida. Estoy comiendo churrasco. Lo corto bien chiquito para demorar más y poder mirar Video Match. Me gustan los Jaimitos porque dicen chistes de relajo. También hablan de política pero yo de eso no entiendo nada. No entiendo la de acá, mirá si voy a entender la de Argentina. Además, los políticos de Argentina son todos ladrones.
Mi padre me manda al cuarto porque dice que quiere ver un video. Yo le digo que quiero mirar Video Match, un ratito nomás, pero él me dice que quiere mirar un video y me manda al cuarto.
Mi hermano entra corriendo y dice “Pá, dame doscientos pesos”. Siempre hace lo mismo. Mi hermano le dice que son para la entrada y el taxi. Mi hermano le dice eso pero yo sé que va en ómnibus y que con lo que le sobra se compra cigarros.
En el cuarto tengo una tele blanco y negro, de esas que vienen metidas en una radio prismática. En la escuela me enseñaron que el volumen del prisma es área de base por altura. El volumen de la tele es más chico que el de la radio. Se ve todo como si me pusiera unos prismáticos al revés. El volumen de sonido lo tengo que poner bajo. Pero igual voy a mirar Video Match. Cuando era chica me gustaba Riquelme. Era gordo y tenía cara de choclo, pero me gustaba. Lo que no me gustaba era cuando mis compañeros de clase jorobaban todo el día con el “¿quién?” o mejor dicho “¿guién?” Le hacían burla y me daba bronca. Riquelme es uno solo. Pero nadie se acuerda de él. El otro día dije “¿guién?” y nadie se rió.
Mi padre prende la tele del comedor que es de 20 pulgadas. Pone el video. Yo pensaba que era alguna película de esas que no pueden mirar los menores. Pero no. Es un video de Sánchez Padilla. Ahora que me acuerdo, el lunes pasado no lo miró porque llegó a casa tarde. Yo ya me había dormido. Debe haberle pedido a alguien que se lo grabara.
Empieza Video Match. Hacen trampas, pero me gusta porque yo me doy cuenta. Ponen a Babe, el cerdito valiente, diciendo con voz finita “¿vos sos el pavito de la enana? ¿Qué te parece si vamos a ver al Cuervo?”
Yo me doy cuenta de todo. Más bien. Los chanchos no hablan. Eso es obvio. Tan boba no soy y tan chica tampoco.
Me traje el churrasco al cuarto. Estoy sentada en la cama y tengo el plato en la falda. No me gusta la palabra falda. Me suena a pollera de vieja. A mí me gustan las minis, como las que usa Mariana Arias, pero ella no me gusta. Las modelos son lindas pero son idiotas.
Marcelo se come un pancho y se le sale la mostaza de la boca. Me río. Se me cae el vaso de Coca. A veces mi padre compra Coca por si viene alguien. Mancho la sábana. Sánchez Padilla grita.
“¡Carolina! ¿Qué hiciste?”
Esto no lo grita Sánchez Padilla, lo grita mi madre.
“Nada”, le digo, “se me cayó el vaso, ya lo levanto”.
Estoy enojada. Le digo que ya lo levanto y me sigue gritando. Los padres son así. Si yo fuera grande no me gritarían. Me iría a los bailes y no estaría en casa para tirar vasos.
Sánchez Padilla no tiene reclames porque es un video. Video Match, sí. Pasan uno del tabaquismo. El lunes que viene nos van a pasar un video sobre el tabaquismo en la escuela y tenemos que escribir una redacción. Mi padre fuma Coronado. Cuando yo sea más grande voy a fumar Fiesta que son mejores. Pasan el reclame de Gran Hermano. Yo no lo miro siempre, solo a veces. En Gran Hermano se dan besos y hablan de relaciones sexuales. Mi hermana le da besos a los novios pero no sé si tiene relaciones sexuales. Yo nunca le di un beso a un varón. Pero si uno de los de Gran Hermano me pide, le digo que sí porque están buenísimos. Ahora estoy sentada en el piso. Me senté en el piso para ver más de cerca. Vienen los Jaimitos y dicen malas palabras por la mitad. Pero no puedo escuchar bien. Sánchez Padilla grita mucho. Parece un programa para sordos. Mi padre no es sordo pero lo mira igual. Le encanta. No sé por qué. Él dice que es uno de los ocho. Sánchez Padilla es feo, es viejo y cuando mi padre lo mira, los lunes, me tengo que bancar los reclames de “Grappamiel Vesubio” que los hace otro viejo más decrépito que Sánchez Padilla.
El video de Sánchez Padilla termina pero Video Match, no. Mi padre me dice que apague la tele, que ya es tarde. Yo quiero mirarlo hasta el final porque hoy está Enrique Iglesias. Yo gusto de él pero nadie lo sabe, solo mi diario íntimo. Mi padre me dice de nuevo que apague la tele. Esta vez me lo dice gritando. Se ve que se contagió de Sánchez Padilla. Me da vergüenza decirle que me gusta Enrique Iglesias y que por eso quiero seguir mirando Video Match. Apago. Si se duerme la prendo de nuevo, bien bajito. Si no se duerme voy a estar triste. Voy a extrañar a Quique. Sigo enojada y encima, no tengo sueño. ¿Por qué no puedo acostarme a las dos de la mañana? Me calienta. ¡Ah! Ya sé. Se me acaba de ocurrir una idea. Si no lo puedo ver hoy, voy a comprarme una foto de las que venden en 18 con la plata de la merienda del lunes. Y después la pego en el diario íntimo y le doy besos como los que mi hermana se da con los novios. ¡Sí! ¡Voy a hacer eso! Ya me pongo en campaña. La semana que viene voy a mirar Gran Hermano. Así aprendo.
Posted in Cuentos
La postergación del acontecimiento
November 9th, 2009 Posted 4:22 am
“Me falta método”, empezó por decir Alicia mientras intentaba, infructuosamente, apagar un cigarrillo en una lata de atún.
Siempre le costaba hacerlo. Jamás había podido poner punto final a un cigarro sin que quedara un pedazo suelto, encendido y largando un humo más denso y más oloroso que el normal. El cigarro había cumplido su ciclo, pensaba ella, a veces, en voz alta. Entonces, ¿para qué perder tiempo buscando una forma prolija de extinguirlo, para qué golpearlo contra el cenicero o contra el objeto que cumpliera ese papel? También, sin embargo y para adentro, pensaba que la operación le resultaba difícil porque era torpe y le echaba la culpa al hecho de haber empezado a fumar a los 25 y no a los 15.
Alicia estaba acostada en el colchón de Jorge, mirando el techo que quedaba lejos. Él hablaba poco pero tenía televisor blanco y negro y sabía apagar cigarros, cosas ambas que Alicia solía admirar en una persona del sexo opuesto.
Hacía dos meses que Jorge estaba sin trabajo, viviendo de un despido que él había pensado más aprovechable. No tenía efectivo pero tenía un cartón de Nevada porque había vendido, no sin antes dudarlo y sentir vergüenza, 60 botellas de vidrio en un supermercado. Antes, como la venta de envases le parecía indigna, se había contentado con los cigarros brasileros que vendía un hombre que usaba una campera como exhibidor.
“Al fin te decidiste”, soltó Alicia, sabiendo que él entendería que se trataba de las botellas.
Él no contestó. Se limitó a levantar la piel de la frente un centímetro y a bajarla enseguida.
Luego dijo “la postergación del acontecimiento” y el silencio inmediatamente posterior permitió que se escuchara con mucha fuerza el chasquido del encendedor que prendía otro Nevada y el de la mano que buscaba la lata de atún en el piso para luego llevarla al pecho. Alicia le robó una pitada en un momento poco conveniente –él apenas había dado dos– y empezó a contarle que, cuando tenía 14 años y se le había ocurrido ir a la iglesia sin que la llevara nadie, siempre postergaba la comunión para ser la última de la fila. Años después, cuando ya no iba a la iglesia porque se le había acabado la convicción propia y porque le había empezado a gustar dormir hasta las doce, hacía lo mismo a la salida del trabajo. Se quedaba cinco minutos más y se iba última para no hacer cola y para no ver caras de simplemente-conocidos a los que no tenía por qué saludar.
“Me pregunto si habrá algo imprescindible que pueda postergarse eternamente”, comentó y se propuso probarlo; se dijo que, aunque tuviera ganas de ir al baño, las aguantaría, sueño mediante. Antes de dormirse, pensó en la pulsera que su prima Alejandra tenía cuando era niña. Se la habían puesto a los dos años y se la habían tenido que cortar a los once porque no se la sacaba nunca y su muñeca tenía que crecer.
Por la mañana, desayunó sin despertar a Jorge. Puso en la heladera un cartel que decía chuic, con letras lo suficientemente grandes como para que él no se ofendiera porque ella se había ido sin saludar y salió sin bañarse. Caminó hasta su trabajo, contenta porque había postergado dos cosas y porque no había gastado el resto de champú diluido que quedaba en casa de su hombre.
Se había levantado con la idea de no ir al baño hasta después del almuerzo. Había aguantado toda la noche. Seis horas. Eso ya era bastante mérito para ella, que solía ir al baño cada una hora y media durante el día y cada tres durante la noche. Pero no pudo. Una cuadra antes de llegar al estudio jurídico, entró a un bar, compró chicles y rumbeó hacia la puerta que tenía un fosforito ancho con pollera.
Ese día trabajó sin preocuparse. A las dos de la tarde guardó sus cosas y saludó a todos con besos, antes de marcar tarjeta, a las dos y dieciséis.
Por trescientos pesos, Alicia había comprado una cuponera que la habilitaba a ir doce veces a un gimnasio que quedaba a mitad de camino entre el estudio y su casa. Ese día, a las dos y dieciséis de la tarde, empezaba una licencia de un mes y, si no hubiera sido por su reciente obsesión por la postergación, la habría aprovechado para ponerse flaca. Pero la cuponera no tenía vencimiento. Era postergable. Podría usarla cuando quisiera. Y Alicia se sintió capaz de postergar algo que mucha gente posterga, como las dietas, como el dentista, como cambiar una bombita. Ya que lo del baño había salido mal, el gimnasio era una postergación simple pero buena para comenzar.
Pasó por su casa y levantó el bolso que había dejado preparado con sus calzas azules, una remera, una bombacha limpia, una toalla, una jabonera con jabón y un frasco de champú-crema. Pasó por la puerta del gimnasio y siguió de largo, no sin antes mirar a un grupo de personas que saltaban en la vidriera. Caminó hasta el apartamento de Jorge y, como nadie contestó al tercer timbrazo, se sentó en el escalón del edificio a mirar a tres chiquilinas de unos 13 años que hablaban de hombres, sentadas en la puerta de un taller mecánico que estaba cerrado por Carnaval. La más alta, a quien Alicia decretó un próximo embarazo, hablaba de su última salida. Decía haberse pintado con pinturas de su hermana y haber salido a bailar y haber conocido a un loco-con-auto que la iba a pasar a buscar el lunes por el liceo. Había también una gordita que, con aires de sabiduría, decía que todos los tipos vivían pensando en coger pero que ella, de la cintura para arriba, aceptaba cualquier cosa pero que, de ahí para abajo, nada. La flaca le decía “andá”, estirando la última “a”, la gordita, riéndose, decía “en serio” y la flaca retrucaba “dale, si estuviste a punto”. A la gordita, entonces, se le ponía la cara hirviendo y odiaba un rato a su amiga por no saber guardar un secreto. La tercera parecía más chica. No hablaba, solamente sonreía con ojos curiosos. Debe ser más viva, pensó Alicia, al ver que usaba un enterito idéntico al que ella se ponía 15 años antes, cuando iba al liceo y sacaba buenas notas y tenía un novio que le regalaba osos de peluche y que juraba esperarla y casarse con ella cuando ella se recibiera de escribana, porque esa era la condición. Alicia miró hacia la derecha y vio llegar a Jorge con una flauta y 100 gramos de lionesa. No pudo calcular con exactitud cuántas botellas le quedaban para abastecerse.
“Todavía me quedan 16 de litro y medio”, comentó él y estiró el brazo para ayudarla a pararse.
Entraron. Todo estaba igual que esa mañana. La cama destendida. La lata de atún en el piso, algunas cenizas desparramadas y en cartel de chuic en la heladera.
“¿Lo viste?”, preguntó Alicia.
Jorge contestó que sí, que lo había visto pero que no pensaba sacarlo de ahí, que hacía más linda la heladera que, hasta entonces, contaba, como adornos, solamente con un racimo de bananas de plástico unido a la puerta por un imán y un almanaque del 99 que una compañía repartidora de garrafas había tirado alguna vez por debajo de la puerta.
Mediante un acto reflejo, Jorge encendió el televisor. Luego fue a la cocina y empezó a cortar el pan. Alicia, entonces, le preguntó para qué había prendido la tele si no pensaba verla. A él le extrañó la pregunta. Siempre prendía la tele porque sí, para que hubiera ruido y no quería utilizar una frase lugarcomunesca como “para sentirme acompañado”. Contestó que yo que sé, sin ver los primeros atisbos de decepción que aparecían en la cara de una Alicia que no lo conocía de tarde.
Mientras el televisor hablaba de una nueva hipótesis sobre el atentado contra las Torres Gemelas, comieron refuerzos de lionesa. Era la primera vez que Alicia caía de sorpresa en la casa de Jorge pero él no le preguntó nada. Apenas terminó el refuerzo, Alicia se lavó los dientes para no sentir ganas de comer otro.
Apagó la tele pero Jorge no se dio cuenta. Se acercó a él y le dijo “me rateé al gimnasio como cuando era pendeja”. Hubo besos y un revolcón sobre el sofá. Al rato, Jorge la acariciaba y le ofrecía cigarrillos, que ella aceptaba y apagaba mal. Ella se levantó para ir al baño pero, a mitad de camino, se detuvo para cumplir su objetivo de la postergación. Cuando regresó, la tele estaba prendida y se enganchó con la película que era mala pero, como hacía tiempo que no miraba televisión, le pidió a Jorge que no cambiara. Más tarde, volvieron a comer refuerzos y Alicia supo, en ese momento, que no quería irse de allí porque solamente así podría conseguir la postergación.
Esa noche se durmieron rápido. Él le tocó un rato el hombro pero sin insistir. También tenía sueño.
La postergación de la partida de Alicia transcurrió sin sobresaltos hasta el día número 16, en el que a Jorge se le ocurrió preguntar por qué se estaba quedando con él. La respuesta de Alicia fue tajante y simplista: “Porque quiero estar contigo, porque estás desocupado, porque me necesitás y porque algún día se te van a acabar las botellas”.
No habían hecho gran cosa durante esas dos semanas y poco. Jugar al truco, al tutti frutti, mirar películas malas, mirar películas buenas, ir al supermercado, cocinar, dormir y lavar los platos cada tanto. Hasta que un día a Alicia se le ocurrió pensar, mientras devolvía a Jorge un disgustante cigarrillo con brasa larga, que lo peor de un desocupado era que nunca tenía demasiado para contar. Antes siempre había una historia. Micaela andaba con Roberto. Habían echado al cadete. La esposa del jefe había contratado un detective. El contador maquillaba perfectamente los balances. La secretaria había robado un ventilador.
Alicia sabía que no era de Jorge la culpa de que ella estuviera allí, por lo que decidió que había que romper la rutina y salir. Él no quería que ella lo invitara al cine, al teatro, a tomar algo, al estadio, a la casa de su amiga Natalia que estaba por casarse. A él no le quedaban botellas. Entonces salieron a tomar mate a la rambla y volvieron a la media hora porque empezó a llover. Había estado mal la salida, pensó ella. Su vida había dejado de ser original. Pero se repitió que tenía que quedarse allí para siempre. Se había acostumbrado a vestirse siempre con las calzas y con remeras de Jorge y a lavar la bombacha y colgarla en el patio de la planta baja, desde donde se veía ropa de otra gente que vivía más arriba.
Él la notó aburrida. Le dijo que podía irse cuando quisiera, que no tenía que sentirse obligada a nada. Ella sugirió invitar a Natalia y a su novio a jugar a las cartas.
Natalia vino con un color nuevo en el pelo. Era rojo, como la camisa que tenía puesta Alicia, la única que tenía ahí, la que había llevado puesta el día en que faltó al club. El novio de Natalia, un escribano joven, trajo una botella de whisky y compró unas porciones de pizza y fainá que no quiso cobrar a los anfitriones. A las cartas no jugaron. Natalia no tenía ganas. Habló de lo caro que les estaba saliendo todo y de que por suerte a Nacho le salió otro trabajo y mis suegros bancan la fiesta –van a ir, ¿no? –. El tipo sabía de arte y contaba anécdotas de remates. Natalia, hablaba de lo horrible que es lo que está pasando en el mundo y comía la pizza con cubiertos. Jorge hacía chistes inteligentes, hablaba de fútbol y de política, sonreía, miraba el pelo de Natalia, sonreía.
Entonces Alicia sintió que no la dejaban intervenir y se preguntó por qué ella no era una flaca pelirroja que tomaba whisky y hablaba boludeces con su hombre culto y por qué su hombre culto no se parecía a ese otro que reía sin preocuparse de los monólogos de su mujer estúpida, porque, seguramente, cada uno tenía su mundo y eso estaba bien; entonces, a ella no le molestaba que él fuera culto y a él no le molestaba que ella fuera estúpida, porque tenían que estar un rato separados para juntarse después, porque Alicia sabía que cuando ambos pararan de hablar, el mismo silencio les daría buena cama, además de dedos y respeto.
Cuando la pareja se fue, Alicia y Jorge discutieron. Ella dijo que él miraba demasiado a Natalia, él dijo que era paranoica, que cómo iba a mirar a esa hueca, ella le dijo que más de una vez había mirado a una hueca, él dijo que ella los había invitado y así siguieron hasta que decidieron dormir abrazados, cambiando de posición durante la noche, abrazándose y desabrazándose, empujándose, destapándose, despertando cada tanto y soñando cosas que olvidaron para no contar.
Al día siguiente Jorge decidió buscar trabajo. Alicia se quedó en el apartamento, llorando, sin saber exactamente por qué, con un ojo solo. El otro ojo permanecía grande, abierto y plano, mientras el que lloraba le daba un aspecto de pez de agua fría. Al verse en el espejo, se dijo que se sentía una sirena, aduciendo que era discriminatorio considerar sirena a toda mujer que fuera pescado de la cintura para abajo, dejando afuera a las que lo eran de la cintura para arriba, doblando a la derecha.
Cuando Jorge regresó, dijo que le había ido bien, que empezaría el lunes, el mismo día en que su mujer debía reintegrarse al estudio.
“Me gustaría dedicarme a pintar, ¿sabés?”, comentó Alicia, durante el almuerzo. Esa misma tarde compró los óleos. Pero esa misma tarde, en vez de pintar, se dedicó a pensar en esas, sus vacaciones. Hay películas donde un día dura dos años, pensó; otras, donde dos años duran 90 minutos y la gente no envejece y las casas y las veredas son todas iguales; otras, donde los ladrones siempre son negros y los policías siempre buenos. No importa que el asesino no sea el mayordomo. Lo que importa es que son predecibles. Pero esas vacaciones no. El lunes, cuando todos le preguntaran cómo había estado su licencia, ella diría, simplemente, que genial. Y cuando le preguntaran por qué no estaba bronceada, contestaría que porque se dedicó a pintar. Y sentada con las piernas abiertas, dejó que se le cerraran los ojos y recordó otras épocas. Se acarició la entrepierna con el pincel varias veces. Siguió con los dedos, pensándose rodeada de hombres y mujeres. Después se lavó las manos.
A partir del lunes, casi todo volvió a ser como antes. Volvieron las historias de Jorge y las salidas donde él pagaba. Alicia rompió una de sus promesas y regresó a su casa, donde la esperaban cuatro facturas vencidas, que pagó, con recargo, al día siguiente. El sábado fueron al casamiento de Nacho y Natalia y se divirtieron.
Respecto a su segunda promesa, la de ir al baño, debo decir que, al principio le costó. Llegaba la noche y sentía pánico. Pensaba que amanecería mojada o que su sangre se llenaría de toxinas imposibles de eliminar. Pero tenía un objetivo y eso era excusa más que suficiente para superar los miedos. Incluso logró olvidarse de incluir en la lista del surtido mensual los rubros papel higiénico y perfumol. Pero el día fatal llegó, dos años después, luego de haber ido al Registro Civil para inscribir su propio casamiento. Ella estaba en el sanatorio, esperando el turno para una ecografía de rutina a la que le habían ordenado ir sin haber orinado en las dos horas anteriores. El médico no llegaba, se había demorado en un parto. Entonces, Alicia se desprendió el botón del pantalón que ya no quería ceder más y caminó hacia el baño. La ecografía salió perfecta.
Mención en el Séptimo Concurso de Cuentos para Jóvenes organizado por la Filial Jai de B’nai B’rith
Publicado en A palabra limpia/7, Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 2004
Posted in Cuentos, Publicaciones
