Leticia Feippe

semiosis ilimitada

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Mapa literario de Montevideo

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September 19th, 2016 Posted 2:50 pm

MVD/TXT

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Rey (Leticia Feippe)

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September 19th, 2016 Posted 2:47 pm

Cuando vinieron los reyes de España, fue todo el barrio a verlos.  Todos mirábamos y aplaudíamos, como cuando pasaba la vuelta ciclista o como cuando pasaban los cabezudos del corso.  Yo estaba a caballito de mi padre.  El rey y la reina iban en un auto sin techo y saludaban a la gente.  Yo pensaba que iban a pasar rápido pero pasaron despacio y los pude ver bien de bien.  No tenían capa ni cetro ni corona.

Mi hermana empezó a decir que se quería ir, que tenía calor.  Y eso que no era verano.  Se acostó en el piso de la Terminal Goes y se le pegó un chicle en el pelo y mi madre le tuvo que cortar flor de mechón cuando llegamos a casa.  Mi hermano preguntó por qué el rey no tenía barba, como los de las barajas.  Yo sabía pila de barajas.  Sabía jugar a la escoba, al robamontón y a la guerra porque en el Bar El Pato siempre veía gente jugando y un borracho me había enseñado.

Siempre que íbamos a la Terminal a jugar o a comprar fichas de teléfono, yo me acordaba del día en que vinieron los reyes y les contaba a mis hermanos porque ellos no se acordaban de nada porque eran chicos.  La que tampoco se acordaba de nada era Karina.  Yo creo que ella había ido ese día.  Pero ella no se acuerda.

A Karina le gustaban pila los reyes y las reinas. Karina decía que los reyes eran algo fino.  Para mí, finas eran otras cosas, como el helado de menta con baño de chocolate.  En la Smak de Blandengues vendían pero yo nunca lo probé porque el baño te lo cobraban aparte y había que ahorrar.  Los bizcochos miniatura que vendían en la panadería Marsella también eran finos pero más fino era comprar en La Gioconda que quedaba en San Martín. Para mí finas eran esas cosas.  No los reyes.  Los reyes eran personas comunes andando en auto.

Una vez me vinieron ganas de jugar a los reyes y agarré el camión de bomberos de mi hermano y me fui hasta lo de Karina.  Yo ponía una muñeca y un muñeco arriba del camión y los hacía pasear por General Flores, que eran las baldosas negras que iban desde la cocina hasta el baño.  A Karina no le gustaba jugar así.  Ella quería ponerles corona y capa y decir que andaban en carruaje pero yo decía que no, que los reyes no usaban corona ni capa y que andaban en auto.  Karina siempre jugaba a todo mal.  El que jugaba bien era Juanjo, el hermano de Karina, que jugaba al básquetbol en Aguada.  Juanjo siempre se sentaba con los amigos en el escalón que estaba enfrente a Radesca y que le decían el consolador porque ahí todos iban a contar sus problemas y los otros amigos los consolaban.  Una vez Juanjo estaba en el consolador con uno que se llama Carlos y Carlos se agarró a las piñas con el Topo que justo pasó por ahí y lo miró de pesado y Juanjo los separó.  Yo los vi porque yo estaba en la carnicería de la Momia.  Me gustaba ir a lo de la Momia y pedirle para escribir los carteles con tiza mojada.  Me daba risa poner “nalga”.

Jugué un ratito con Karina pero me aburrí y me vino hambre y me fui para casa.  Mi hermano y mi hermana estaban jugando en Carlos Reyles y mis padres estaban durmiendo la siesta.  Creo que era sábado porque mis padres estaban ahí.  Pero estaban durmiendo, así que era igual que los lunes o los martes, cuando ellos estaban trabajando y mis hermanos y yo nos tomábamos el 163 a la salida de la escuela y nos quedábamos solos de tarde y hacíamos carne picada con comino y huevo para comer al mediodía.

Me fui a mi cuarto porque quería jugar a los reyes pero bien.  No como jugaba Karina que no entendía nada.  Agarré las muñecas y las miré bien de bien a ver cuál tenía más cara de reina.  Elegí una que tenía cara de vieja y pelo corto y vestido de novia y que movía la cabeza de un lado para el otro cuando caminaba.  Pero me faltaba el rey.   El muñeco Pierre era varón pero tenía cara de nene chico y no servía.  Entonces se me ocurrió cortarle el pelo a alguna muñeca mujer para convertirla en varón.  Yo tenía una muñeca que tenía una rosca en la espalda para meterle el pelo para adentro y dejarla con pelo corto pero esa muñeca no servía porque tenía toda la cara rayada con lapicera.  Y tenía otra de pelo corto pero estaba rayada también porque una vez jugamos con Karina a que se había portado mal y le pegamos y le pintamos sangre.  Entonces, me acordé de la muñeca de no usar, que era una Barbie que me había traído una prima de mi padre de Estados Unidos.  La Barbie estaba guardada arriba de mi ropero.  Yo la había puesto ahí porque me parecía que era muy nueva y no podía usarla.  Era como la ropa, que si era nueva no se podía usar y como los cubiertos que tenían talco que eran del casamiento de mis padres y no se podían usar.

Como la muñeca estaba muy alta, arrimé un banco al ropero para ver si llegaba.  Pero no pude.  Entonces bajé del banco, fui hasta el baño y agarré el lampazo.  Me subí de nuevo al banco y bajé la Barbie de un lampazazo y se cayeron también unos chirimbolos del arbolito que estaban guardados ahí arriba.  Mi padre me gritó que no hiciera ruido, que estaban sesteando.  Entonces, tiré los chirimbolos para arriba como si estuviera jugando al básquetbol y después saqué a la Barbie de la caja.  Ahí me di cuenta de que Barbie terminaba con e y no con i.  Me vinieron ganas de ponerle un nombre nuevo, inventado por mí.

La Barbie tenía cara de grande.  Con pelo corto, podía ser mi rey.

Ropa de varón ya tenía porque yo había hecho un traje para el muñeco Pierre con unos pañuelos de sonarse y al muñeco le había quedado chico pero, como la Barbie era flaca, le iba a quedar bien.  Yo sabía que había que coser la ropa al revés para que no se vieran las costuras pero no sabía que la ropa tenía que ser más grande que el macaco.

Le puse el traje a la Barbie pero me faltaba cortarle el pelo.  Entonces, busqué la tijera que llevaba a la escuela.  Era de esas plegables.  A veces mi padre la usaba para cortarse los bigotes y a veces yo la usaba para cortarle los pelos de las orejas a mi abuelo.  Esa tijera era mejor que las de punta redonda que eran de chiquitos.  Cortaba re bien.  Y pude cortarle el pelo a la Barbie para que quedara varón.  Después le hice un borde a los ojos con marcador para que no se notara la sombra azul que tenía, que era de mujer, y le pinté un poquito de barba haciéndole puntitos en la pera.  Pero seguía siendo mujer porque tenía tetas.  Entonces, como las tetas se le notaban mucho, probé hundirlas con el dedo.  Pero eran duras.  No eran como las de la Coca Moreira, la que nos cuidaba cuando éramos chicos.  Las tetas de la Coca Moreira eran como aguavivas, bien blanditas.  Y se movían cuando la Coca caminaba y parecía que se le iban a salir del sutién beige.  Yo agarré la tijera para cortar las tetas pero la tijera se abrió.  Se le salió el tornillo.  Entonces fui a la cocina.  Le saqué la ropa a la Barbie y arrimé un encendedor a las tetas.  A la Barbie se le quemó una teta pero también se le quemó el pelo.  Y me asusté y tiré a la Barbie en la pileta, arriba de los platos que todavía tenían tallarines pegados.  Después abrí el cajón de los cubiertos, saqué un cuchillo de los que tienen dientes y empecé a serruchar.  Le corté la teta quemada y también la otra.  Parecían cascos de soldaditos.

Le lavé el pelo a la Barbie con Vita Manzana en la pileta del baño porque había quedado con olor a tuco y lo sequé con una toalla y lo pinté de negro con pomada de zapatos.  Y entonces sí quedó como un rey.

Mi madre me preguntó qué era ese olor a quemado y yo le dije que nada y justo empezó a llover y yo me puse a hacer la cruz de sal en el fogón para que parara.  Mi madre llamó a mi hermano y a mi hermana por la ventana y entraron todos mojados y llenos de barro con cinco perritos recién nacidos en una caja.  Tenían los ojos pegados y estaban llenos de sangre y de cosas que parecían tripas.  Mi padre se despertó y dijo que los perritos no iban a vivir sin la madre, que había que ahogarlos en el wáter para que no sufrieran y mi hermano se puso a llorar.  Entonces mi madre y mi hermano fueron hasta afuera y dejaron los perritos en la caja, arriba del escalón del quiosco, que tenía un techito. Abrigaron a los perritos con el buzo que se usaba para encerar el piso.  Mi hermana se puso a escuchar el agua que bajaba desde la claraboya por un caño y yo ayudé a mi padre a poner palanganas y ollas porque se llovía todo para adentro.  Después comimos polenta y me acosté a dormir con las tetas de la Barbie en los dedos.  Me pinté una carita con lapicera en el índice y otra en el dedo del medio y decía que los dedos eran soldaditos.  Mi hermana y mi hermano no querían dormir porque decían que le tenían miedo a los truenos.

La lluvia paró de noche pero yo ni me enteré porque ya me había dormido.  Al otro día, el piso de abajo estaba lleno de agua y había hojas de árboles adentro de casa.  Siempre pasaba lo mismo cuando se tapaban las bocas de tormenta.  Todo se llenaba de agua y parecía un río marrón lleno de ramas.  Cuando salimos a la puerta, yo miré el escalón del quiosco de la esquina para ver si estaban los perritos pero no estaban.  Mi madre dijo que alguien se los habría llevado y que en el aserradero siempre dejaban gatitos y que alguien se los llevaba.  Pero esos no eran gatitos y tampoco estaban en el aserradero.  Capaz que se los llevó otra persona, pensé.

Me puse la malla roja con rayas blancas que me habían regalado los reyes y que mi madre había levantado en un puesto de General Flores porque los reyes la habían dejado ahí para mí.  Me acuerdo que fui con mi madre a buscarla a ese puesto.  Y salí a jugar al agua que había inundado todo el barrio.  El agua me llegaba a la cintura.  Era el día más lindo del verano.  Estaba buenísimo tener tanta agua para jugar.  Entré a casa y agarré un latón para jugar a que era un barco y puse a mis reyes ahí.  Como hasta había olas, a la muñeca con cara de vieja y vestido de novia le saqué el vestido para que no se mojara y le pinté una malla con lapicera.  Al muñeco no le saqué nada porque el traje era casero y si se mojaba no pasaba nada.  Los de enfrente, que eran como cinco hermanos, todos varones, jugaban a saltar desde el balcón para el agua.  Vinieron Karina, Natalia y Lorena hasta la puerta de casa y les conté que estaba jugando a los reyes y les dije que mis reyes estaban paseando por Venecia que quedaba en Italia y que tenía calles de agua.  El basural que había enfrente a casa ni se veía y la basura se iba de ahí flotando y todos los vecinos decían que qué suerte porque ya no iba a estar el basural ese ahí y algunos aprovechaban a sacar la basura de las casas para que se la llevara la corriente.

En la otra cuadra estaban el Toto y el Chuco jugando con los hermanos chicos a la guerra de caballitos y los gurises gritaban cuando se caían al agua.  Con el Toto y el Chuco no nos dejaban juntar a casi ninguno pero yo no sabía por qué.  Yo miraba a los padres de ellos en el almacén y veía que los del almacén los saludaban y todo.  Pero a ni a mí ni a Karina nos dejaban ir a la casa de ellos y eso que tenían una hermana que iba a mi escuela y estaba en la clase de al lado de la mía.

El Toto vino hasta donde estaba yo con las chiquilinas y me pidió prestado el barco de los reyes.  Yo se lo presté pero después me vino un calor horrible en la cara porque él empezó a mojar a mis reyes y a hundirlos en el agua sucia y yo le decía que no lo hiciera pero él lo seguía haciendo y encima se reía.

En eso empezaron a irse por el agua los cajones del almacén.  Se iban rapidísimo para General Flores.  Parecían lanchas con motor.  El Chuco vino corriendo por el agua a jugar con el Toto y le pidió mi rey y mi reina.  El Toto se los dio y el Chuco a la reina la tiró al agua y yo la agarré justito.  Después empezaron a jugar al monito con el rey y me dio una rabia bárbara.  Estaban de vivos.  En una, el Chuco metió a mi rey en uno de los cajones del almacén que estaba flotando y lo empujó y mi rey se fue rapidísimo por Carlos Reyles y yo no lo pude alcanzar.  Después, el Toto y el Chuco se empezaron a reír y agarraron palos para jugar a las luchas y se fueron.  Yo tenía ganas unas ganas de llorar horribles pero me las aguanté.  Karina me preguntó cómo se llamaba ese muñeco que yo decía que era un rey.  Y yo no sabía y me dio bronca porque todos mis muñecos tenían nombre y ese no.  Yo estaba re enojada porque no había cuidado a mi muñeco ni le había puesto nombre y seguro me iban a rezongar por habérselo prestado al Toto y al Chuco que eran semejantes grandotes y además yo no me podía juntar con ellos.

Me hice la que no me importaba y seguí jugando con las chiquilinas a la pasadita con una pelota de playa.

Un vecino estaba fumando con los pies en el agua y dijo esto que eso de la inundación pasaba porque abajo del barrio estaba el arroyo Quitacalzones y dijo que el agua llegaba hasta la Terminal Goes y que hasta el bar Caballero y el Vaccaro estaban inundados.  En eso, el zapatero pasó en kayak y todos lo aplaudieron y le gritaban.  Le decían buenaaaa, esaaa.  Los grandes seguían hablando de las inundaciones. Vinieron caminando por adentro del agua los dos hermanos de mi padre que vivían a la vuelta de casa con las esposas y trajeron tortas fritas y una botella de Coca y me dejaron tomar del pico.  Todos conversaban y se reían y yo andaba ahí, jugando a la pelota con una mano y con la otra sosteniendo a la reina que estaba toda mojada.  Me vinieron ganas de irme para adentro y le dije a Karina que quería hacer pichí, que tenía que ir a casa.  Karina me dijo que hiciera de malla, en el agua, pero le dije que no me gustaba (era mentira, siempre hacía en la malla).  Entonces empezó a reírse y a decir que yo iba a hacer caca, que era mentira que iba a hacer pichí.  Me metí para adentro, subí la escalera chorreando agua y fui hasta mi cuarto.  Agarré las tetitas de goma recortadas que todavía estaban en mi cama.  Parecía un sapo yo, poniendo la boca para abajo de las ganas que tenía de llorar.  En eso vino mi madre y disimulé rascándome un ojo.  Andá a jugar, me dijo, aprovechá que ya está bajando el agua y después no vas a poder bañarte en la calle. Entonces, bajé la escalera.  Tenía tajitos y barro en los pies y los pies me ardía todo cuando caminaba porque los escalones tenían agua Jane porque mi madre había estado limpiando.  No me puse las chancletas porque no sabía dónde estaban.

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¡Megafauna!

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September 6th, 2016 Posted 7:10 pm

Tras el éxito de Tukano y el libro de todas las historias, este año vuelven al Mapi lindas historias sobre la historia y prehistoria de Sudamérica.

¿Saben qué es una macrauquenia?  ¿Y un gliptodonte?  ¿Y saben que en Uruguay había bichos que medían más de seis metros?  ¿Y que había mastodontes?  ¿Y que nuestros antepasados los conocieron?

¿No?  ¿Sí?  ¿Les gustaría ver un montón de bichos gigantes en acción, compartiendo aventuras con dos niños de nuestro territorio?

Los invito a participar del taller “Por los mundos de Toto el Gliptodonte”, basado en “Un cuento de bichos grandes” (de Leticia Feippe).

Más info aquí.

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El papel y el placer 2

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September 6th, 2016 Posted 7:00 pm

Si este libro se transformase algún día en obra de teatro, perfectamente podría, al menos durante unos segundos, convertirse en una pieza de luces apagadas, muchos olores y sutiles caricias a los espectadores. No es que crea que lo erótico o lo sensual impliquen renegar de algunos sentidos.  En absoluto.  Quienes ven y quienes oyen tienen la posibilidad de percibir miradas y de oír formas de discurso que solo se dan durante una relación sexual (relación y sexual en el más amplio sentido de cada término).  Sin embargo, considero que para representar la fuerza que tienen algunos episodios de estos cuentos de El papel y el placer 2, donde los olores de la escena, el sabor de los cuerpos y el tacto oportuno son las figuras, no estaría mal priorizar otros sentidos menos explotados.  Si este libro fuera una obra de teatro a oscuras y en silencio, el público, privado de ver y de oír, no tendría más remedio que sentir lo que estuviera sucediendo en el aire.

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Asuntos triviales

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November 15th, 2015 Posted 3:51 pm

Así arranca la nota de Alicia Torres sobre Asuntos triviales publicada en Brecha el 11 de setiembre de 2015:

Heroínas de lo cotidiano, por Alicia Torres

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En inglés y en español, dos cuentos

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April 19th, 2015 Posted 10:45 pm

En la webzine británica Palabras Errantes

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Literatura erótica: El papel y el placer

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May 2nd, 2014 Posted 7:58 pm

El papel y el placer

Relatos de Rosario Beisso, Angeles Blanco, Mariana Casares, Mercedes Estramil, Leticia Feippe, Cecilia Fernández, Mariana Font, Laura Gandolfo, Vesna Kostelić, Gabriela Onetto, Helvecia Pérez, Lucía Piñeyrúa, Sofía Rosa, Daniela Silva, Elena Solís, Elián Stolarsky, Yael Szajnholc y Valentina Véscovi


¡Próximamente también en Brasil!

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Altera ego

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July 18th, 2012 Posted 3:44 pm

Altera ego 1


Me acabo de poner crema en las manos porque acabo de lavar el piso y me quedó olor a agua Jane. No me gusta el olor a agua Jane pero me gusta cómo quedan tres cosas con agua Jane: los pisos, las copas y el vaso en el que guardo los cepillos de dientes. Tengo dos cepillos: uno para los dientes y otro para la placa neuromiorrelajante a la que simpáticamente llamo “masticable”. La uso cuando duermo sola. Si duermo con alguien la escondo detrás de mis perfumes y al otro día la lavo minuciosamente. Tengo nueve perfumes: dos de Loewe, uno de Channel, uno de Calvin Klein, uno de Jesús del Pozo, dos de Kenzo, uno de Cacharel y uno de Sarah Jessica Parker que es un asco y solo uso los días en los que no ando bien vestida. Necesito por lo menos esta cantidad de perfumes. Me gusta vestirme de diferentes colores y, por ejemplo, el verde no pega con un perfume floral. Tengo una insana costumbre: la de saturar, agotar, exfoliar, exprimir, violar una canción. Cuando una canción pega con cómo me siento le doy play, la escucho, le vuelvo a dar play y la escucho de nuevo. Infinidad de veces. Lo puedo hacer durante una semana entera, parando solo para dormir y trabajar. A veces, se trata de canciones que considero dignas. Entonces pongo links a ellas en mi Facebook. Y me digo, por ejemplo, “no sos tan gris”. Otras veces, se trata de canciones que me avergüenzan. Vuelve que sin ti la vida se me va. Esas no las pongo en el Facebook y a nadie le cuento que las escucho. Las tengo guardadas en una carpeta que se llama “Mati” y digo que son de mi sobrino. Pero no es cierto. Las escucho, me llegan y perfectamente puedo llorar con ellas durante horas. Cuando lo hago, después del ritual, me siento mejor. No le tengo miedo a casi nada. Ni a las calles vacías ni a las caras feas ni a las alturas ni a los ruidos en la madrugada. A los perros, tal vez, un poco. De niña era igual. Me gustaba subirme a los árboles, caerme, lastimarme las rodillas y arrancarme la cascarita. Una vez me tiré desde el segundo piso de una casa y no me pasó nada. En realidad creo que me tiré. No me acuerdo bien pero es muy probable. Va conmigo, con cómo era yo entonces. En ese momento y después también, las nenas me parecían idiotas. Yo quería ser varón y jugaba más con los varones porque las nenas solo querían jugar a las muñecas y a las modelos y hablar de novios y yo decía que era imposible tener novio porque no existían varones que fueran lindos, buenos e inteligentes al mismo tiempo. Entonces no tenía novios. Pero me gustaban algunos. Una vez me enamoré de un príncipe muerto que vi en una revista Hola mientras esperaba que mi padre me pasara a buscar por el club al que me mandaban seis horas por día para no pagar cuidadora. Mi padre y mi madre a veces llegaban tarde y tenía que esperarlos una o dos horas sentada entre señores que leían el diario. Yo no leía el diario. Tenía doce años. No lo entendía y me ensuciaba las manos. Tanto deporte en mi adolescencia me provocó dos cosas: una necesidad irrefrenable de competir que en algunos ámbitos terminaba en victoria y en otros en la más humillante derrota y un gusto particular por las piruetas en terrenos blandos como las playas y el pasto. Me gusta mucho la naturaleza. No soy tan gris. Me gusta el pasto y el olor a lluvia. Los relaciono con cosas alegres. Como lo fue mi infancia que tenía mucho pasto y mucha humedad. Nací en Montevideo pero debería haber nacido en La Paz. El problema era que en La Paz no había lugar para nacer. Entonces mi madre vino a parir a Montevideo. Hace poco me enteré de que, el día en que mi madre rompió la bolsa, no se dio cuenta de qué era eso que le estaba sucediendo y un vecino le dijo “señora, está por tener familia”. No odio a ninguna persona pero sí hay cosas que odio. Odio los diminutivos y las abreviaturas. Finde, peli, chichis, tití. Odio que en los títulos de los cuentos, las canciones, los libros o las películas aparezca la palabra “amor”. Cuando era católica no me molestaba. Incluso escribía poemas con la palabra “amor” en el título. Mis padres no los leían pero les decían a todos sus conocidos (amigos no tienen) que yo escribía como Borges porque yo, que de Borges no sabía un sorete pero creía saber, se los había dicho. Esto se parece a Borges. Hoy sigo pensando que es difícil encontrar un hombre bueno, lindo e inteligente. Tampoco es fácil encontrar mujeres así. Generalmente son inteligentes y lindas pero no buenas. A las buenas no les gusto. A los hombres buenos sí pero, como suelen rayar lo idiota, no me seducen en lo más mínimo. Mañana cumplo treinta y un años y creo que acabo de tener una epifanía. Parece que una parte de mí (la del pasto, las piruetas, las canciones) tiene unos 17 años y la otra (mis perfumes caros, mi trabajo, mi intolerancia) tiene cerca de 50. Recién me doy cuenta de eso. Pareja no tengo pero cada tanto me acuesto con alguien. El año pasado ese alguien se repitió bastante. Un día me contó que tenía canas en el pubis con esas exactas palabras. Pubis. Tan técnico él. Yo también las tengo y me las arranco con una pinza de cejas cada vez que las veo. Lo conozco hace tiempo. Tuvimos algo con amor y todo allá, por los veinte. Una vez, hace poco, me lo crucé en una esquina. Segregué saliva y todas las imágenes pasaron por mi cabeza. Aquel día en el que, mientras yo fumaba un cigarro y tomaba medio y medio en una copa, él empezó a desvestirme y yo le dije “pará, estoy fumando” y él me dijo “vos seguí fumando” y me pasó la lengua por la bombacha que ya estaba mojadísima y sin protector diario. O aquel día en el que yo, de medias can can negras y ya llegando tarde a la oficina, me arrodillé para practicarle sexo oral al mediodía y salió todo mal y me avergoncé por ver manchas de polvo gris en mis rodillas con medias tan negras. Me gusta pintar. Supe hacerlo bastante bien de niña. Tenía talento, potencial, me hacían tests psicológicos y mi madre decía “tiene cuatro años pero tiene mentalidad de ocho”. Nunca me mandaron a clases de pintura. Podría haber estado bueno. Muchas veces me pongo tonta y preparo todo para pintar pero, en lugar de pintar, me hago una paja atrás de otra y encima mirando Internet. Ni siquiera uso la imaginación. Después me queda la mano acalambrada y el corazón lleno de culpa. Espero que sea por no pintar.

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Tercero por escalera

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May 11th, 2012 Posted 9:59 pm

Cuando faltaban dos meses para que yo naciera, a mi padre se le ocurrió que debía llamarme María Pía. Y no sé por qué, porque él de catolicismo no sabía un carajo y tanto María como Pía son nombres con pinta de católicos. Mi madre no estaba muy de acuerdo. Ella siempre había querido que su hija se llamara igual que la enfermera que la atendería el día del parto. Por esa cuestión del azar, de lo inesperado. Eso me hace suponer que yo debo haber sido un gol en contra, que me hicieron sin querer porque mi madre se olvidó de tomar la píldora. No sabían si iba a ser nena o varón y ya me habían puesto nombre de mina. Por suerte nací nena.
A mi madre la atendió un enfermero, cosa que no había tenido en cuenta. Se llamaba Josué Espantoso. Puedo perdonar, entonces, la propuesta de mi padre de llamarme María Pía. No me hubiera gustado llamarme Josuá o Josuea o Josuefa. En cambio, llamarme Espantosa hubiera estado bueno. Siempre me causó gracia que hubiera negras que se llamaran Blanca o feas que se llamaran Linda, como mi maestra de quinto, a la que una vez le pegué una patada en la cara porque justo se le ocurrió pasar a medio metro de mi paro de manos. Si me hubieran puesto Espantosa, seguramente habría arrancado varias sonrisas en mi pasaje por la vida. Porque soy linda. Quizá me falte un poco de altura –mido poco más de metro y medio y sé que no voy a crecer porque ya tengo veinticuatro años– pero tengo ojos celestes y nalgas paradas. Además me llamo María Pía y ese nombre le gusta a todo el mundo. Al menos, eso me dijeron los tipos que me vendieron el apartamento. Lindo nombre. María Pía. Sí, lindo nombre. Cuando tenga una hija le voy a poner igual. María Pía. Creo que ninguno de los dos va a tener hijas que se llamen María Pía. Estoy casi segura de que los flacos que me dijeron eso eran pareja y acá, en Uruguay, las parejas de gays no pueden adoptar niñas. Niños tampoco.
No veo a mis padres desde el día en que me mudé, hace dos meses. Me decían Marucha pero lo peor no es el apodo sino el tono. Meloso, maternal, asquerosamente protector. Aunque el mío es un nombre sin gracia, lo prefiero antes que un Marucha cargado de besos babosos.
La casa de mis padres queda Villa Española. Ellos dicen que viven en La Unión pero, si nos ceñimos a los mapas, la casa queda en Villa Española. Mis padres son como los economistas que, para calcular la deuda externa, hacen la resta entre lo que se debe y lo que nos deben, como si el Tío Sam fuera a calcular los intereses sobre la diferencia. Para mí no es así. Para mí la deuda es solamente lo que se debe. Claro. Existen las palabras bruta y neta y se las puede usar a gusto del consumidor. A mí me gusta más bruta. Neta me suena a teta, una palabra que no me gusta. Y no es porque yo no tenga demasiado busto. No me gusta teta, como no me gusta ocho, como no me gusta desnudo, como no me gusta vagina, como no me gusta compadre y como no me gustan mamá y papá. Si algún día alguien me llega escuchar diciendo una de esas palabras, que anote la hora y que le juegue a la quiniela. Seguro que gana.
Yo no juego a nada. De pendeja me gustaba jugar al básquetbol ante la mirada atónita de los varones que me decían buena caballa. Me hubiera encantado ser basquetbolista de la NBA. Aunque sé que habría sido difícil porque en la escuela me iba bien y para ser basquetbolista de la NBA tenés que estar seguro de que no vas a seguir ninguna carrera en Uruguay que es gratis. De todos modos no creo que mis viejos me hubieran dejado estudiar básquetbol. Ellos querían que fuera contadora, escribana o analista en marketing. A los quince me mandaron a clases de secretariado y lograron meterme en una consorcio, el mismo que me dio el préstamo para el apartamento. Cuando cumplí dieciocho mis padres recibieron la mayor decepción de su vida. Empecé a estudiar oceanografía.

Mi trabajo consiste en decir que el doctor no está, que déjeme su número que él se comunica con usted. Cada dos horas, le pido al portero que me traiga un café. Entonces él me pregunta precisás algo más y yo le digo no. No me gusta abusar.
Cuando vi al doctor por primera vez me gustó su perfume. Durante mis primeros seis meses trabajando de secretaria soñé con tener por marido a un tipo así. Alto, profesional, miembro del partido de mi abuelo Jorge, que se murió al caerse de una escalera mientras pintaba un club político a cambio de un empleo público.
Cuando acompañaba al doctor a los actos políticos, él me guardaba un lugar cerca de su gente y me decía pichona. Yo sonreía y dejaba que me preguntaran cómo iban mis estudios. Pero al poco tiempo me aburrí y ya no me gustó casarme con alguien como el doctor. Empecé a imaginar que mejor que ser señora de, sería ser como él. Usar celular, portafolios y perfume de free-shop. Esa etapa duró hasta que escuché al doctor en la radio y no me gustó lo que dijo. Ahora no lo acompaño a los actos del partido. Le digo que tengo que preparar un trabajo y él me entiende porque sigue pensando que lo voy a votar.

Mudarme sola fue una idea excelente, aunque eso signifique que no pueda dejar el consorcio, al menos durante ochenta y ocho cuotas. Lo que más me gusta de vivir sola es que puedo fumar en la cama. Cuando vivía con mis padres, para fumar un cigarrillo, tenía que decir que iba a la biblioteca. Entonces iba hasta la esquina, prendía un Marlboro Light, daba la vuelta manzana y volvía a casa con un libro y mascando chicle. Me gusta fumar acostada, sola o acompañada. Al lado de la cama tengo una botella, un vaso, un bol, un cepillo de dientes y un pomo de pasta porque no me gusta dormirme con gusto a pucho. Cada mañana, cuando voy a mear –porque yo no me despierto porque se me acabó el sueño sino porque me meo–, llevo el vaso y el bol al baño, los enjuago y después los devuelvo a su lugar de origen, o sea, al piso, al lado de mi cama.
Las primeras noches que pasé sola se me hicieron larguísimas. Me mataba el silencio. Entonces prendía la tele y ponía películas de juicio. De esas que están basadas en una historia real y que terminan diciendo que Fulano de Tal fue procesado por homicidio especialmente agravado y que actualmente cumple cadena perpetua en la cárcel de Wisconsin. Otras noches me dedicaba a hablar por teléfono hasta la una o las dos. Le contaba a mi amigo Marcos lo bien que pasaba en la cama con mi Aníbal, Roberto y Mateo y Marcos se aburría y me decía qué hambre que tenés. Entonces yo le soltaba un andá estúpido y nos poníamos a hablar de los demás.
Ahora no tengo amigas. Antes salía todos los viernes con dos vecinas. Mónica y Jimena. Íbamos a bailar y volvíamos borrachas y acompañadas. Hasta que cumplimos quince fuimos amigas de verdad. Nos contábamos cómo besaban nuestros novios del liceo y, a veces, estudiábamos juntas, escuchando música. De noche nos gustaba sentarnos en los cajones de verdura del almacén de Domingo a charlar con los varones. En mi casa no les gustaba que yo hiciera eso. Un día mi padre me vio y me dijo entrá que es tarde. Cuando llegué a casa me cagó a gritos y me dijo no te quiero ver más ahí con esos atorrantes que fuman y toman cerveza. Al otro día me inscribió en el curso de secretariado.
La inauguración del apartamento estuvo buena. Invité a Marcos, a Mónica, a Jimena y a todos mis compañeros de clase. Mónica se levantó a uno de ellos. Un flaco con camisa a cuadros y mucha plata. Yo me encerré en el baño con un colado que se llamaba Matías. Habíamos entrado a buscar curitas porque él se había cortado con un cuchillo mientras repartía la muzzarella. Curitas no encontramos, así que le lavé el dedo con jabón de coco mientras él me miraba el ojo izquierdo. Yo le miré los dientes y me gustaron. Matías se sentó en el water, me dijo vení y me sentó en su falda. A los quince minutos me paró, me bajó los pantalones, me besó, se paró, se bajó los pantalones, se sentó, se paró, se subió los pantalones, sacó su billetera del bolsillo de atrás, sacó un condón de la billetera, volvió a bajarse los pantalones, se sentó nuevamente en el water, terminó de sacarme los pantalones y me sentó sobre él. Luego de otros quince minutos me preguntó dónde trabajaba, le dije que en una boutique y volvimos a la fiesta.
A las cinco de la mañana se fueron todos. ¿Te ayudamos a ordenar? No, dejá. Esa noche dormí sin ropa. Está bueno vivir sola.

El siete de junio pedí licencia para organizar mi vida. No me le negaron porque en esa época hay poco trabajo. Las elecciones son en octubre y es ahí cuando llama más gente para pedir préstamos.
En mi primer día libre me levanté a las cuatro de la tarde y me di cuenta de que mi apartamento era una mugre. Pero no ordené. Total, nadie iba a visitarme ese día. A las cinco de la tarde sentí que tenía que teñirme el pelo. Sí, me hace falta una alegría. ¿Por qué no te teñís de rojo, Marucha? Me dije Marucha. La puta que me parió. ¿Cómo me voy a decir Marucha?
Agarré las llaves, fui a la farmacia, compré una tinta, me teñí y manché todo el baño de rosado. El pelo me quedó esponjoso, como de Barbie. Me hice rulos con papel y empecé a probarme todos mis conjuntos de ropa interior. Tenés panza. No podés seguir cogiendo sentada. Se nota que tenés rollos. La próxima vez tiráte a la posición ortodoxa. Y, ¿sabés qué? Hacélo hoy. Nunca te cogiste a dos tipos distintos en menos de un mes. Y otra cosa. Nunca saliste sola. Siempre tuviste que disfrazar el levante con una salida de amigas. Eso sí, antes masturbáte. Mirá si no enganchás nada. Aunque con estos pelos y los rulos, lo dudo.
Y fui. Y levanté. Rodrigo. 28. 1,82. Escribano. Pinta. Supongo novia pero no pregunté. A las cuatro cero ocho, afuera. Auto. Auto. Auto. Auto. Auto. Auto. Auto. Auto. Auto. Auto. Auto. Auto. A-u-to. Auto. Auto. Auto. A-u-to. ¿Estás? Sí. Auto. Auto. Auto. ¿Vamos? Auto. Dale. Auto. Auto. Auto. Auto. Auto. Auto. Au–to. Auto. ¿Teléfono? Sí, como no. Bueno. Chau.

Me levanté a las dos de la tarde. Me dolían las piernas y me sentía con demasiado olor a hombre. La cabeza me daba vueltas y sentía en la boca ese gusto a Martini que te hace pensar cómo carajo hizo el tipo con el que estuviste para no morirse del asco. Tenía el pelo duro, pegoteado no sé de qué. En el cuello, una marca y en la bombacha, un protector diario amarillento, que tiré al water a las catorce y veinticinco, al mismo water que luego comencé a destapar, trabajo que me llevó desde las catorce y veintiséis a las catorce y cuarenta y cinco. Mis ojos estaban rodeados por restos de delineador líquido y mi nariz, llena de puntos negros. La miré en el espejo y parecía más grande de lo normal. Me miré de perfil y era peor. Sonreí. Me saqué el buzo. Me miré las tetas. La izquierda más chica que la derecha. Las dos caídas. Me saqué el pantalón. Me miré el culo. Todavía parado, como cuando hacía gimnasia artística, pero con estrías. Me miré las piernas. Parecían palos de bowling. Culpa de mi tío. Las suyas son así. En bolas, fui hasta la cocina y abrí la heladera. Encontré medio litro de cerveza, uno de vino y un paquete de manteca. No tenía pan ni té ni café, salvo el que había quedado en la cafetera quién sabe desde cuando. Estaba verde. Entonces saqué la cerveza y el vino y me los llevé a la cama. Empecé a tomar. Mientras sostenía las botellas, miraba mis manos. Las uñas de mis dedos estaban comidas. Me las mordí más y escupí los pedazos en el piso. Empecé a mirar una mancha de humedad que había en el techo. Parecía un cocodrilo. Y me hizo recordar un juego que nunca faltaba en mis tardes post-escolares, cuando jugaba al cocodrilo con Mario y Esteban. Estaba bueno. Nos acostábamos los tres en el colchón que sacábamos de la cama de mi hermano y dejábamos que se deslizara por los veinticinco escalones de mi casa de Villa Española. Me acordé también de aquel día en que Mario me dijo que las nenas hacían pichí por la cola y yo le dije no, hacen por acá y le mostré. Yo tenía seis años. Y dejé pasar doce más antes de mostrarle a otro nene por donde meaban las nenas.

A las siete de la tarde supuse que estaba borracha y me sentí muy inútil. Me bañé y fui hasta el supermercado a comprar café, leche, azúcar y pan para tomar café con leche y tostadas. No pude evitar preguntarme por qué la gente dice que va a tomar café con leche cuando en realidad toma leche –en primer lugar– con café –en segundo– y azúcar o edulcorante –finalmente–. Mientras hacía la cola para pagar, me desmayé. Creo que me golpeé contra un carrito porque en mi frente apareció una marca rectilínea diagonal. Me despertaron con un jugo de naranja en tetra brick y con aire proveniente de las sucesivas sacudidas de una revista. Una vieja me dio un caramelo y me dijo que ella también sufría de la presión. Ah, sí, el estrés, la glicemia, hay que alimentarse bien, sí, sí.
Cuando llegué a casa preparé tres cafés con leche y azúcar y seis tostadas con manteca y sal. Me los llevé a la cama, para comerlos tirada, con la cabeza apoyada en dos almohadones. Le pregunté al cocodrilo si quería un poquito pero no me contestó. Me contesté yo. Me dije, poniendo voz de cocodrilo, no gracias, Marucha, no quiero, tengo terrible resaca y no me entra nada. ¿Vos cómo hacés para que te entre? Y… A mí me entran seis tostadas y mucho más. Y no me digas Marucha. ¿Estás segura? Siempre estoy segura. No te creo. No te creo. Me entra. ¿Te entra? Sí, me entra. ¿Cualquier cosa? Sí, cualquier cosa. ¿En cualquier lado? Sí, en cualquier lado. ¿Segura? Claro, cocodrilo.
El cocodrilo me dio una idea. Yo tenía ojeras y hacía tiempo que no me vestía de negro. Onda dark. Entonces me vinieron ganas de desmentir a todos aquellos que decían que en Montevideo nunca pasa nada.
Y creo que lo verifiqué. Ese día, entre las luces que parecían tan bajo el efecto del éxtasis como la gente que allí estaba, tuve una historia con dos tipos contra la pared, que terminó en la cabina de una Fiat Fiorino. Me dolió. Tuve que hacer de cuenta que no y hasta me mandé unos supuestos gritos de placer mezclados con algunas frases que había oído en la única película porno que vi en mi vida, una vez, cuando mis padres se habían ido para afuera. Ellos se rieron. La experiencia Fiorino no duró más de cinco minutos pero me sentí bien. Le tapé la boca al cocodrilo. Esa noche dormí como un angelito.

Un día, a las dos semanas, me desperté con ganas de hacer algo productivo y decidí tirar cosas inútiles a la basura. Tiré peines, ropa, sábanas quemadas, cartas de amor y platos demasiado sucios. Mientras estaba en plena faena, me llamó el doctor para saber cómo me encontraba en mi nueva casa y para avisarme que esa noche había una comida en la casa del partido.
No tenía pensado ir porque el doctor me había decepcionado y yo no pensaba seguir votándolo. Pero fui igual. No tenía otros planes.
En la fiesta, mientras sonreía hipócritamente a un par de conocidos de vista, un quinceañero me tocó el hombro y me dijo que me había visto en el boliche la noche anterior. Santiago –así se llamaba–, tampoco era votante del doctor. Había ido en representación de su padre que estaba siendo operado de apendicitis esa misma noche. Me gustó conocerlo. No hablaba demasiado y tenía el pelo lacio. Yo no me di cuenta exactamente de cómo sucedieron las cosas pero, al cabo de dos semanas, su cepillo de dientes estaba junto al mío, en el vaso que reposaba al lado de mi cama.
Una mañana, Santiago me dijo que en su casa no lo querían ver más y que tenía que buscar trabajo. Yo me reí y le dije que para qué, que no había ningún trabajo como la gente, que no podía rebajarse y pedirle un empleo al doctor y que, ¿sabés qué?, tengo pensado renunciar. ¿Y el apartamento? ¿Cómo lo vas a mantener? Yo estudio oceanografía. Me quedan dos materias. ¿Y cuándo las vas a dar? En el próximo período. ¿Y por qué no vas a la facultad? Porque las voy a dar libres. Dale, no te vayas. Esa noche, Santiago me pidió que lo acompañara hasta su casa a buscar ropa.

La vida de casada no era tan desagradable como pensaba. Con Santiago echábamos dos polvos por noche y a veces tres, nos emborrachábamos, comíamos en la cama, quemábamos sábanas y nos fumábamos dos porros por sábado. Relajo pero con orden. A veces pasábamos todo el fin de semana sin salir del cuarto, salvo para mear, sobre todo yo. Nos compenetrábamos tanto que no sentíamos olor a nada. Él no sentía los pelos de mis piernas y yo no sentía los de su barba. Una vez me asusté. Pensé que estaba embarazada. Pero no pasó nada y no volvió a pasar en ninguno de estos, no sé, creo que, siete meses.

La primera vez que discutimos fue hace dos semanas, una noche en que yo lo encontré mirando una película porno apenas llegué del supermercado. Lo primero que hice fue decirle imbécil, pajero, pendejo de mierda, solo yo vengo a meterme con un pendejo de quince años que todavía está en la edad de la paja, ¿qué te pasa?, ¿no podés calentarte conmigo?, mirá que sos idiota, guacho al pedo. Lo segundo que hice fue tirarme en un sillón, prender un cigarrillo y mirar a Santiago con aire de superioridad. Entonces, él me dijo no seas boba, vení. Yo fui pero seguí con esa cara de circunstancia. A Santiago le vino sueño y se fue a dormir. Yo le dije que no tenía sueño, que me quería quedar leyendo para el examen que tenía que dar. Y, como era presumible, me puse a mirar la película porno que él había apagado cuando yo llegué.
Nuestra segunda discusión se originó ayer porque él, en lugar de irse conmigo a Nueva Zelanda, quería regresar con sus padres. Terminó mal. Santiago se fue hoy, a las tres de la tarde. Y hoy, a las doce de la noche, todavía no volvió. Hoy, desde la hora en que se fue, hasta hace cinco minutos, pensé que era un ingrato, que lo estuve manteniendo durante meses, que no podía hacerme eso, irse así nomás, estúpidamente, sin una excusa más pertinente que un extraño a mi familia, hace tiempo que no los veo. Ahora no pienso lo mismo, pienso que el hecho de que se haya ido significa que no era para mí. También pienso que esa frase que dice si quieres a alguien, déjalo libre, si vuelve a ti es tuyo, si no vuelve es porque nunca te perteneció, es una adolescentez impropia de mi calidad de persona independiente, que no solo me cae mal porque habla de tú, sino porque su carácter simplista.
Ahora estoy en un bar y la hiperperceptibilidad me está matando. Recién sentí el ruido del arrastre de una silla como si fuera una bomba. El pelo de la flaca de la mesa de al lado, la que dice boludeces con pretensiones de ley, me encandila. El buzo del tipo callado que la acompaña me parece demasiado azul. Acabo de apagar un cigarro porque mi propio humo me molesta. Encima de todo hay niños. Y hablan. Me pregunto qué hubiera sido mejor. Si seguir con mi vida de calavera –porque, después de todo, no solo los hombres tienen derecho a ser calaveras– o si ser permisiva y adoñizarme. Pero no encuentro la respuesta. Y me siento torpe por no encontrarla y, también, por plantearme estos dilemas finiseculares que me hacen sentir del montón. Ayer fue el cumpleaños de Jimena y me olvidé de llamarla. El flaco de la mesa del costado no está mal. Pero yo sí. Y se me nota.

Mención en el Séptimo Concurso de Cuentos para Jóvenes organizado por la Filial Jai de B’nai B’rith
Publicado en A palabra limpia/7, Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 2004

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22 mujeres

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April 3rd, 2012 Posted 11:32 am

22 mujeresGratamente complacida por el contenido del librazo que acaba de salir: 22 mujeres, de Irrupciones Grupo Editor. Con cuentos de Jimena Antoniello, Carolina Bello, Stephanie Biscomb, Inés Bortagaray, Mariana Casares, Laura Chalar, Beatriz Dávila, Mercedes Estramil, Leticia Feippe, Vika Fleitas, Ava Gardner, Suleika Ibáñez, Vesna Kostelic, Melisa Machado, Natalia Mardero, Alicia Migdal, Helvecia Pérez, Sofi Richero, Sofía Rosa, Fernanda Trías y Valentina Vescovi. Prólogo de Alicia Torres e interesantes palabras de Gabriel Sosa.

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