Coming soon: Pulsamerica´s first literary event, and the launch of their new web page Palabras Errantes

December 2nd, 2011

Estimadísimos:

A partir de la próxima semana, la revista virtual Pulsamérica, web británica dedicada a la difusión de la realidad latinoamericana, presentará al mundo a ocho autoras uruguayas. Sus textos podrán ser leídos, en inglés y en español, en las siguientes fechas:

7 diciembre: Olga Leiva
14 diciembre: Inés Bortagaray
21 diciembre: Laura Chalar
28 diciembre: Fernanda Trias
4 enero: Laura Cesarco
11 enero: Sofi Richero
18 enero: Lucía Lorenzo
25 enero: Leticia Feippe.

http://www.pulsamerica.co.uk/literature/2011/11/27/palabras-errantes-an-editorial-by-cherie-elston/

Viaje en torta frita

September 18th, 2011

Un cuento del bicentenario, escrito por mail.

Un plato volador con forma de torta frita viaja al espacio exterior para defender al planeta DCS-R de los hombres grises que quieren alterar el ADN de las vacas para que no den más grasa.

Los hombres grises sostienen que las vacas en un principio fueron flacas y que fueron genéticamente modificadas por los hombres para ser gordas.  Suena convincente pero en realidad su plan tiene que ver con un horrendo secreto.  Los hombres grises quieren que las vacas sean flacas para eliminar los panes con grasa, las tortas fritas, el chocolate y todas las fuentes calóricas de la felicidad.  Entonces, si los pobladores del planeta DCS-R están tristes, les podrán vender muchas cosas.  Por ejemplo, mates de guampa adornados con caracolitos.

El capitán LBK conoce estos oscuros propósitos y quiere desenmascarar a los hombres grises que son unos fallutos.  El capitán LBK informa de esto a las autoridades y, si bien no le creen mucho, le dan el trabajo para que no esté ocioso.  Así, el capitán es puesto al mando de la nave que se dirige al espacio exterior para rescatar a las vacas que fueron secuestradas por los hombres grises y devolverlas a sus pasturas engordantes de la Banda Oriental del planeta DCS-R.

Las vacas se resisten.  Están bárbaro en el planeta de los grises.  Son top models y posan para Caras.  Pero LBK y su fiel asistente Agriel deciden traerlas igual de vuelta al país de las vacas gordas.  No solo porque son necesarias para la creación de tortas fritas sino porque, si las vacas desaparecen, no habrá mascota para el mundial del 2030.

El viaje es duro.  El capitán LBK y su tripulación deben atravesar innumerables peligros.  Luchan contra los cometortafritas, unos seres intergalácticos que mordisquean la nave porque en la rotisería no hay tortas y ellos quieren comer muchas porque justo está lloviendo.  La lucha es difícil pero el capitán LBK y su tripulación salen victoriosos y escapan.  Sin embargo, al rato caen en una trampa tendida por Mc Donald’s que quiere vender la Mc Frita alegando que en el sindicato de tortafriteros no cumplen normas bromatológicas.

Alterados por esto, los tortafriteros del planeta DCS-R se unen al prócer LBK, ganan la batalla, reparan la nave y emprenden el regreso.

Al llegar a su planeta, el capitán LBK y su asistente idean un plan para convencer a las vacas de que en ningún lugar van a estar mejor que en la Banda Oriental del planeta DCS-R.  Como el capitán LBK y su asistente hicieron un curso de negociación, logran un acuerdo que les sirve a todos.  Hay que satisfacer varias cosas: las vacas quieren ser flacas, los pobladores de la Banda Oriental quieren tortas fritas y los grises quieren mates de guampa para vendérselos a los pobladores del planeta DCS-R.

Entonces el planeta DCS-R contrata a los grises para que les hagan una lipo a las vacas.  Con la grasa que les quitan hacen tortas fritas y dejan a las vacas flacas.  Así que por ahí van dos grupos contentos.  Falta satisfacer a los grises.  Entonces Agriel, el fiel asistente del capitán LBK, que de chinos y rusos sabe un montón, averigua que en China y en Rusia se hacen mates de guampa sintéticos a mitad de precio.  Negocia con el Kremlin y con la fábrica de autos Chery QQ y consigue un buen precio para los grises.  Los grises, con toda la plata que generaron por poner a disposición del planeta DCS-R su tecnología de liposucción no invasiva, pueden comprar todos los mates de guampa sintética que se les antoje.  Los compran, les pegan caracolitos y se los venden a los pobladores de la Banda Oriental del planeta DCS-R y todos festejan y son felices para siempre.

¿Por qué Lady Gagá tiene un vestido así?

August 2nd, 2011

Lady Gagá quería hacerse un vestido de carne.  No tenía muy claro por qué pero le parecía interesante.  Además, podía ir pellizcando pedacitos si le venía hambre mientras hacía cola en el BPS para consultar qué era el SNIS y por qué se lo estaban descontando ahora si en 1980 no le descontaban esa cosa.  Tenía una gran sospecha: ese recibo debía ser falso.  En 1980 eran de otro tamaño y de otro color.  Además, el importe estaba en millones de nuevos pesos y no en miles de pesos como ahora.  Lady Gagá preguntaba una vez al mes en el BPS:

-¿Usted me va a decir que los nuevos pesos son más viejos que los pesos?  ¿Por qué se llaman “nuevos” entonces?  ¿Me está tomando el pelo?

Quienes ya la conocían le cambiaban de tema y le regalaban pulseras hechas con broches tipo Niágara o anillos hechos con broches tipo Self.  Ella agradecía y se emocionaba hasta las lágrimas.

-¡Usted es un santo! -le decía al funcionario que la atendía y se iba contentísima.

Lady Gagá se olvidaba de algunas cosas pero no de sus ganas de tener un vestido de carne.  Por eso, un día fue hasta una carnicería de Fernández Crespo y empezó a mirar precios de carne para su vestido.  Como el precio de los cortes era demasiado elevado para cubrir todo su cuerpo, decidió abaratar costos.  Se hizo un vestido de paño lenci y lo decoró con patas de pollo porque el pollo estaba de oferta.  Contenta, salió a la calle temprano con su flamante vestido.  Se dirigió hasta el banco para ser la primera en solicitar un préstamo.  Esperó cuatro horas.  Cuando vio a los feriantes en Tristán Narvaja se dio cuenta de que era domingo y volvió contenta a su casa con su vestido nuevo.

Cuando llegó se dio cuenta de que faltaba una pata de pollo.  Seguramente alguien se la había comido en el ómnibus.  ”Con razón”, pensó Lady Gagá, “a ese muchacho se le caía la baba cuando me miraba”.  Y ella que había creído que era por otra cosa.  Lady Gagá era gagá pero sabía entender las situaciones de causa y efecto.

Para no perder un vestido tan hermoso, Lady Gagá pintó con un esmalte de uñas Topsy una pata de pollo en el lugar donde estaba la que había perdido.  ”Quedó igualita”, pensó.

Los días pasaron y Lady Gagá se dio cuenta de que no solo la gente del ómnibus se comía su ropa.  También lo hacían su gato y un sobrino que cada tanto venía a pedirle que le saliera de garantía para algo.  Pero Lady Gagá no se resignaba a perder una prenda tan hermosa y siempre pintaba con esmalte una nueva pata donde estaba la perdida.  Se sentía orgullosa por esto.  Si la gente se comía su vestido era porque era bueno: una delicia, una ricura.

Lady Gagá

July 31st, 2011

Lady Gagá está jubilada y es cliente del banco al que acude casi a diario a solicitar préstamos.Lady Gagá008

Al llegar al banco, Lady Gagá saca de su sutién una bolsa de nylon donde guarda los recibos de sueldo desde 1980.

Se la muestra al ejecutivo que la recibe.  El ejecutivo le dice “puede renovar su préstamo el mes que viene”.

Lady Gagá pregunta por qué la cuota de hoy no es igual a la de 1980 si ella nunca dejó de operar.

El ejecutivo le dice “puede sacar un préstamo paralelo a este”.  Lady Gagá insiste en que quiere renovar.  El ejecutivo le pregunta “¿cuánta plata quiere sacar?”  Lady Gagá le dice “¿cuánto puedo sacar?”  El ejecutivo le dice “puede sacar un paralelo de $ 1000 en 18 cuotas”.  Lady Gagá le dice “ah, ¿vio cómo podía renovar?”  El ejecutivo le explica que no es una renovación, que es otro préstamo.  Lady Gagá le dice “bueno, deme $ 500, no preciso más que eso”.  El ejecutivo le liquida el préstamo.  Lady Gagá se marcha y va a otra sucursal, se repite el diálogo y el otro ejecutivo le dice “puede sacar un préstamo de $ 500”.  Lady Gagá se enfada y dice que en otra sucursal le dijeron que podía sacar $ 1000, que la quieren estafar.

Lady Gagá canta en la parada mientras espera el ómnibus.  Compra pastillas de menta y se olvida del vuelto sobre el mostrador del quiosco.  Pierde todo lo que había solicitado.

Al otro día (que ya es el mes siguiente) Lady Gagá amanece con poker face.  Va al banco y renueva su préstamo, no sin antes quejarse y decirle a quien la atiende que en el otro banco no le quisieron hacer la renovación y, de paso, comenta que siempre la están estafando, que la cuota que pagaba en 1980 era mucho más chica.

Lady Gagá sale con su dinero y recorre muchas tiendas buscando termitas y un viso.  Como no encuentra, se compra un sobretodo y se gasta todo lo que tiene.  Aún no lo sabe pero pronto se convertirá en “Vieja en

sobretodo”.

Hoy recomiendo

December 3rd, 2010

Almudena Grandes, Modelos de mujer

Del feminismo real

November 22nd, 2010

Un estudio recientemente publicado por la Universidad de Broadway concluyó que, desde la irrupción de la corriente que se autodenomina feminismo, las mujeres no han hecho otra cosa que volverse cada vez más machistas. La investigación toma como punto de partida la comunidad Xutí, que habitó la zona septentrional del África durante los siglos VII y VI antes de la era cristiana. Los académicos de Broadway, luego de un análisis exhaustivo de los usos y costumbres de los xutíes vieron verificada la hipótesis de que ellos fueron la única civilización verdaderamente feminista que habitó el globo. A continuación se presenta un resumen del documento publicado por la universidad, donde puede apreciarse lo acertado de la premisa planteada por el grupo de investigadores: La comunidad Xutí estaba compuesta por unas 200 personas, de las cuales el 40 por ciento eran mujeres, siendo jefas de familia todas aquellas mayores de 18 años. Un elemento digno de destaque es el paralelismo existente entre esta población y algunas localidades contemporáneas en materia de organización. Las principales actividades del pueblo sucedían en torno a una plaza, donde cada domingo era celebrada una misa a cargo de la sacerdotisa de la comarca, elegida entre las más venerables mujeres por voto popular del que no participaban los hombres. La religión xutí no hacía referencia a la sexualidad de sus adeptos pero, consuetudinariamente, se había establecido el debut sexual de los hombres en el momento del matrimonio y el de las mujeres a los 14 años. A tales efectos existía un prostíbulo, donde ocho prostitutos casados satisfacían los más sublimes y perversos deseos de las púberes. Era tal el grado de desarrollo de esta civilización que había ideado un método anticonceptivo revolucionario. Consistía en un sistema compuesto por dos aros de mimbre, forrados con escroto de cebú y unidos por el mismo material. Uno de los aros estaba cubierto por un círculo de hojas de aruera cosidas y embebidas en vinagre. Este extremo del tubo se introducía en la vagina de la hembra y funcionaba como preservativo femenino, reutilizable hasta tres veces. Los hombres prostitutos, para optimizar su trabajo, ya que les era imposible mantener una erección las ocho horas que duraba la jornada laboral -los xutíes tenían leyes sociales-, se adosaban prótesis en la cintura, confeccionadas con penes de cabra embalsamados y revestidos con epitelio pancreático de pez martillo. A los 17 años las mujeres xutíes alcanzaban la madurez suficiente para formar sus respectivas familias. Entonces recorrían la rotonda de la plaza en carros tirados por caballos y silbaban y piropeaban a los hombres que, acompañados por sus padres, juntaban florecillas, al tiempo que se ruborizaban. Era difícil para las mujeres convencer a sus potenciales suegros para que las dejaran a solas con sus hijos pero, luego de regalar quesos y ornamentos diversos, los veteranos iban cediendo hasta ser completamente persuadidos. La vida conyugal no presentaba demasiadas particularidades. Las mujeres trabajaban en los sectores primario, secundario y terciario y los hombres se dedicaban a las tareas domésticas y a la crianza de los niños. Sin embargo, existía un grave problema que las mujeres xutíes no habían resuelto, pese a todos los simposios, seminarios y mesas redondas que habían organizado para lograrlo: el embarazo. Varios habían sido los abortos espontáneos provocados por el excesivo trabajo de estas mujeres, siendo las más damnificadas aquellas que se dedicaban a la metalurgia o a la doma de potros. Esto era motivo de preocupación constante de la sacerdotisa que, como benefactora del pueblo que democráticamente la había elegido, ideó un mecanismo para paliar la situación que trancaba el crecimiento vegetativo de su etnia. Una noche, luego de haberse reunido con la comisaria y la doctora a tomar unas copas, se dirigió al prostíbulo con su preservativo deliberadamente pinchado. Eligió a un prostituto que estuviera en condiciones de copular con su miembro real y se hizo embarazar. Al mes de gestación llamó a la doctora y le pidió que extirpara el embrión y que lo injertara en el vientre de un macho resistente. La doctora consiguió un ejemplar bastante robusto y, previa anestesia con opiáceos, procedió al transplante. La intervención resultó un éxito pero el organismo del hombre no resistió los puntapiés que meses después empezó a propinarle el hijo de la sacerdotisa, lo que hizo que el ejemplar del sexo débil fuera de rodillas hasta la choza de la doctora para rogarle que extirpara el feto. La doctora, que estaba en contra del aborto, se negó y el desesperanzado hombre embarazado decidió lanzarse al río desde un barranco. Los demás hombres del pueblo, aterrados por la situación -la sacerdotisa había dictado un decreto estableciendo que, a partir de ese momento, los hombres deberían encargarse de la gestación-, imitaron al hombre embarazado y se tiraron al río donde fueron comidos por los tiburones. Las mujeres xutíes, sin machos a los que fecundar, se dispersaron por el mundo y no tuvieron más remedio que adaptarse a las sociedades que las acogieron. Quienes hoy se hacen llamar feministas descienden de estas osadas hembras pero los efectos de la globalización impidieron que conservaran la pureza de ese feminismo real del que hacían gala allá por los siglos VII y VI antes de Cristo, cuando poblaban el África septentrional.

(Publicado en A palabra limpia/5, Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 2001)

Quisiera ser más puta

December 29th, 2009

La cama estaba destendida y casi amagué a tenderla. Después me dije “para qué” y me le senté arriba. Eran las diez de la noche y nadie iba a visitarme a esa hora.

Me paré. Caminé hasta mi escritorio y agarré el control remoto del equipo que me había comprado con mi primer sueldo. Volví a la cama y apreté power. El equipo no se prendió. Me paré. Caminé hasta mi escritorio y prendí, sin usar el control, el equipo que me había comprado con mi primer sueldo. Volví a la cama y me acosté boca abajo. El síndrome de sábado en casa había empezado.

No quise llamar a nadie. Mis amigas seguramente saldrían con sus novios y mis cuasinovios con sus otras amigas. El teléfono sonó tres veces. Todas las llamadas eran para mi hermano que no estaba. Empecé a contarme cuáles eran los beneficios de la soltería y me sentí contenta conmigo misma.

Número uno: no tenés que ponerte lo que a él le gusta.

Número dos: no tenés que explicarle quién es el que te llamó por teléfono mientras estabas comiendo tallarines con él.

Número tres: no tenés que hacerle regalos caros que después no usa en su cumpleaños.

Número cuatro: no tenés que comer chicles para que no le dé asco besarte mientras fumás.

Número cinco: podés aguantar un mes y medio sin depilarte que nadie se va a quejar.

Todo eso me llevó a decidir que si llamaba cualquiera de esos que conocés un sábado, te llaman el miércoles y vuelven a llamarte el sábado para “ir a tomar algo”, le diría “no, hoy no puedo”.

Rodé hacia un costado de la cama y dejé que mis pies cayeran al piso. Fui hasta la cocina. Puse un pedazo de torta de atún arriba de una servilleta de papel y lo metí en el microondas.

Cuando el teléfono sonó de nuevo, tragué la torta que tenía en la boca y atendí. Preguntaron por mí y dije “soy yo”. No me gusta referirme a mí en tercera persona diciendo “ella habla”. Es obvio que “ella habla”, si no nadie la llamaría por teléfono.

Cuando dijo quién era supe que a veces sí vale la pena que te llamen.

“¿Qué hacés?”, le dije a ese amigo español que había visto por última vez dos años atrás.

Nuestra conversación estuvo llena de “qué sorpresa”, “no puedo creer que estés en Montevideo” y “tenemos que vernos”.

Mi amigo tocaba el acordeón en un grupo. Lo habían contratado en Buenos Aires y había cruzado para descansar un fin de semana.

Me dijo que había intentado comunicarse durante toda la tarde y que siempre había estado ocupado. Le dije que mi hermano era de terror, que no-te-imaginás-la-cuenta-que-nos-viene-por-culpa-suya. No le dije que yo había pasado seis horas conectada a Internet.

Luego de bañarme no me sequé el pelo. Estaba apuradísima por salir. Busqué mis pinturas y revoqué un poco mi cara hasta entonces aburrida. El lápiz de labios que más me gustaba estaba derretido y tuve que ponérmelo con los dedos.

Tomé un taxi hasta el hotel. El taxista me dijo “lindo perfume” y se rió. Entonces me entró la duda de si no había exagerado un poco cuando me lo puse y abrí las ventanas para ventilarme.

Él estaba en el hall. Impecable, con el pelo mojado igual que yo pero con gel. Seis tipos lo acompañaban. Me los presentó. Sonreí. Tomé las manos de mi amigo y volví a repetir el “qué sorpresa” y el “no lo puedo creer”. Ahí me acordé que tenía amigas que nunca salían pero que seguramente aceptarían conocer extranjeros. Las llamé. Vinieron enseguida y luego de las presentaciones pertinentes salimos a bailar.

Mi amigo bailaba bien. Mis amigas bailaban con sus amigos. Tres desaparecieron. Mis amigas desaparecieron con los otros tres. Él no me dijo que era linda ni que le caía bien. Bailó conmigo y quedamos muy cerca como para que un beso fuera lo más obvio. Me lo dio o se lo di yo. Era lo de menos. Salimos a la terraza y empezamos a conversar. Entonces me enteré cuál era su edad, qué hacían sus padres, qué hacía cuando no tocaba el acordeón, qué auto tenía y cuánto tiempo le había durado la varicela.

Como yo tenía frío él me prestó su jersey que para mí era un buzo. Estaba contenta porque como éramos amigos no iba a decirme “vamos a un lugar más tranquilo”. ¡Cómo odiaba esa frase! Como éramos amigos, no iba a hacerme ningún verso para llevarme a un telo. Todo se daría solo, como debe ser.

A la media hora ya no sentía el frío. Tampoco el de sus manos por debajo del buzo que me había prestado. Ni el de esas mismas manos debajo de mi camisa.

Hubiera querido estar en otro país para no tener vergüenza, para estar preparada para acostarme con él. En otro país seguramente hubiera salido pensando cómo terminaría. Pero estaba en Uruguay, la salida había sido inesperada, hacía un mes y medio que no me depilaba y el gallego se me iba al otro día. Pensé llevarlo a mi casa. Mientras él esperaba en el comedor tomando algo, yo podría usar la afeitadora de mi padre y abrir la canilla para que él no sintiera el ruido de las hojas pasando por mis piernas. Pero no me animé. En casa solo había agua de la canilla y jugo Tang, mi cama estaba destendida, el microondas abierto y la servilleta con medio pedazo de torta de atún, en la mesita del teléfono. Ni siquiera me había puesto la bombacha del mismo color que el sutién.

Mi amigo subió sus manos por mi espalda y yo junté los brazos para que no notara que no me había afeitado las axilas y que cada pelo de varios días estaba lleno de desodorante en crema. Al notar la resistencia me miró comprensivo y me preguntó si estaba molesta. Le dije que no con mi mejor sonrisa. Entonces él me dijo “vamos a buscar a los demás”. Tuve que decir que sí. Como no los encontramos, nos fuimos. En la parada del ómnibus interdepartamental hubo pocos besos pero largos. Las manos estuvieron tomadas todo el tiempo. Supuse que él estaría cuidándose de no hacerme nada que yo no quisiera. ¡Pero yo quería! Simplemente, no podía. Mi protector diario estaba arrugado y mojado. Lo sentí cuando me paré.

Al revés que todas las veces que salía con alguien, fui yo quien lo acompañó hasta su hotel. Hicimos tiempo en el hall porque en su habitación estaba quién sabe cuál de sus amigos con quién sabe cuál de mis amigas. Cuando bajaron nos reímos los cuatro y conversamos media hora. Eran las ocho. Ellos se iban a las diez y todavía tenían que aprontar los bolsos. Le devolví el buzo. Venía bárbaro para tapar su camisa manchada con rouge indeleble de Lancôme y con base de librito de Avón. La gente del hotel nos miraba y se reía de vernos más ojerosos y despeinados que cuando salimos. A mí no me causaba ninguna gracia.

Mi amigo me acompañó a la parada. Como era de día no valía la pena gastar en un taxi. Dejé pasar dos ómnibus por besarlo. Hasta me animé a besarle la oreja, cosa que no me gustaba hacer en la primera cita. Mi amiga apareció con su amigo y me dijo “mirá, ahí viene tu ómnibus”. Volví a besar a mi amigo. No me gustó decir “chau”, “cuidáte”, “te escribo”. Desde el asiento lo saludé con la mano.

Fueron 15 minutos de recorrido hasta que bajé. A dos cuadras de mi casa. Mientras buscaba la llave me di cuenta que había dejado las luces prendidas. Mi hermano todavía no había llegado. Entré al baño. Sentada en el water me saqué los lentes de contacto, la pintura que me quedaba y el protector diario arrugado, todavía húmedo. El papel higiénico también se humedeció. Para dormir me puse una remera y me saqué el sutién. La radio seguía encendida, así que me acerqué y apreté el “sleep” del control remoto. Una vez en la cama, cerré los ojos. Pero demoré mucho en dormirme.

Mención en el Cuarto Concurso de Cuentos para Jóvenes organizado por la Filial Jai de B’nai B’rith

Publicado en A palabra limpia/4, Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 2000.

Problemática

November 16th, 2009

Una vez mi psicóloga me dijo que ser una persona tímida no era lo mismo que ser una persona vergonzosa, que una de las dos llevaba implícita una especie de violencia contenida o algo así. Creo que usó la palabra agresividad (ahora que lo pienso, suena más a palabra técnica) pero no estoy muy segura.

No recuerdo cuál de las dos (la timidez o la vergüenza) era la problemática y tampoco recuerdo si era exactamente violencia o agresividad lo que la caracterizaba. Sé que le dije algo así como “quiero hacer tal cosa pero no me animo porque soy tímida (o porque me da vergüenza)”. Entonces, ella respondió: “la timidez y la vergüenza no son lo mismo; la timidez (o la vergüenza) supone una forma de agresividad (o algo similar) que la vergüenza (o la timidez) no necesariamente (creo que dijo algo así) tiene”.

Esa charla la tuve hace más o menos un año, un día en que yo le estaba contando que había escrito un cuento sobre una persona a la que le copaban la casa y la dejaban atada a una silla. Tras el copamiento, esa persona, pasaba horas intentando soltarse. Recuerdo que lograba encender su computadora con el codo pero no podía siquiera mandar un mail porque tenía las manos atadas detrás de su espalda y su nariz no era muy ducha en eso de escribir. Hoy creo, sinceramente, que ese personaje debería haber escrito con los pies. Pero, bueno, no lo hizo. Lo único que logró, en su afán por liberarse, fue que se rompiera parte de la silla y que se le escapara una teta de la camiseta. Unas seis horas después del copamiento (supongo que serían como las cinco de la mañana) esta pobre persona se encontraba apenas levantada del piso, despeinada, habiéndose podido acercar a la puerta y con la posibilidad de salir -los copadores habían cerrado sin llave- pero muy temerosa. No quería que los vecinos del edificio le vieran la teta colgando. Le daba vergüenza.

Relacioné el incidente de ese cuento y las palabras de mi psicóloga con cierta vergüenza o timidez que me ha estado persiguiendo. Hace dos meses empecé a trabajar en secretaría de un club deportivo y aun no logro entablar demasiada conversación con mis compañeros. Solo hablo con Gonzalo, mi compañero de tareas.

Me siento muy extraña porque siempre fui una persona muy sociable. Sin embargo, como el primer día me presentaron a tanta gente y olvidé los nombres de algunos y las caras de otros, saludar se ha vuelto para mí una tarea dificilísima. Lo peor es que a veces me muero de ganas de ganas de charlar con ellos.

Empecé a notar esta dificultad un mediodía en los vestuarios. Como a los administrativos del club nos dejan usar las duchas, yo suelo aprovechar ese momento para bañarme. Ese día, a esa hora, el vestuario estaba casi vacío. Cuando entré, solo estaban allí un grupo de escolares a punto de retirarse y un grupo de profesoras que charlaban acerca del marido de una de ellas y el nuevo trabajo que había conseguido como guardavidas. Estaban muy compenetradas en la charla y supuse que no me vieron al entrar. Así que me instalé silenciosamente y empecé a desarmar mi bolso sin saludar. Fui a la ducha, me bañé y volví. Ellas seguían charlando mientras se vestían.

Luego de diez minutos, una de las profesoras me miró. Durante unos segundos sostuvimos nuestras miradas. Pero no la saludé. Me daba muchísima vergüenza hacerlo después de haber estado diez minutos ahí, escuchando una charla que nadie me había invitado a escuchar. Las profesoras siguieron hablando. Hablaron de precios de mochilas y de lo que iban a cenar esa noche. Una le pidió un disco prestado a la otra.

Desde ese día, las caras de esas dos profesoras quedaron grabadísimas en mi retina. Pero ya no podía saludarlas. Me daba mucha vergüenza. Entonces opté por ir al vestuario antes o después que ellas y de esa forma evitar situaciones tan incómodas.

Ayer Gonzalo me dijo:

-Hoy te defendí. Escuché a Viviana, la de aeróbica, diciendo que eras antipática y le dije que nada que ver.

-Gracias -contesté.

Quedé apenada. Porque en realidad yo hubiera querido saludar a Viviana y a la otra profesora aquel día pero por no meterme en su charla no lo hice. Y ahora quedo como una antipática. Si supieran que fue todo por no distraerlas de su charla. Yo me pregunto: ¿por qué no considera la posibilidad de que yo sea una persona tímida o vergonzosa? Lo peor es que ahora no puedo explicar nada. Es injusto. Estas profesoras tampoco me saludan cuando marcan tarjeta y salen corriendo. Y yo no digo nada. Ellas solo son amables cuando llaman por teléfono para avisar que llegan tarde. Y yo no digo nada.

Tendría que explicarles qué pasó pero, como no sé si exactamente es timidez o vergüenza lo que me impidió actuar, no me animo, no quiero decir que me pasó algo que no es lo que me pasó. Podría llamar a mi terapeuta y preguntarle pero me da un poco de vergüenza. Soy una persona tímida.