Leticia Feippe

semiosis ilimitada

Asuntos triviales

Ramiro hizo una mueca con los labios. Nos miró y dio vuelta la tarjeta que acababa de leer mentalmente. Parecía querer confirmar que ya sabía la respuesta.trivial
–¿Qué indumentaria usaban los antiguos atenienses cuando iban a la guerra? –dijo, con voz de sabiduría.
Nadie parecía saberlo y los que no tenían que contestar abrían los ojos bien grandes, como si eso acelerara algún proceso.
Andrea y yo nos miramos. No teníamos mucha idea pero nuestra formación promedio nos permitía aventurar una respuesta. Hasta ese momento habíamos utilizado el método del sentido común y nos había dado resultado.
–¿Iban desnudos? –la consulté. Si pienso en películas tipo 300, me imagino un montón de tipos musculosos desnudos. Aunque eran espartanos… No sé. Tampoco me acuerdo de haberlos visto desnudos pero creo que sí. Yo qué sé…
Andrea me miró con sus ojos casi negros, pequeños y brillosos. Parecía no tener pupilas.
–Yo diría que llevaban una armadura –dijo. Desnudos es como muy poco para la guerra.
La miré. Me convencí de que parecía no tener pupilas.
Dudé antes de comentarle algo. Estaba casi segura de que iban desnudos. No podía sacar de mi cabeza una película que había ido a ver un domingo a las tres de la tarde, una película que nada tenía que ver con mi estilo pero que vi solo por acompañar a un amigo. Recordé la ropa y el pelo de la mujer del protagonista. Y pensé que “una armadura” no sonaba a respuesta de Trivial.
Pero ese día andaba con ganas de ceder. Coincidía con que había empezado una terapia porque me había cansado de hacer las cosas siempre bien o “políticamentecorrectamente”. Así que dije, siguiendo el pensamiento de Andrea, que llevaban una armadura.
Ramiro abrió los ojos y me miró sacudiendo la cabeza.
–Iban desnudos.
Andrea me miró como pidiendo disculpas con sus ojos negros –que en ese momento definí como apupilados– y yo le sonreí. Estaba todo bien. La armadura no me importaba en lo más mínimo.
Jugábamos al Trivial desde hacía media hora. Andrea y yo íbamos ganando por poco. Estábamos en un justo nivel de entusiasmo. Sin euforia ni aburrimiento. En una postura más cercana a la del aprendizaje de cosas nuevas que a la del juego competitivo. Afuera el viento golpeaba contra la ventana y se sentía el ruido que hacían las palmeras doblándose en la rambla. No había ruido a gente. Cada tanto aparecía alguna gota y se daba contra el vidrio. Adentro no hacía nada de frío, el cenicero empezaba a poblarse y la primera botella de syrah iba por la mitad.
Lo del syrah había sido idea mía. En materia de vinos, mis amigos me dejan elegir, siempre y cuando no los haga gastar más de 120 pesos por botella. Ese día había comprado uno de 200. La diferencia la había puesto yo por respeto a la postura de mis amigos.
–Qué rico vino –comentó Andrea.
–La verdad que sí –dije. Lo conocí hace un par de años.
–Sabés de vinos –dijo Andrea sonriendo. A mí no me sacás del tinto, el rosado y el blanco.
–Tampoco sé tanto, tanto.
Le expliqué que sabía un poco más que lo que sabe cualquier hijo de vecino y algo menos de lo que saben los sommeliers y que había elegido ese porque no era el más común, porque me gustaba presentarlo en sociedad y porque era suavecito-como-para-no-dormirse-y-decir-cualquier –incoherencia-ante-preguntas-triviales-como-la-de-la-ropa-de-los-atenienses-en-la-guerra”.
Reímos. Ella, un rato más que yo. Sus ojos sin pupilas estaban cerrados y uno de ellos lagrimeó mientras reía. Lo secó con sus dedos. Vi su imagen moverse en cámara lenta. Registré el movimiento de sus rulos y vi sus dientes perfectos. Me habló de algo y le contesté.
La ronda siguió mientras charlábamos. Me di cuenta de que hablábamos solas cuando Lucía, la novia de Ramiro, nos llamó la atención diciendo “hey, conversadoras, tiren el dado”. Le pasé el dado a Andrea. Quería ver su suerte. Nos fue bien. Otro turno para nosotras.
Era una noche ideal para quedarse en casa o ir a la casa de alguien. Adentro y con gente. Una noche lejos de La Noche.
En el siguiente turno fui yo quien tomó el dado. Mientras lo sacudía entre mis manos, recordé que, cuando tenía veintipocos, un novio me había dicho “si llegamos juntos a los 30, tenemos que tener juegos de caja porque las parejas lindas juegan”. No llegamos a los 30 juntos pero un día, aun estando con él, vi juegos en el supermercado y los compré. Ese mismo año nos separamos porque él hizo trampa en un partido y yo no pude tolerarlo –o, al menos, eso creí–. En la separación de bienes me tocaron esos mismos juegos que luego usaría en la casa de Ana y Andrea, el mismo día en que las conocería.
Todavía con el dado entre mis manos, volví a mirar a Andrea. Me sorprendió la variedad de los colores de su pelo.
Lucía se metió sin permiso en mi mundo una vez más.
–¡Tirá, dale!
Tiré. Andrea y yo perdimos ese turno por no recordar al no sé cuánto de Hita. “Algo de Hita”, decía yo, recordando un libro que tenía en casa, en el estante de los que no leo nunca y que rescaté de la casa de mis viejos antes de que se mudaran al campo. “El no sé cuánto de Hita, algo de Hita”, repetía yo. Recordaba que era un cargo o algo medio nobiliario. Pero nunca me salió. Andrea, que sabía mucho de química y genética pero nada de la existencia de la palabra arcipreste, se lamentó por no poder ayudarme.
Ana y Andrea vivían juntas desde hacía tres meses. Ana era amiga de Ramiro. Ramiro había ido con Lucía. Ramiro y yo habíamos estudiado juntos. A los cinco nos gustaban el Trivial y el vino. A mí no me molestaba, por primera vez, ser la que había ido sin pareja. Me gustó que me hubiera tocado jugar con Andrea cuando sorteamos los equipos. Me sentía cómoda. Me puse a pensar en el concepto de comodidad y me imaginé durmiendo en un globo enorme.
Andrea y yo ganamos el primer partido cuando ella respondió quién había ganado el Óscar a la mejor película extranjera en el 96. Pensé nuevamente en la comodidad y la definí ahora como la capacidad de disfrutar de lo simple. La noche era fantástica en la casa de estas dos mujeres. Quería quedarme allí para siempre. Imaginé esa casa como el globo gigante de mi concepto de comodidad.
Junto con el partido, se acabó el syrah y propuse ir hasta mi casa a buscar otra botella. Vivía cerca y me animé a conducir con dos copas de vino en mi haber. Andrea y Ramiro se ofrecieron para acompañarme y nadie puso objeciones.
Como alguien tenía que viajar adelante para que yo no pareciera la chofer de un taxi, Ramiro dijo, “ladies first, sin ofender a las feministas como Paula” y Andrea se sentó conmigo. No tuve que recordarle que se pusiera el cinturón ni cómo colocárselo. Se dio cuenta sola. Y me sorprendió, no porque ponerse un cinturón fuese una tarea difícil sino porque el cinturón de mi auto estaba roto y todo el mundo se equivocaba al colocárselo. Todos los acompañantes solían ajustarlo en el broche del chofer y no en el otro que también existía pero no se veía bien porque estaba torcido. La felicité por lo bien que le había salido.
Cuando llegamos a mi edificio, Andrea se detuvo a mirar el portero eléctrico. Lo tocó y lo imaginé frío contra sus dedos. Preguntó por qué mi timbre no decía “Paula”. Le dije que para mantener el misterio sobre mi identidad y reímos a trío. Ramiro me dijo “paranoica”. Andrea me preguntó en qué trabajaba y le dije que era abogada.
De las tres botellas que tenía, elegí dos: un tannat merlot para darle fuerza al mítin y un sauvignon gris para no quedarme sin tintos en casa. Andrea me preguntó si no me daba cosa deshacerme de ellas. Le contesté que para nada, que el vino no era algo para tomar sola. Pensé que casi siempre lo tomaba sola. Pero no dije nada.
Cuando llegamos nuevamente a la casa de Ana y Andrea, el ambiente era otro. Se notaba que el juego había terminado. El lugar ya no se parecía a mi globo gigante y cómodo. La mesa tenía copas vacías, restos de comida y servilletas usadas. El Trivial reposaba aburrido. Lucía y Ana conversaban en la cocina sobre trivialidades.
–An, ¿no viste el imán con el teléfono del delivery de empanadas? –gritó Ana, apenas entramos.
Me llamó la atención que Ana llamara An a Andrea. Después supe que las dos se llamaban cariñosamente de esa forma. Recordé a mi novio Paulo de la secundaria y recordé cómo escribíamos “Paul (a+o) = Tqm x 2” en los pizarrones.
El sauvignon gris lo tomamos jugando otro partido de Trivial que volvimos a ganar Andrea y yo. El tannat merlot lo tomamos sin jugar a nada, sentados. Ana, Andrea y yo en el sillón. Ramiro y Lucía en el piso.
–Debe ser lindo saber de vinos –dijo Andrea, sosteniendo la copa, colocándola entre su ojo sin pupila y la luz e intentando ver a través del líquido oscuro.
–A mí me encantaría saber más –comenté. Pero me parece muy aburrido visitar bodegas.
–Pero sabés bastante.
Probó el vino. Lo imaginé dulce y frío contra sus labios.
–Algo sé. Y también visité alguna bodega alguna vez. Pero es aburrido. Es más lindo tomarlo así, como ahora.
Lucía bostezó.
–Debe estar bueno plantar algo y ver cómo se convierte en esto –dijo Andrea mirando nuevamente la copa.
–Sí.
Recosté mi cabeza contra el respaldo del sillón, algo de costado.
Andrea empezó a contar que una vez había ido de vacaciones a la quinta de su abuela y que había visto cómo recogían las uvas. Dijo que las recordaba amarillas. La imaginé niña, con las manos llenas de tierra, el pelo moviéndose y ella jugando y robando uvas. Mientras contaba con lujo de detalles el placer que sentía en aquella época, yo la miraba desde mi rincón del sillón y sonreía.
Ramiro y Lucía empezaban a quedarse dormidos, abrazados, en un puf. Ana se dejó caer y apoyó apenas su cabeza en el hombro de Andrea, que estaba sentada en el medio y seguía hablándonos de sus vacaciones en la quinta.
En una mesa había una computadora portable y, desde hacía un buen rato, sonaba “Caminando por la calle yo te vi”. Recordé la palabra “loop” que usan tanto algunas personas y que tanto rechazo me provocaba cuando la escuchaba pronunciada por hispanoparlantes. Recordé mis conflictos con el spanglish.
La forma en que Andrea miraba la copa y la forma en que Ana miraba a Andrea eran envidiables. Por un segundo me enamoré de eso que se percibía en el aire. Quise ser Andrea y ser Ana también.
Lucía despertó cuando Andrea estaba contando cómo su abuela amasaba barro y bosta para hacer la pared de un galpón. Mientras lo contaba, yo estaba ahí, con ella, también amasando barro, mojándome las manos, tocando las suyas bajo la tierra mojada, sintiendo el sol cerca.
Lucía despertó a Ramiro.
–¡Terrible loop, sigue sonando Chambao!
Ramiro abrió un ojo y medio. Odié a Lucía profundamente.
–¿Vamos? –dijo Lucía.
Yo la odié más aun. Me vinieron ganas de que no hubiera venido.
Se levantaron del suelo. Ana fue hasta la computadora y cambió la música.
En el sillón quedé sola con Andrea y con la historia interrumpida. Imaginé que éramos niñas, que nos llamaban a merendar y que me tenía que lavar las manos para sacarles el barro. Imaginé que no nos veríamos más porque las vacaciones se acababan, porque me llamaba mi madre, porque Andrea se iría esa noche, porque los correos electrónicos no existían.
Lucía y Ramiro saludaron. Aunque no quería y sin tener claro por qué, dije “los arrimo” y salí con ellos, con la música todavía loopeada en mi cabeza. Después de dejar a Ramiro y Lucía, detuve el auto en una esquina. Toqué mis manos y las pensé con barro. Pensé en Andrea sintiendo lo mismo que yo. Pensé también que Ana me caía bien. Imaginé que Andrea también se había sentido amasando barro conmigo. Durante esos segundos, el auto fue mi globo.

1er, premio del concurso Tirame letra, organizado por Colectivo 19 y Liliana, con el auspicio del Ministerio de Educación y Cultura (Uruguay) y el apoyo de la Intendencia Municipal de Montevideo y el Instituto Nacional de las Mujeres (Uruguay).

This entry was posted on Monday, November 9th, 2009 at 4:39 am and is filed under Cuentos. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

6 Responses to “Asuntos triviales”

  1. rossana silvestri
    5:22 pm on November 9th, 2009

    hola letyyyy me encanto!!!! por eso tuvo premio senti que estaba alli….como ver una peli….un besoo y segui asi….seran exitos todo lo que hagas!!!!

  2. leticia
    6:15 pm on November 9th, 2009

    Muchas gracias! Justamente esa era la idea. Transmitir un clima tal que quien lo leyera pudiera sentirse ahí. Me alegra mucho que te haya gustado.

  3. Pato
    7:06 pm on November 27th, 2009

    Muy bueno Leti!! Realmente me dieron ganas de estar allí. (La simple pero efectiva descripción de gestos de Andrea me sedujo como a Paula)
    Un beso

  4. leticia
    8:54 pm on November 27th, 2009

    Sí, Andrea es toda sutileza.

  5. JUAN
    4:44 pm on April 2nd, 2010

    GENIAL. TODA UNA HISTORIA DE SEDUCCIÓN SIN SEDUCIDOS NI SEDUCTORES. MUY SUTIL Y A LA VEZ COTIDIANO. SALUD.

  6. leticia
    5:18 am on April 5th, 2010

    Gracias, Juan. Justamente la idea era que fuera sutil y cotidiana la situación y que hablara del querer y no poder. Me alegra mucho que te haya dejado esa sensación.

Leave a Reply





XHTML: You can use these tags: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>